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SEÑALE PARA VER :
MÉXICO-23 DE ENERO
MÉXICO-24 DE ENERO
MÉXICO-25 DE ENERO
MÉXICO-26 DE ENERO
ESTADOS UNIDOS-26 DE ENERO
SEÑALE PARA VER :
Exhortación Apostólica Postsinodal
Ecclesia
in América (texto íntegro)
Ecclesia in America (sumario)
22
DE ENERO, 1999

MÉXICO- CIUDAD DE MEXICO
Aeropuerto Internacional Benito Juárez
Ceremonia de Bienvenida
Oficina de Prensa
de la Santa Sede
Señor Presidente la República,
Señores Cardenales y
Hermanos en el Episcopado
Amadísimos hermanos y hermanas de México
1.- Como hace veinte años,
llego hoy a México y es para mi causa de inmenso gozo encontrarme de nuevo en esta tierra
bendita, donde Santa María de Guadalupe es venerada como Madre querida. Igual que
entonces y en las dos visitas sucesivas, vengo cual apóstol de Jesucristo y sucesor de
San Pedro a confirmar en la fe a mis hermanos, anunciando el Evangelio a todos los hombres
y mujeres. En esta ocasión, además, esta Capital va a ser lugar de un encuentro
privilegiado y excepcional por una cita histórica: junto con Obispos de todo el
continente americano presentaré mañana en la Basílica de Guadalupe los frutos del
Sínodo que hace más de un año se celebró en Roma.
Los Obispos de América trazaron entonces los rasgos
fundamentales de la acción pastoral del futuro que, desde la fe que compartimos, deseamos
responda en plenitud al plan salvífico de dios y a la dignidad del ser humano en el marco
de las sociedades justas, reconciliadas y abiertas en un proceso técnico que sea
convergente con el necesario progreso moral. Tal es la esperanza de los Obispos y de los
fieles que expresan su fe católica en español, inglés, portugués, francés o en las
múltiples lenguas propias de las culturas indígenas, que representan las raíces de este
continente de la esperanza.
Esta tarde, en la sede de la Nunciatura tendré el gozo
de firmar la exhortación apostólica en la que he recogido las ideas y las propuestas
expresadas por el episcopado de América. A través de la Evangelización de la Iglesia
quiere revelar mejor su identidad: estar más próxima a Cristo y a su Palabra;
manifestarse auténtica y libre de condicionamientos mundanos; ser mejor servidora del
hombre desde una perspectiva evangélica; ser fermento de unidad y no de división de la
humanidad que se abre a nuevos, dilatados y a un no bien perfilados horizontes.
2. Me complace saludar ahora al
licenciado Ernesto Zedillo Ponce de León, presidente de los Estados Unidos Mexicanos,
agradeciéndole las amables palabras que ha querido dirigirme para darme la bienvenida. En
su persona Señor Presidente, saludo a todo el pueblo mexicano este noble y querido pueblo
que trabaja, reza y camina en busca de un futuro siempre mejor en las amplias llanuras de
Sonora o de Chihuahua, en las selvas tropicales de Veracruz o de Chiapas, en los
hacendosos centros industriales de Nuevo León o de Coahuila, a los pies de los grandes
volcanes que emergen de los serenos valles de Puebla y de México, en los acogedores
puertos del Atlántico y del Pacífico. Saludo también a los millones de mexicanos que
viven y trabajan más allá de las fronteras patrias. Siendo este un viaje con un matiz
continental, saludo también a todos los que de un modo u otro están siguiendo estos
actos.
Saludo entrañablemente a mis Hermanos en el
Espiscopado; en particular, al señor cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado
de México, al presidente y miembros de la Conferencia del Episcopado Mexicano, a sí como
a los demás obispos que han venido de otros Países para participar en los actos de esta
Visita pastoral y de este modo renovar y fortalecer los estrechos vínculos de comunión y
afecto entre todas las Iglesias particulares del Continente americano. En este saludo mi
corazón se abre también con gran afecto a los queridos sacerdotes, diáconos,
religiosos, religiosas, catequistas y fieles, a los que me debo en el señor. Quiera Dios
que esta Visita que hoy comienza sirva de ánimo a todos en el generoso esfuerzo por
anunciar a Jesucristo con renovado ardor al nuevo milenio que se acerca.
3. El pueblo mexicano, desde que me
acogió hace veinte años, con los brazos abiertos y lleno de esperanza, me ha acompañado
en mucho de los caminos recorridos. He encontrado mexicanos en las audiencias generales de
los miércoles y en los grandes acontecimientos que la Iglesia ha celebrado en Roma y
otros lugares de América y del mundo. Aún resuenan en mis oídos los saludos con que
siempre me acogen: ¡México Siempre Fiel y siempre presente!
Llego a un país donde la fe católica sirvió de
fundamento al mestizaje que transformó la antigua pluralidad étnica y antagónica en
unidad fraternal y de destino. No es posible, pues, comprender a México sin la fe traída
desde España a estas tierras por los doce primeros franciscanos y cimentada más tarde
por dominicos jesuítas, agustinos y otros predicadores de la Palabra salvadora de Cristo.
Además de la obra evangelizadora, que hace del catolicismo parte integrante y fundamental
del alma de la nación , los misioneros dejaron profundas huellas culturales y prodigiosas
muestras del arte que son hoy motivo de legitimo orgullo para todos los mexicanos y rica
expresión de su civilización.
Llego a un país cuya historia recorren, como ríos a
veces ocultos y siempre caudalosos, realidades que unas veces se encuentran y otras
revelan sus diferencias complementarias, sin jamás confundirse del todo: la antigua y la
rica sensibilidad de los pueblos indígenas que amaron Juan de Zumarraga y Vasco de
Quiroga, a quienes muchos de esos pueblos siguen llamando padres; el cristianismo
arraigado en el alma de los mexicanos; y la moderna racionalidad de corte europeo, que
tanto ha querido enaltecer la independencia y la libertad. Se que no son pocas las mentes
clarividentes que se esfuerzan en que estas corrientes de pensamiento y de cultura
consigan conjugar mejor sus caudales mediante el diálogo, el desarrollo sociocultural y
la voluntad de construir un futuro mejor.
Vengo a Ustedes, mexicanos de todas las clases y
condiciones sociales, y a Ustedes hermanos del Continente americano, para saludarles en
nombre de Cristo: el Dios que se hizo hombre para que todos los hombres pudieran tomar
conciencia de su llamada a la filiación divina en Cristo. Junto con mis hermanos obispos
de México y de toda América vengo a postrarme ante la tilma del Beato Juan Diego.
Pediré a Santa María de Guadalupe, al final de un milenio fecundo y atormentado, que el
próximo sea un milenio en el que en México, en América y en el mundo entero se abran
vías seguras de fraternidad y de paz que en Jesucristo puedan encontrar bases seguras y
espaciosos caminos de progreso. Con la paz de Cristo deseo a los mexicanos éxito en la
búsqueda de la concordia entre todos, ya que constituyen una gran Nación que los
hermana.
4. Sintiéndome ya postrado ante la
Morenita del Tepeyac, Reina de México y Emperatriz de América, desde este momento
encomiendo a sus maternos cuidados los destinos de esta Nación y de todo el Continente.
Que el nuevo siglo y el nuevo milenio favorezcan un renacer general bajo la mirada de
Cristo, vida y esperanza nuestra, que nos ofrece siempre los caminos de fraternidad y de
sana convivencia humana. Que Santa María de Guadalupe ayude a México y América a
caminar unidos por esas sendas seguras y llenas de luz.
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