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ESTADOS UNIDOS-26 DE ENERO
SEÑALE PARA VER :
Exhortación Apostólica Postsinodal
Ecclesia in America (sumario)
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
ECCLESIA IN AMERICA
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LOS CONSAGRADOS Y CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO,
CAMINO PARA LA CONVERSIÓN,
LA COMUNIÓN Y LA SOLIDARIDAD
EN AMÉRICA
INTRODUCCION
1. La Iglesia en América, llena de gozo por la fe recibida y dando gracias a
Cristo por este inmenso don, ha celebrado hace poco el quinto centenario del comienzo de
la predicación del Evangelio en sus tierras. Esta conmemoración ayudó a los católicos
americanos a ser más conscientes del deseo de Cristo de encontrarse con los habitantes
del llamado Nuevo Mundo para incorporarlos a su Iglesia y hacerse presente de este modo en
la historia del Continente. La evangelización de América no es sólo un don del Señor,
sino también fuente de nuevas responsabilidades. Gracias a la acción de los
evangelizadores a lo largo y ancho de todo el Continente han nacido de la Iglesia y del
Espíritu innumerables hijos.1 En sus corazones, tanto en el pasado como en el presente,
continúan resonando las palabras del Apóstol: « Predicar el Evangelio no es para mí
ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no
predicara el Evangelio! » (1 Co 9, 16). Este deber se funda en el mandato del Señor
resucitado a los Apóstoles antes de su Ascensión al cielo: « Proclamad la Buena Nueva a
toda la creación » (Mc 16, 15).
Este mandato se dirige a la Iglesia entera, y la Iglesia en América, en este preciso
momento de su historia, está llamada a acogerlo y responder con amorosa generosidad a su
misión fundamental evangelizadora. Lo subrayaba en Bogotá mi predecesor Pablo VI, el
primer Papa que visitó América: « Corresponderá a nosotros, en cuanto representantes
tuyos, [Señor Jesús] y administradores de tus divinos misterios (cf. 1 Co 4, 1; 1 P 4,
10), difundir los tesoros de tu palabra, de tu gracia, de tus ejemplos entre los hombres
».2 El deber de la evangelización es una urgencia de caridad para el discípulo de
Cristo: « El amor de Cristo nos apremia » (2 Co 5, 14), afirma el apóstol Pablo,
recordando lo que el Hijo de Dios hizo por nosotros con su sacrificio redentor: « Uno
murió por todos [...], para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que
murió y resucitó por ellos » (2 Co 5, 14-15).
La conmemoración de ciertas fechas especialmente evocadoras del amor de Cristo por
nosotros suscita en el ánimo, junto con el agradecimiento, la necesidad de « anunciar
las maravillas de Dios », es decir, la necesidad de evangelizar. Así, el recuerdo de la
reciente celebración de los quinientos años de la llegada del mensaje evangélico a
América, esto es, del momento en que Cristo llamó a América a la fe, y el cercano
Jubileo con que la Iglesia celebrará los 2000 años de la Encarnación del Hijo de Dios,
son ocasiones privilegiadas en las que, de manera espontánea, brota del corazón con más
fuerza nuestra gratitud hacia el Señor. Consciente de la grandeza de estos dones
recibidos, la Iglesia peregrina en América desea hacer partícipe de las riquezas de la
fe y de la comunión en Cristo a toda la sociedad y a cada uno de los hombres y mujeres
que habitan en el suelo americano.
La idea de celebrar esta Asamblea sinodal
2. Precisamente el mismo día en que se cumplían los quinientos años del comienzo de la
evangelización de América, el 12 de octubre de 1992, con el deseo de abrir nuevos
horizontes y dar renovado impulso a la evangelización, en la alocución con la que
inauguré los trabajos de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en
Santo Domingo, hice la propuesta de un encuentro sinodal « en orden a incrementar la
cooperación entre las diversas Iglesias particulares » para afrontar juntas, dentro del
marco de la nueva evangelización y como expresión de comunión episcopal, « los
problemas relativos a la justicia y la solidaridad entre todas las Naciones de América
».3 La acogida positiva que los Episcopados de América dieron a esta propuesta, me
permitió anunciar en la Carta apostólica Tertio millennio adveniente el propósito de
convocar una asamblea sinodal « sobre la problemática de la nueva evangelización en las
dos partes del mismo Continente, tan diversas entre sí por su origen y su historia, y
sobre la cuestión de la justicia y de las relaciones económicas internacionales,
considerando la enorme desigualdad entre el Norte y el Sur ».4 Entonces se iniciaron los
trabajos preparatorios propiamente dichos, hasta llegar a la Asamblea Especial del Sínodo
de los Obispos para América, celebrada en el Vaticano del 16 de noviembre al 12 de
diciembre de 1997.
El tema de la Asamblea
3. En coherencia con la idea inicial, y oídas las sugerencias del Consejo presinodal,
viva expresión del sentir de muchos Pastores del pueblo de Dios en el Continente
americano, enuncié el tema de la Asamblea Especial del Sínodo para América en los
siguientes términos: « Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la
comunión y la solidaridad en América ». El tema así formulado expresa claramente la
centralidad de la persona de Jesucristo resucitado, presente en la vida de la Iglesia, que
invita a la conversión, a la comunión y a la solidaridad. El punto de partida de este
programa evangelizador es ciertamente el encuentro con el Señor. El Espíritu Santo, don
de Cristo en el misterio pascual, nos guía hacia las metas pastorales que la Iglesia en
América ha de alcanzar en el tercer milenio cristiano.
La celebración de la Asamblea como experiencia de encuentro
4. La experiencia vivida durante la Asamblea tuvo, sin duda, el carácter de un encuentro
con el Señor. Recuerdo gustoso, de modo especial, las dos concelebraciones solemnes que
presidí en la Basílica de San Pedro para la inauguración y para la clausura de los
trabajos de la Asamblea. El encuentro con el Señor resucitado, verdadera, real y
substancialmente presente en la Eucaristía, constituyó el clima espiritual que permitió
que todos los Obispos de la Asamblea sinodal se reconocieran, no sólo como hermanos en el
Señor, sino también como miembros del Colegio episcopal, deseosos de seguir, presididos
por el Sucesor de Pedro, las huellas del Buen Pastor, sirviendo a la Iglesia que peregrina
en todas las regiones del Continente. Fue evidente para todos la alegría de cuantos
participaron en la Asamblea, al descubrir en ella una ocasión excepcional de encuentro
con el Señor, con el Vicario de Cristo, con tantos Obispos, sacerdotes, consagrados y
laicos venidos de todas las partes del Continente.
Sin duda, ciertos factores previos contribuyeron, de modo mediato pero eficaz, a asegurar
este clima de encuentro fraterno en la Asamblea sinodal. En primer lugar, deben señalarse
las experiencias de comunión vividas anteriormente en las Asambleas Generales del
Episcopado Latinoamericano en Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y
Santo Domingo (1992). En ellas los Pastores de la Iglesia en América Latina reflexionaron
juntos como hermanos sobre las cuestiones pastorales más apremiantes en esa región del
Continente. A estas Asambleas deben añadirse las reuniones periódicas interamericanas de
Obispos, en las cuales los participantes tienen la posibilidad de abrirse al horizonte de
todo el Continente, dialogando sobre los problemas y desafíos comunes que afectan a la
Iglesia en los países americanos.
Contribuir a la unidad del Continente
5. En la primera propuesta que hice en Santo Domingo, sobre la posibilidad de celebrar una
Asamblea Especial del Sínodo, señalé que « la Iglesia, ya a las puertas del tercer
milenio cristiano y en unos tiempos en que han caído muchas barreras y fronteras
ideológicas, siente como un deber ineludible unir espiritualmente aún más a todos los
pueblos que forman este gran Continente y, a la vez, desde la misión religiosa que le es
propia, impulsar un espíritu solidario entre todos ellos ».5 Los elementos comunes a
todos los pueblos de América, entre los que sobresale una misma identidad cristiana así
como también una auténtica búsqueda del fortalecimiento de los lazos de solidaridad y
comunión entre las diversas expresiones del rico patrimonio cultural del Continente, son
el motivo decisivo por el que quise que la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos
dedicara sus reflexiones a América como una realidad única. La opción de usar la
palabra en singular quería expresar no sólo la unidad ya existente bajo ciertos
aspectos, sino también aquel vínculo más estrecho al que aspiran los pueblos del
Continente y que la Iglesia desea favorecer, dentro del campo de su propia misión
dirigida a promover la comunión de todos en el Señor.
En el contexto de la nueva evangelización
6. En la perspectiva del Gran Jubileo del año 2000 he querido que tuviera lugar una
Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para cada uno de los cinco Continentes: tras
las dedicadas a África (1994), América (1997), Asia (1998) y, muy recientemente,
Oceanía (1998), en este año de 1999 con la ayuda del Señor se celebrará una nueva
Asamblea Especial para Europa. De este modo, durante el año jubilar, será posible una
Asamblea General Ordinaria que sintetice y saque las conclusiones de los ricos materiales
que las diversas Asambleas continentales han ido aportando. Esto será posible por el
hecho de que en todos estos Sínodos ha habido preocupaciones semejantes y centros comunes
de interés. En este sentido, refiriéndome a esta serie de Asambleas sinodales, he
señalado cómo en todas « el tema de fondo es el de la evangelización, mejor todavía,
el de la nueva evangelización, cuyas bases fueron fijadas por la Exhortación Apostólica
Evangelii nuntiandi de Pablo VI ».6 Por ello, tanto en mi primera indicación sobre la
celebración de esta Asamblea Especial del Sínodo como más tarde en su anuncio
explícito, una vez que todos los Episcopados de América hicieron suya la idea, indiqué
que sus deliberaciones habrían de discurrir « dentro del marco de la nueva
evangelización »,7 afrontando los problemas sobresalientes de la misma.8
Esta preocupación era más obvia ya que yo mismo había formulado el primer programa de
una nueva evangelización en suelo americano. En efecto, cuando la Iglesia en toda
América se preparaba para recordar los quinientos años del comienzo de la primera
evangelización del Continente, hablando al Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) en
Puerto Príncipe (Haití) afirmé: « La conmemoración del medio milenio de
evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como Obispos,
junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso, no de reevangelización, pero sí de
una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión ».9 Más
tarde invité a toda la Iglesia a llevar a cabo esta exhortación, aunque el programa
evangelizador, al extenderse a la gran diversidad que presenta hoy el mundo entero, debe
diversificarse según dos situaciones claramente diferentes: la de los países muy
afectados por el secularismo y la de aquellos otros donde « todavía se conservan muy
vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana».10 Se trata, sin
duda, de dos situaciones presentes, en grado diverso, en diferentes países o, quizás
mejor, en diversos ambientes concretos dentro de los países del Continente americano.
Con la presencia y la ayuda del Señor
7. El mandato de evangelizar, que el Señor resucitado dejó a su Iglesia, va acompañado
por la seguridad, basada en su promesa, de que Él sigue viviendo y actuando entre
nosotros: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo »
(Mt 28, 20). Esta presencia misteriosa de Cristo en su Iglesia es la garantía de su
éxito en la realización de la misión que le ha sido confiada. Al mismo tiempo, esa
presencia hace también posible nuestro encuentro con Él, como Hijo enviado por el Padre,
como Señor de la Vida que nos comunica su Espíritu. Un encuentro renovado con Jesucristo
hará conscientes a todos los miembros de la Iglesia en América de que están llamados a
continuar la misión del Redentor en esas tierras.
El encuentro personal con el Señor, si es auténtico, llevará también consigo la
renovación eclesial: las Iglesias particulares del Continente, como Iglesias hermanas y
cercanas entre sí, acrecentarán los vínculos de cooperación y solidaridad para
prolongar y hacer más viva la obra salvadora de Cristo en la historia de América. En una
actitud de apertura a la unidad, fruto de una verdadera comunión con el Señor
resucitado, las Iglesias particulares, y en ellas cada uno de sus miembros, descubrirán,
a través de la propia experiencia espiritual que el « encuentro con Jesucristo vivo »
es « camino para la conversión, la comunión y la solidaridad ». Y, en la medida en que
estas metas vayan siendo alcanzadas, será posible una dedicación cada vez mayor a la
nueva evangelización de América.
CAPITULO I
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
« Hemos encontrado al Mesías » (Jn 1, 41)
Los encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento
8. Los Evangelios relatan numerosos encuentros de Jesús con hombres y mujeres de su
tiempo. Una característica común a todos estos episodios es la fuerza transformadora que
tienen y manifiestan los encuentros con Jesús, ya que « abren un auténtico proceso de
conversión, comunión y solidaridad ».11 Entre los más significativos está el de la
mujer samaritana (cf. Jn 4, 5-42). Jesús la llama para saciar su sed, que no era
sólo material, pues, en realidad, « el que pedía beber, tenía sed de la fe de la misma
mujer ».12 Al decirle, « dame de beber » (Jn 4, 7), y al hablarle del agua viva, el
Señor suscita en la samaritana una pregunta, casi una oración, cuyo alcance real supera
lo que ella podía comprender en aquel momento: « Señor, dame de esa agua, para que no
tenga más sed » (Jn 4, 15). La samaritana, aunque « todavía no entendía »,13 en
realidad estaba pidiendo el agua viva de que le hablaba su divino interlocutor. Al
revelarle Jesús su mesianidad (cf. Jn 4, 26), la samaritana se siente
impulsada a anunciar a sus conciudadanos que ha descubierto el Mesías
(cf. Jn 4, 28-30). Así mismo, cuando Jesús encuentra a Zaqueo (cf. Lc 19,
1-10) el fruto más preciado es su conversión: éste, consciente de las injusticias que
ha cometido, decide devolver con creces « el cuádruple » a quienes había
defraudado. Además, asume una actitud de desprendimiento de las cosas materiales y de
caridad hacia los necesitados, que lo lleva a dar a los pobres la mitad de sus bienes.
Una mención especial merecen los encuentros con Cristo resucitado narrados en el Nuevo
Testamento. Gracias a su encuentro con el Resucitado, María Magdalena supera el
desaliento y la tristeza causados por la muerte del Maestro (cf. Jn 20, 11-18).
En su nueva dimensión pascual, Jesús la envía a anunciar a los discípulos que Él ha
resucitado (cf. Jn 20, 17). Por este hecho se ha llamado a María Magdalena
« la apóstol de los apóstoles ».14 Por su parte, los discípulos de Emaús, después
de encontrar y reconocer al Señor resucitado, vuelven a Jerusalén para contar a los
apóstoles y a los demás discípulos lo que les había sucedido (cf. Lc 24, 13-35).
Jesús, « empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que
había sobre él en todas las Escrituras » (Lc 24, 27). Los dos discípulos reconocerían
más tarde que su corazón ardía mientras el Señor les hablaba en el camino
explicándoles las Escrituras (cf. Lc 24, 32). No hay duda de que san Lucas al narrar este
episodio, especialmente el momento decisivo en que los dos discípulos reconocen a Jesús,
hace una alusión explícita a los relatos de la institución de la Eucaristía, es decir,
al modo como Jesús actuó en la Última Cena (cf. Lc 24, 30). El evangelista, para
relatar lo que los discípulos de Emaús cuentan a los Once, utiliza una expresión que en
la Iglesia naciente tenía un significado eucarístico preciso: « Le habían conocido en
la fracción del pan » (Lc 24, 35).
Entre los encuentros con el Señor resucitado, uno de los que han tenido un influjo
decisivo en la historia del cristianismo es, sin duda, la conversión de Saulo, el futuro
Pablo y apóstol de los gentiles, en el camino de Damasco. Allí tuvo lugar el cambio
radical de su existencia, de perseguidor a apóstol (cf. Hch 9, 3-30; 22, 6-11; 26,
12-18). El mismo Pablo habla de esta extraordinaria experiencia como de una revelación
del Hijo de Dios « para que le anunciase entre los gentiles » (Ga 1, 16).
La invitación del Señor respeta siempre la libertad de los que llama. Hay casos en que
el hombre, al encontrarse con Jesús, se cierra al cambio de vida al que Él lo invita.
Fueron numerosos los casos de contemporáneos de Jesús que lo vieron y oyeron, y, sin
embargo, no se abrieron a su palabra. El Evangelio de san Juan señala el pecado como la
causa que impide al ser humano abrirse a la luz que es Cristo: « Vino la luz al mundo y
los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas » (Jn 3,
19). Los textos evangélicos enseñan que el apego a las riquezas es un obstáculo para
acoger el llamado a un seguimiento generoso y pleno de Jesús. Típico es, a este
respecto, el caso del joven rico (cf. Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22; Lc 18,
18-23).
Encuentros personales y encuentros comunitarios
9. Algunos encuentros con Jesús, narrados en los Evangelios, son claramente personales
como, por ejemplo, las llamadas vocacionales (cf. Mt 4, 19; 9, 9; Mc 10, 21; Lc 9, 59). En
ellos Jesús trata con intimidad a sus interlocutores: « Rabbí que quiere decir
"Maestro" ¿dónde vives? » [...] « Venid y lo veréis » (Jn 1, 38-39).
Otras veces, en cambio, los encuentros tienen un carácter comunitario. Así son, en
concreto, los encuentros con los Apóstoles, que tienen una importancia fundamental para
la constitución de la Iglesia. En efecto, los Apóstoles, elegidos por Jesús de entre un
grupo más amplio de discípulos (cf. Mc 3, 13-19; Lc 6, 12-16), son objeto de una
formación especial y de una comunicación más íntima. A la multitud Jesús le habla en
parábolas que sólo explica a los Doce: « Es que a vosotros se os ha dado a conocer los
misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no » (Mt 13, 11). Los Apóstoles están
llamados a ser los anunciadores de la Buena Nueva y a desarrollar una misión especial
para edificar la Iglesia con la gracia de los Sacramentos. Para este fin, reciben la
potestad necesaria: les da el poder de perdonar los pecados apelando a la plenitud de ese
mismo poder en el cielo y en la tierra que el Padre le ha dado (cf. Mt 28, 18). Ellos
serán los primeros en recibir el don del Espíritu Santo (cf. Hch 2, 1-4), don que
recibirán más tarde quienes se incorporen a la Iglesia por los sacramentos de la
iniciación cristiana (cf. Hch 2, 38).
El encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia
10. La Iglesia es el lugar donde los hombres, encontrando a Jesús, pueden descubrir el
amor del Padre: en efecto, el que ha visto a Jesús ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9).
Jesús, después de su ascensión al cielo, actúa mediante la acción poderosa del
Paráclito (cf. Jn 16, 7), que transforma a los creyentes dándoles la nueva vida. De este
modo ellos llegan a ser capaces de amar con el mismo amor de Dios, « que ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado » (Rm 5, 5). La
gracia divina prepara, además, a los cristianos a ser agentes de la transformación del
mundo, instaurando en él una nueva civilización, que mi predecesor Pablo VI llamó
justamente « civilización del amor ».15
En efecto, « el Verbo de Dios, asumiendo en todo la naturaleza humana menos en el pecado
(cf. Hb 4, 11), manifiesta el plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de
llegar a la plenitud de su propia vocación [...] Así, Jesús no sólo reconcilia al
hombre con Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su propia
naturaleza ».16 Con estas palabras los Padres sinodales, en la línea del Concilio
Vaticano II, han reafirmado que Jesús es el camino a seguir para llegar a la plena
realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios. « Yo soy
el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí » (Jn 14, 6). Dios nos «
predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre
muchos hermanos » (Rm 8, 29). Jesucristo es, pues, la respuesta definitiva a la pregunta
sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a
tantos hombres y mujeres del continente americano.
Por medio de María encontramos a Jesús
11. Cuando nació Jesús, los magos de Oriente acudieron a Belén y « vieron al Niño con
María su Madre » (Mt 2, 11). Al inicio de la vida pública, en las bodas de Caná,
cuando el Hijo de Dios realizó el primero de sus signos, suscitando la fe de los
discípulos (Jn 2, 11), es María la que interviene y orienta a los servidores hacia su
Hijo con estas palabras: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). A este respecto, he
escrito en otra ocasión: « La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz
de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que
pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías ».17 Por eso, María es un camino
seguro para encontrar a Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor, cuando es auténtica,
anima siempre a orientar la propia vida según el espíritu y los valores del Evangelio.
Cómo no poner de relieve el papel que la Virgen tiene respecto a la Iglesia peregrina en
América, en camino al encuentro con el Señor? En efecto, la Santísima Virgen, « de
manera especial, está ligada al nacimiento de la Iglesia en la historia de [...] los
pueblos de América, que por María llegaron al encuentro con el Señor ».18
En todas las partes del Continente la presencia de la Madre de Dios ha sido muy intensa
desde los días de la primera evangelización, gracias a la labor de los misioneros. En su
predicación, « el Evangelio ha sido anunciado presentando a la Virgen María como su
realización más alta. Desde los orígenes en su advocación de Guadalupe
María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del
Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión ».19
La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo
una repercusión decisiva para la evangelización.20 Este influjo va más allá de los
confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América, que
históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido « en el rostro mestizo de
la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de
evangelización perfectamente inculturada ».21 Por eso, no sólo en el Centro y en el
Sur, sino también en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como
Reina de toda América.22
A lo largo del tiempo ha ido creciendo cada vez más en los Pastores y fieles la
conciencia del papel desarrollado por la Virgen en la evangelización del Continente. En
la oración compuesta para la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América,
María Santísima de Guadalupe es invocada como « Patrona de toda América y Estrella de
la primera y de la nueva evangelización ». En este sentido, acojo gozoso la propuesta de
los Padres sinodales de que el día 12 de diciembre se celebre en todo el Continente la
fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América.23 Abrigo en mi
corazón la firme esperanza de que ella, a cuya intercesión se debe el fortalecimiento de
la fe de los primeros discípulos (cf. Jn 2, 11), guíe con su intercesión maternal a la
Iglesia en este Continente, alcanzándole la efusión del Espíritu Santo como en la
Iglesia naciente (cf. Hch 1, 14), para que la nueva evangelización produzca un
espléndido florecimiento de vida cristiana.
Lugares de encuentro con Cristo
12. Contando con el auxilio de María, la Iglesia en América desea conducir a los hombres
y mujeres de este Continente al encuentro con Cristo, punto de partida para una auténtica
conversión y para una renovada comunión y solidaridad. Este encuentro contribuirá
eficazmente a consolidar la fe de muchos católicos, haciendo que madure en fe convencida,
viva y operante.
Para que la búsqueda de Cristo presente en su Iglesia no se reduzca a algo meramente
abstracto, es necesario mostrar los lugares y momentos concretos en los que, dentro de la
Iglesia, es posible encontrarlo. La reflexión de los Padres sinodales a este respecto ha
sido rica en sugerencias y observaciones.
Ellos han señalado, en primer lugar, « la Sagrada Escritura leída a la luz de la
Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada en la meditación y la oración
».24 Se ha recomendado fomentar el conocimiento de los Evangelios, en los que se
proclama, con palabras fácilmente accesibles a todos, el modo como Jesús vivió entre
los hombres. La lectura de estos textos sagrados, cuando se escucha con la misma atención
con que las multitudes escuchaban a Jesús en la ladera del monte de las Bienaventuranzas
o en la orilla del lago de Tiberíades mientras predicaba desde la barca, produce
verdaderos frutos de conversión del corazón.
Un segundo lugar para el encuentro con Jesús es la sagrada Liturgia.25 Al Concilio
Vaticano II debemos una riquísima exposición de las múltiples presencias de Cristo en
la Liturgia, cuya importancia debe llevar a hacer de ello objeto de una constante
predicación: Cristo está presente en el celebrante que renueva en el altar el mismo y
único sacrificio de la Cruz; está presente en los Sacramentos en los que actúa su
fuerza eficaz. Cuando se proclama su palabra, es Él mismo quien nos habla. Está presente
además en la comunidad, en virtud de su promesa: « Donde están dos o tres reunidos en
mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos » (Mt 18, 20). Está presente « sobre todo
bajo las especies eucarísticas ».26 Mi predecesor Pablo VI creyó necesario explicar la
singularidad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que « se llama
"real" no por exclusión, como si las otras presencias no fueran
"reales", sino por antonomasia, porque es substancial ».27 Bajo las especies de
pan y vino, « Cristo todo entero está presente en su "realidad física" aún
corporalmente ».28
La Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con Cristo, están sugeridas en
el relato de la aparición del Resucitado a los dos discípulos de Emaús. Además, el
texto del Evangelio sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el que se afirma que
seremos juzgados sobre el amor a los necesitados, en quienes misteriosamente está
presente el Señor Jesús, indica que no se debe descuidar un tercer lugar de encuentro
con Cristo: « Las personas, especialmente los pobres, con los que Cristo se identifica
».29 Como recordaba el Papa Pablo VI, al clausurar el Concilio Vaticano II, « en el
rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y por
sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25, 40), el Hijo del
hombre ».30
CAPITULO II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO EN EL HOY DE AMERICA
« A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho » (Lc 12, 48)
Situación de los hombres y mujeres de América y su
encuentro con el Señor
13. En los Evangelios se narran encuentros con Cristo de personas en situaciones muy
diferentes. A veces se trata de situaciones de pecado, que dejan entrever la necesidad de
la conversión y del perdón del Señor. En otras circunstancias se dan actitudes
positivas de búsqueda de la verdad, de auténtica confianza en Jesús, que llevan a
establecer una relación de amistad con Él, y que estimulan el deseo de imitarlo. No
pueden olvidarse tampoco los dones con los que el Señor prepara a algunos para un
encuentro posterior. Así Dios, haciendo a María « llena de gracia » (Lc 1, 28) desde
el primer momento, la preparó para que en ella tuviera lugar el más importante encuentro
divino con la naturaleza humana: el misterio inefable de la Encarnación.
Como los pecados y las virtudes sociales no existen en abstracto, sino que son el
resultado de actos personales,31 es necesario tener presente que América es hoy una
realidad compleja, fruto de las tendencias y modos de proceder de los hombres y mujeres
que lo habitan. En esta situación real y concreta es donde ellos han de encontrarse con
Jesús.
Identidad cristiana de América
14. El mayor don que América ha recibido del Señor es la fe, que ha ido
forjando su identidad cristiana. Hace ya más de quinientos años que el nombre de Cristo
comenzó a ser anunciado en el Continente. Fruto de la evangelización, que ha acompañado
los movimientos migratorios desde Europa, es la fisonomía religiosa americana, impregnada
de los valores morales que, si bien no siempre se han vivido coherentemente y en ocasiones
se han puesto en discusión, pueden considerarse en cierto modo patrimonio de todos los
habitantes de América, incluso de quienes no se identifican con ellos. Es claro que la
identidad cristiana de América no puede considerarse como sinónimo de identidad
católica. La presencia de otras confesiones cristianas en grado mayor o menor en
diferentes partes de América, hace especialmente urgente el compromiso ecuménico, para
buscar la unidad entre todos los creyentes en Cristo.32
Frutos de santidad
15. La expresión y los mejores frutos de la identidad cristiana de América son sus
santos. En ellos, el encuentro con Cristo vivo « es tan profundo y comprometido [...] que
se convierte en fuego que lo consume todo, e impulsa a construir su Reino, a hacer que Él
y la nueva alianza sean el sentido y el alma de [...] la vida personal y comunitaria ».33
América ha visto florecer los frutos de la santidad desde los comienzos de su
evangelización. Este es el caso de santa Rosa de Lima (1586-1617), « la primera flor de
santidad en el Nuevo Mundo », proclamada patrona principal de América en 1670 por el
Papa Clemente X.34 Después de ella, el santoral americano se ha ido incrementando hasta
alcanzar su amplitud actual.35 Las beatificaciones y canonizaciones, con las que no pocos
hijos e hijas del Continente han sido elevados al honor de los altares, ofrecen modelos
heroicos de vida cristiana en la diversidad de estados de vida y de ambientes sociales. La
Iglesia, al beatificarlos o canonizarlos, ve en ellos a poderosos intercesores unidos a
Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, mediador entre Dios y los hombres. Los Beatos y
Santos de América acompañan con solicitud fraterna a los hombres y mujeres de su tierra
que, entre gozos y sufrimientos, caminan hacia el encuentro definitivo con el Señor.36
Para fomentar cada vez más su imitación y para que los fieles recurran de una manera
más frecuente y fructuosa a su intercesión, considero muy oportuna la propuesta de los
Padres sinodales de preparar « una colección de breves biografías de los Santos y
Beatos americanos. Esto puede iluminar y estimular en América la respuesta a la vocación
universal a la santidad ».37
Entre sus Santos, « la historia de la evangelización de América reconoce numerosos
mártires, varones y mujeres, tanto Obispos, como presbíteros, religiosos y laicos, que
con su sangre regaron [...] [estas] naciones. Ellos, como nube de testigos (cf. Hb 12, 1),
nos estimulan para que asumamos hoy, sin temor y ardorosamente, la nueva evangelización
».38 Es necesario que sus ejemplos de entrega sin límites a la causa del Evangelio sean
no sólo preservados del olvido, sino más conocidos y difundidos entre los fieles del
Continente. Al respecto, escribía en la Tertio millennio adveniente: « Las Iglesias
locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el
martirio, recogiendo para ello la documentación necesaria ».39
La piedad popular
16. Una característica peculiar de América es la existencia de una piedad popular
profundamente enraizada en sus diversas naciones. Está presente en todos los niveles y
sectores sociales, revistiendo una especial importancia como lugar de encuentro con Cristo
para todos aquellos que con espíritu de pobreza y humildad de corazón buscan
sinceramente a Dios (cf. Mt 11, 25). Las expresiones de esta piedad son numerosas: « Las
peregrinaciones a los santuarios de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos, la
oración por las almas del purgatorio, el uso de sacramentales (agua, aceite, cirios...).
Éstas y tantas otras expresiones de la piedad popular ofrecen oportunidad para que los
fieles encuentren a Cristo viviente».40 Los Padres sinodales han subrayado la urgencia de
descubrir, en las manifestaciones de la religiosidad popular, los verdaderos valores
espirituales, para enriquecerlos con los elementos de la genuina doctrina católica, a fin
de que esta religiosidad lleve a un compromiso sincero de conversión y a una experiencia
concreta de caridad.41 La piedad popular, si está orientada convenientemente, contribuye
también a acrecentar en los fieles la conciencia de pertenecer a la Iglesia, alimentando
su fervor y ofreciendo así una respuesta válida a los actuales desafíos de la
secularización.42
Ya que en América la piedad popular es expresión de la inculturación de la fe católica
y muchas de sus manifestaciones han asumido formas religiosas autóctonas, es oportuno
destacar la posibilidad de sacar de ellas, con clarividente prudencia, indicaciones
válidas para una mayor inculturación del Evangelio.43 Ello es especialmente importante
entre las poblaciones indígenas, para que « las semillas del Verbo » presentes en sus
culturas lleguen a su plenitud en Cristo.44 Lo mismo debe decirse de los americanos de
origen africano. La Iglesia « reconoce que tiene la obligación de acercarse a estos
americanos a partir de su cultura, considerando seriamente las riquezas espirituales y
humanas de esta cultura que marca su modo de celebrar el culto, su sentido de alegría y
de solidaridad, su lengua y sus tradiciones ».45
Presencia católico-oriental en América
17. La inmigración a América es casi una constante de su historia desde los comienzos de
la evangelización hasta nuestros días. Dentro de este complejo fenómeno debe señalarse
que, en los últimos tiempos, diversas regiones de América han acogido a numerosos
miembros de las Iglesias católicas orientales que, por diversas causas, han abandonado
sus territorios de origen. Un primer movimiento migratorio procedía, sobre todo, de
Ucrania occidental; posteriormente se ha extendido a las naciones del Medio Oriente. De
este modo, ha sido necesaria pastoralmente la creación de una jerarquía católica
oriental para estos fieles inmigrantes y para sus descendientes. Las normas emanadas por
el Concilio Vaticano II, que los Padres sinodales han recordado, reconocen que las
Iglesias orientales « tienen derecho y obligación de regirse según sus respectivas
disciplinas peculiares », ya que tienen la misión de dar testimonio de una antiquísima
tradición doctrinal, litúrgica y monástica. Por otra parte, dichas Iglesias deben
conservar sus propias disciplinas, ya que éstas « son más adaptadas a las costumbres de
sus fieles y resultan más adecuadas para procurar el bien de las almas ».46 Si la
Comunidad eclesial universal necesita la sinergia entre las Iglesias particulares de
Oriente y de Occidente para poder respirar con sus dos pulmones, en la esperanza de lograr
hacerlo plenamente a través de la perfecta comunión entre la Iglesia católica y las
orientales separadas,47 hay que alegrarse por la reciente implantación de Iglesias
orientales junto a las latinas, establecidas allí desde el principio, porque de este modo
puede manifestarse mejor la catolicidad de la Iglesia del Señor.48
La Iglesia en el campo de la educación y de la acción social
18. Entre los factores que favorecen la influencia de la Iglesia en la formación
cristiana de los americanos, debe señalarse su amplia presencia en el campo de la
educación y, de modo especial, en el mundo universitario. Las numerosas Universidades
católicas diseminadas por el Continente son un rasgo característico de la vida eclesial
en América. Así mismo, en la enseñanza primaria y secundaria el alto número de
escuelas católicas ofrece la posibilidad de una acción evangelizadora de alcance muy
amplio, siempre que vaya acompañada por una decidida voluntad de impartir una educación
verdaderamente cristiana.49
Otro campo importante en el que la Iglesia está presente en toda América es el de la
asistencia caritativa y social. Las múltiples iniciativas para la atención de los
ancianos, los enfermos y de cuantos están necesitados de auxilio en asilos, hospitales,
dispensarios, comedores gratuitos y otros centros sociales, son testimonio palpable del
amor preferencial por los pobres que la Iglesia en América lleva adelante movida por el
amor a su Señor y consciente de que « Jesús se ha identificado con ellos (cf. Mt 25,
31-46) ».50 En esta tarea, que no conoce fronteras, la Iglesia ha sabido crear una
conciencia de solidaridad concreta entre las diversas comunidades del Continente y del
mundo entero, manifestando así la fraternidad que debe caracterizar a los cristianos de
todo tiempo y lugar.
El servicio a los pobres, para que sea evangélico y evangelizador, ha de ser fiel reflejo
de la actitud de Jesús, que vino « para anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4,
18). Realizado con este espíritu, llega a ser manifestación del amor infinito de Dios
por todos los hombres y un modo elocuente de transmitir la esperanza de salvación que
Cristo ha traído al mundo, y que resplandece de manera particular cuando es comunicada a
los abandonados y desechados de la sociedad.
Esta constante dedicación a los pobres y desheredados se refleja en el Magisterio social
de la Iglesia, que no se cansa de invitar a la comunidad cristiana a comprometerse en la
superación de toda forma de explotación y opresión. En efecto, se trata no sólo de
aliviar las necesidades más graves y urgentes mediante acciones individuales y
esporádicas, sino de poner de relieve las raíces del mal, proponiendo intervenciones que
den a las estructuras sociales, políticas y económicas una configuración más justa y
solidaria.
Creciente respeto de los derechos humanos
19. En el ámbito civil, pero con implicaciones morales inmediatas, debe señalarse entre
los aspectos positivos de la América actual la creciente implantación en todo el
Continente de sistemas políticos democráticos y la progresiva reducción de regímenes
dictatoriales. La Iglesia ve con agrado esta evolución, en la medida en que esto
favorezca cada vez más un evidente respeto de los derechos de cada uno, incluidos los del
procesado y del reo, respecto a los cuales no es legítimo el recurso a métodos de
detención y de interrogatorio pienso concretamente en la tortura lesivos de
la dignidad humana. En efecto, « el Estado de Derecho es la condición necesaria para
establecer una verdadera democracia ».51
Por otra parte, la existencia de un Estado de Derecho implica en los ciudadanos y, más
aún, en la clase dirigente el convencimiento de que la libertad no puede estar
desvinculada de la verdad.52 En efecto, « los graves problemas que amenazan la dignidad
de la persona humana, la familia, el matrimonio, la educación, la economía y las
condiciones de trabajo, la calidad de la vida y la vida misma, proponen la cuestión del
Derecho ».53 Los Padres sinodales han subrayado con razón que « los derechos
fundamentales de la persona humana están inscritos en su misma naturaleza, son queridos
por Dios y, por tanto, exigen su observancia y aceptación universal. Ninguna autoridad
humana puede transgredirlos apelando a la mayoría o a los consensos políticos, con el
pretexto de que así se respetan el pluralismo y la democracia. Por ello, la Iglesia debe
comprometerse en formar y acompañar a los laicos que están presentes en los órganos
legislativos, en el gobierno y en la administración de la justicia, para que las leyes
expresen siempre los principios y los valores morales que sean conformes con una sana
antropología y que tengan presente el bien común ».54
El fenómeno de la globalización
20. Una característica del mundo actual es la tendencia a la globalización, fenómeno
que, aun no siendo exclusivamente americano, es más perceptible y tiene mayores
repercusiones en América. Se trata de un proceso que se impone debido a la mayor
comunicación entre las diversas partes del mundo, llevando prácticamente a la
superación de las distancias, con efectos evidentes en campos muy diversos.
Desde el punto de vista ético, puede tener una valoración positiva o negativa. En
realidad, hay una globalización económica que trae consigo ciertas consecuencias
positivas, como el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción, y que, con
el desarrollo de las relaciones entre los diversos países en lo económico, puede
fortalecer el proceso de unidad de los pueblos y realizar mejor el servicio a la familia
humana. Sin embargo, si la globalización se rige por las meras leyes del mercado
aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas.
Tales son, por ejemplo, la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo,
la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del
ambiente y de la naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la
competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad
cada vez más acentuada.55 La Iglesia, aunque reconoce los valores positivos que la
globalización comporta, mira con inquietud los aspectos negativos derivados de ella.
¿Y qué decir de la globalización cultural producida por la fuerza de los medios de
comunicación social? Éstos imponen nuevas escalas de valores por doquier, a menudo
arbitrarios y en el fondo materialistas, frente a los cuales es muy difícil mantener viva
la adhesión a los valores del Evangelio.
La urbanización creciente
21. El fenómeno de la urbanización continúa creciendo también en América. Desde hace
algunos lustros el Continente está viviendo un éxodo constante del campo a la ciudad. Se
trata de un fenómeno complejo, ya descrito por mi predecesor Pablo VI.56 Las causas
de este fenómeno son varias, pero entre ellas sobresale principalmente la pobreza y el
subdesarrollo de las zonas rurales, donde con frecuencia faltan los servicios, las
comunicaciones, las estructuras educativas y sanitarias. La ciudad, además, con las
características de diversión y bienestar con que no pocas veces la presentan los medios
de comunicación social, ejerce un atractivo especial para las gentes sencillas del campo.
La frecuente falta de planificación en este proceso acarrea muchos males. Como han
señalado los Padres sinodales, « en ciertos casos, algunas partes de las ciudades son
como islas en las que se acumula la violencia, la delincuencia juvenil y la atmósfera de
desesperación ».57 El fenómeno de la urbanización presenta asimismo grandes desafíos
a la acción pastoral de la Iglesia, que ha de hacer frente al desarraigo cultural, la
pérdida de costumbres familiares y al alejamiento de las propias tradiciones religiosas,
que no pocas veces lleva al naufragio de la fe, privada de aquellas manifestaciones que
contribuían a sostenerla.
Evangelizar la cultura urbana es, pues, un reto apremiante para la Iglesia, que así como
supo evangelizar la cultura rural durante siglos, está hoy llamada a llevar a cabo una
evangelización urbana metódica y capilar mediante la catequesis, la liturgia y las
propias estructuras pastorales.58
El peso de la deuda externa
22. Los Padres sinodales han manifestado su preocupación por la deuda externa que afecta
a muchas naciones americanas, expresando de este modo su solidaridad con las mismas. Ellos
llaman justamente la atención de la opinión pública sobre la complejidad del tema,
reconociendo « que la deuda es frecuentemente fruto de la corrupción y de la mala
administración».59 En el espíritu de la reflexión sinodal, este reconocimiento no
pretende concentrar en un sólo polo las responsabilidades de un fenómeno que es
sumamente complejo en su origen y en sus soluciones.60
En efecto, entre las múltiples causas que han llevado a una deuda externa abrumadora
deben señalarse no sólo los elevados intereses, fruto de políticas financieras
especulativas, sino también la irresponsabilidad de algunos gobernantes que, al contraer
la deuda, no reflexionaron suficientemente sobre las posibilidades reales de pago, con el
agravante de que sumas ingentes obtenidas mediante préstamos internacionales se han
destinado a veces al enriquecimiento de personas concretas, en vez de ser dedicadas a
sostener los cambios necesarios para el desarrollo del país. Por otra parte, sería
injusto que las consecuencias de estas decisiones irresponsables pesaran sobre quienes no
las tomaron. La gravedad de la situación es aún más comprensible, si se tiene en cuenta
que « ya el mero pago de los intereses es un peso sobre la economía de las naciones
pobres, que quita a las autoridades la disponibilidad del dinero necesario para el
desarrollo social, la educación, la sanidad y la institución de un depósito para crear
trabajo ».61
La corrupción
23. La corrupción, frecuentemente presente entre las causas de la agobiante
deuda externa, es un problema grave que debe ser considerado atentamente. La corrupción
« sin guardar límites, afecta a las personas, a las estructuras públicas y privadas de
poder y a las clases dirigentes ». Se trata de una situación que « favorece la
impunidad y el enriquecimiento ilícito, la falta de confianza con respecto a las
instituciones políticas, sobre todo en la administración de la justicia y en la
inversión pública, no siempre clara, igual y eficaz para todos ».62
A este propósito, deseo recordar cuanto escribí en el Mensaje para la Jornada mundial de
la Paz de 1998, que la lacra de la corrupción ha de ser denunciada y combatida con
valentía por quienes detentan la autoridad y con la « colaboración generosa de todos
los ciudadanos, sostenidos por una fuerte conciencia moral ».63 Los adecuados organismos
de control y la transparencia de las transacciones económicas y financieras previenen
ulteriormente y evitan en muchos casos que se extienda la corrupción, cuyas consecuencias
nefastas recaen principalmente sobre los más pobres y desvalidos. Son además los pobres
los primeros en sufrir los retrasos, la ineficiencia, la ausencia de una defensa adecuada
y las carencias estructurales, cuando la administración de la justicia es corrupta.
Comercio y consumo de drogas
24. El comercio y el consumo de drogas son una seria amenaza para las estructuras sociales
de las naciones en América. Esto « contribuye a los crímenes y a la violencia, a la
destrucción de la vida familiar, a la destrucción física y emocional de muchos
individuos y comunidades, sobre todo entre los jóvenes. Corroe la dimensión ética del
trabajo y contribuye a aumentar el número de personas en las cárceles, en una palabra, a
la degradación de la persona en cuanto creada a imagen de Dios ».64 Este nefasto
comercio lleva también « a destruir gobiernos, corroyendo la seguridad económica y la
estabilidad de las naciones ».65 Estamos ante uno de los desafíos más apremiantes a los
que deben enfrentarse muchas naciones del mundo. En efecto, es un desafío que hipoteca
gran parte de los logros obtenidos en los últimos tiempos para el progreso de la
humanidad. Para algunas naciones de América, la producción, el tráfico y el consumo de
drogas son factores que comprometen su prestigio internacional, porque limitan su
credibilidad y dificultan la deseada colaboración con otros países, tan necesaria en
nuestros días para el desarrollo armónico de cada pueblo.
Preocupación por la ecología
25. « Y vio Dios que estaba bien » (Gn 1, 25). Estas palabras que leemos en el primer
capítulo del Libro del Génesis, muestran el sentido de la obra realizada por Él. El
Creador confía al hombre, coronación de toda la obra de la creación, el cuidado de la
tierra (cf. Gn 2, 15). De aquí surgen obligaciones muy concretas para cada persona
relativas a la ecología. Su cumplimiento supone la apertura a una perspectiva espiritual
y ética, que supere las actitudes y « los estilos de vida conducidos por el egoísmo que
llevan al agotamiento de los recursos naturales ».66
Incluso en este sector, hoy tan actual, es muy importante la intervención de los
creyentes. Es necesaria la colaboración de todos los hombres de buena voluntad con las
instancias legislativas y de gobierno para conseguir una protección eficaz del medio
ambiente, considerado como don de Dios. ¡Cuántos abusos y daños ecológicos se dan
también en muchas regiones americanas! Baste pensar en la emisión incontrolada de gases
nocivos o en el dramático fenómeno de los incendios forestales, provocados a veces
intencionadamente por personas movidas por intereses egoístas. Estas devastaciones pueden
conducir a una verdadera desertización de no pocas zonas de América, con las inevitables
secuelas de hambre y miseria. El problema se plantea, con especial intensidad, en la selva
amazónica, inmenso territorio que abarca varias naciones: del Brasil a la Guayana, a
Surinam, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.67 Es uno de los espacios naturales
más apreciados en el mundo por su diversidad biológica, siendo vital para el equilibrio
ambiental de todo el planeta.
CAPITULO III
CAMINO DE CONVERSION
« Arrepentíos, pues, y convertíos » (Hch 3, 19)
Urgencia del llamado a la conversión
26. « El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la
Buena Nueva » (Mc 1, 15). Estas palabras de Jesús, con las que comenzó su ministerio en
Galilea, deben seguir resonando en los oídos de los Obispos, presbíteros, diáconos,
personas consagradas y fieles laicos de toda América. Tanto la reciente celebración del
V Centenario del comienzo de la evangelización de América, como la conmemoración de los
2000 años del Nacimiento de Jesús, el gran Jubileo que nos disponemos a celebrar, son
una llamada a profundizar en la propia vocación cristiana. La grandeza del acontecimiento
de la Encarnación y la gratitud por el don del primer anuncio del Evangelio en América
invitan a responder con prontitud a Cristo con una conversión personal más decidida y,
al mismo tiempo, estimulan a una fidelidad evangélica cada vez más generosa. La
exhortación de Cristo a convertirse resuena también en la del Apóstol: « Es ya hora de
levantaros del sueño, que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos
la fe » (Rm 13, 11). El encuentro con Jesús vivo, mueve a la conversión.
Para hablar de conversión, el Nuevo Testamento utiliza la palabra metanoia, que quiere
decir cambio de mentalidad. No se trata sólo de un modo distinto de pensar a nivel
intelectual, sino de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios
evangélicos. A este respecto, san Pablo habla de « la fe que actúa por la caridad »
(Ga 5, 6). Por ello, la auténtica conversión debe prepararse y cultivarse con la lectura
orante de la Sagrada Escritura y la recepción de los sacramentos de la Reconciliación y
la Eucaristía. La conversión conduce a la comunión fraterna, porque ayuda a comprender
que Cristo es la cabeza de la Iglesia, su Cuerpo místico; mueve a la solidaridad, porque
nos hace conscientes de que lo que hacemos a los demás, especialmente a los más
necesitados, se lo hacemos a Cristo. La conversión favorece, por tanto, una vida nueva,
en la que no haya separación entre la fe y las obras en la respuesta cotidiana a la
universal llamada a la santidad. Superar la división entre fe y vida es indispensable
para que se pueda hablar seriamente de conversión. En efecto, cuando existe esta
división, el cristianismo es sólo nominal. Para ser verdadero discípulo del Señor, el
creyente ha de ser testigo de la propia fe, pues « el testigo no da sólo testimonio con
las palabras, sino con su vida ».68 Hemos de tener presentes las palabras de Jesús: «
No todo el que me diga: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los Cielos,
sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial » (Mt 7, 21). La apertura a la
voluntad del Padre supone una disponibilidad total, que no excluye ni siquiera la entrega
de la propia vida: « El máximo testimonio es el martirio ».69
Dimensión social de la conversión
27. La conversión no es completa si falta la conciencia de las exigencias de la vida
cristiana y no se pone esfuerzo en llevarlas a cabo. A este respecto, los Padres sinodales
han señalado que, por desgracia, « existen grandes carencias de orden personal y
comunitario con respecto a una conversión más profunda y con respecto a las relaciones
entre los ambientes, las instituciones y los grupos en la Iglesia ».70 « Quien no ama a
su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve » (1 Jn 4, 20).
La caridad fraterna implica una preocupación por todas las necesidades del prójimo. «
Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su
corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? » (1 Jn 3, 17). Por ello,
convertirse al Evangelio para el Pueblo cristiano que vive en América, significa revisar
« todos los ambientes y dimensiones de su vida, especialmente todo lo que pertenece al
orden social y a la obtención del bien común ».71 De modo particular convendrá «
atender a la creciente conciencia social de la dignidad de cada persona y, por ello, hay
que fomentar en la comunidad la solicitud por la obligación de participar en la acción
política según el Evangelio ».72 No obstante, será necesario tener presente que la
actividad en el ámbito político forma parte de la vocación y acción de los fieles
laicos.73
A este propósito, sin embargo, es de suma importancia, sobre todo en una sociedad
pluralista, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la
Iglesia, y distinguir claramente entre las acciones que los fieles, aislada o
asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos, de acuerdo con su
conciencia cristiana, y las acciones que realizan en nombre de la Iglesia, en comunión
con sus Pastores. « La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se
confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político
alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana
».74
Conversión permanente
28. La conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino que
el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño
que abarca toda la vida. Por otro lado, mientras estamos en este mundo, nuestro propósito
de conversión se ve constantemente amenazado por las tentaciones. Desde el momento en que
« nadie puede servir a dos señores » (Mt 6, 24), el cambio de mentalidad (metanoia)
consiste en el esfuerzo de asimilar los valores evangélicos que contrasta con las
tendencias dominantes en el mundo. Es necesario, pues, renovar constantemente « el
encuentro con Jesucristo vivo », camino que, como han señalado los Padres sinodales, «
nos conduce a la conversión permanente ».75
El llamado universal a la conversión adquiere matices particulares para la Iglesia en
América, comprometida también en la renovación de la propia fe. Los Padres sinodales
han formulado así esta tarea concreta y exigente: « Esta conversión exige especialmente
de nosotros Obispos una auténtica identificación con el estilo personal de Jesucristo,
que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la cercanía, a la carencia de ventajas,
para que, como Él, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la
fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del Evangelio, permaneciendo
primariamente abiertos a aquellos que están sumamente lejanos y excluidos ».76 Para ser
Pastores según el corazón de Dios (cf. Jr 3, 15), es indispensable asumir un modo de
vivir que nos asemeje a Aquél que dijo de sí mismo: « Yo soy el buen pastor » (Jn 10,
11), y que san Pablo evoca al escribir: « Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo » (1
Co 11, 1).
Guiados por el Espíritu Santo hacia nuevo estilo de vida
29. La propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo para los Pastores, sino más bien
para todos los cristianos que viven en América. A todos se les pide que profundicen y
asuman la auténtica espiritualidad cristiana. « En efecto, espiritualidad es un estilo o
forma de vivir según las exigencias cristianas, la cual es "la vida en Cristo"
y "en el Espíritu", que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en
esperanza, es conducida a la vida dentro de la comunidad eclesial ».77 En este sentido,
por espiritualidad, que es la meta a la que conduce la conversión, se entiende no « una
parte de la vida, sino la vida toda guiada por el Espíritu Santo ».78 Entre los
elementos de espiritualidad que todo cristiano tiene que hacer suyos sobresale la
oración. Ésta lo « conducirá poco a poco a adquirir una mirada contemplativa de la
realidad, que le permitirá reconocer a Dios siempre y en todas las cosas; contemplarlo en
todas las personas; buscar su voluntad en los acontecimientos ».79
La oración tanto personal como litúrgica es un deber de todo cristiano. « Jesucristo,
evangelio del Padre, nos advierte que sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5). Él
mismo en los momentos decisivos de su vida, antes de actuar, se retiraba a un lugar
solitario para entregarse a la oración y la contemplación, y pidió a los Apóstoles que
hicieran lo mismo ».80 A sus discípulos, sin excepción, el Señor recuerda: « Entra en
tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo
secreto » (Mt 6, 6). Esta vida intensa de oración debe adaptarse a la capacidad y
condición de cada cristiano, de modo que en las diversas situaciones de su vida pueda
volver siempre « a la fuente de su encuentro con Jesucristo para beber el único
Espíritu (1 Co 12, 13) ».81 En este sentido, la dimensión contemplativa no es un
privilegio de unos cuantos en la Iglesia; al contrario, en las parroquias, en las
comunidades y en los movimientos se ha de promover una espiritualidad abierta y orientada
a la contemplación de las verdades fundamentales de la fe: los misterios de la Trinidad,
de la Encarnación del Verbo, de la Redención de los hombres, y las otras grandes obras
salvíficas de Dios.82
Los hombres y mujeres dedicados exclusivamente a la contemplación tienen una misión
fundamental en la Iglesia que está en América. Ellos son, según expresión del Concilio
Vaticano II, « honor de la Iglesia y hontanar de gracias celestes ».83 Por ello, los
monasterios, diseminados a lo largo y ancho del Continente, han de ser « objeto de
peculiar amor por parte de los Pastores, los cuales estén plenamente persuadidos de que
las almas entregadas a la vida contemplativa obtienen gracia abundante por la oración, la
penitencia y la contemplación, a las que consagran su vida. Los contemplativos deben ser
conscientes de que están integrados en la misión de la Iglesia en el tiempo presente y
que, con el testimonio de la propia vida, cooperan al bien espiritual de los fieles,
ayudando así para que busquen el rostro de Dios en la vida diaria ».84
La espiritualidad cristiana se alimenta ante todo de una vida sacramental asidua, por ser
los Sacramentos raíz y fuente inagotable de la gracia de Dios, necesaria para sostener al
creyente en su peregrinación terrena. Esta vida ha de estar integrada con los valores de
su piedad popular, los cuales a su vez se verán enriquecidos por la práctica sacramental
y libres del peligro de degenerar en mera rutina. Por otra parte, la espiritualidad no se
contrapone a la dimensión social del compromiso cristiano. Al contrario, el creyente, a
través de un camino de oración, se hace más consciente de las exigencias del Evangelio
y de sus obligaciones con los hermanos, alcanzando la fuerza de la gracia indispensable
para perseverar en el bien. Para madurar espiritualmente, el cristiano debe recurrir al
consejo de los ministros sagrados o de otras personas expertas en este campo mediante la
dirección espiritual, práctica tradicionalmente presente en la Iglesia. Los Padres
sinodales han creído necesario recomendar a los sacerdotes este ministerio de tanta
importancia.85
Vocación universal a la santidad
30. « Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo » (Lv 19, 2).
La Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América ha querido recordar con
vigor a todos los cristianos la importancia de la doctrina de la vocación universal a la
santidad en la Iglesia.86 Se trata de uno de los puntos centrales de la Constitución
dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II.87 La santidad es la meta del camino
de conversión, pues ésta « no es fin en sí misma, sino proceso hacia Dios, que es
santo. Ser santos es imitar a Dios y glorificar su nombre en las obras que realizamos en
nuestra vida (cf. Mt 5, 16)».88 En el camino de la santidad Jesucristo es el punto de
referencia y el modelo a imitar: Él es « el Santo de Dios y fue reconocido como tal (cf.
Mc 1, 24). Él mismo nos enseña que el corazón de la santidad es el amor, que conduce
incluso a dar la vida por los otros (cf. Jn 15, 13). Por ello, imitar la santidad de Dios,
tal y como se ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor
en la historia, especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes
(cf. Lc 10, 25ss) ».89
Jesús, el único camino para la santidad
31. « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6). Con estas palabras
Jesús se presenta como el único camino que conduce a la santidad. Pero el conocimiento
concreto de este itinerario se obtiene principalmente mediante la Palabra de Dios que la
Iglesia anuncia con su predicación. Por ello, la Iglesia en América « debe conceder una
gran prioridad a la reflexión orante sobre la Sagrada Escritura, realizada por todos los
fieles ».90 Esta lectura de la Biblia, acompañada de la oración, se conoce en la
tradición de la Iglesia con el nombre de Lectio divina, práctica que se ha de fomentar
entre todos los cristianos. Para los presbíteros, debe constituir un elemento fundamental
en la preparación de sus homilías, especialmente las dominicales.91
Penitencia y reconciliación
32. La conversión (metanoia), a la que cada ser humano está llamado, lleva a aceptar y
hacer propia la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio. Esto supone el abandono de la
forma de pensar y actuar del mundo, que tantas veces condiciona fuertemente la existencia.
Como recuerda la Sagrada Escritura, es necesario que muera el hombre viejo y nazca el
hombre nuevo, es decir, que todo el ser humano se renueve « hasta alcanzar un
conocimiento perfecto según la imagen de su creador» (Col 3, 10). En ese camino de
conversión y búsqueda de la santidad « deben fomentarse los medios ascéticos que
existieron siempre en la práctica de la Iglesia, y que alcanzan la cima en el sacramento
del perdón, recibido y celebrado con las debidas disposiciones ».92 Sólo quien se
reconcilia con Dios es protagonista de una auténtica reconciliación con y entre los
hermanos.
La crisis actual del sacramento de la Penitencia, de la cual no está exenta la Iglesia en
América, y sobre la que he expresado mi preocupación desde los comienzos mismos de mi
pontificado,93 podrá superarse por la acción pastoral continuada y paciente.
A este respecto, los Padres sinodales piden justamente « que los sacerdotes dediquen el
tiempo debido a la celebración del sacramento de la Penitencia, y que inviten insistente
y vigorosamente a los fieles para que lo reciban, sin que los pastores descuiden su propia
confesión frecuente ».94 Los Obispos y los sacerdotes experimentan personalmente el
misterioso encuentro con Cristo que perdona en el sacramento de la Penitencia, y son
testigos privilegiados de su amor misericordioso.
La Iglesia católica, que abarca a hombres y mujeres « de toda nación, razas, pueblos y
lenguas » (Ap 7, 9), está llamada a ser, « en un mundo señalado por las divisiones
ideológicas, étnicas, económicas y culturales », el « signo vivo de la unidad de la
familia humana ».95 América, tanto en la compleja realidad de cada nación y la variedad
de sus grupos étnicos, como en los rasgos que caracterizan todo el Continente, presenta
muchas diversidades que no se han de ignorar y a las que se debe prestar atención.
Gracias a un eficaz trabajo de integración entre todos los miembros del pueblo de Dios en
cada país y entre los miembros de las Iglesias particulares de las diversas naciones, las
diferencias de hoy podrán ser fuente de mutuo enriquecimiento. Como afirman justamente
los Padres sinodales, « es de gran importancia que la Iglesia en toda América sea signo
vivo de una comunión reconciliada y un llamado permanente a la solidaridad, un testimonio
siempre presente en nuestros diversos sistemas políticos, económicos y sociales ».96
Ésta es una aportación significativa que los creyentes pueden ofrecer a la unidad del
Continente americano.
CAPITULO IV
CAMINO PARA LA COMUNION
« Como tú, Padre, en mí y yo en tí, que ellos también sean uno en nosotros » (Jn 17,
21)
La Iglesia, sacramento de comunión
33. « Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme
que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual
llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario
proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico de Dios [Padre]; que Jesucristo,
que se ha hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y que el Espíritu
Santo trabaja constantemente para crear la comunión y restaurarla cuando se hubiera roto.
Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión querida por
Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del Reino ».97 La
Iglesia es signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma
vida de Cristo, la verdadera vid (cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión con Cristo,
Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión viva con todos los creyentes.
Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial a su naturaleza,98 debe manifestarse a
través de signos concretos, « como podrían ser: la oración en común de unos por
otros, el impulso a las relaciones entre las Conferencias Episcopales, los vínculos entre
Obispo y Obispo, las relaciones de hermandad entre las diócesis y las parroquias, y la
mutua comunicación de agentes pastorales para acciones misionales específicas ».99 La
comunión eclesial implica conservar el depósito de la fe en su pureza e integridad, así
como también la unidad de todo el Colegio de los Obispos bajo la autoridad del Sucesor de
Pedro. En este contexto, los Padres sinodales han señalado que « el fortalecimiento del
oficio petrino es fundamental para la preservación de la unidad de la Iglesia », y que
« el ejercicio pleno del primado de Pedro es fundamental para la identidad y la vitalidad
de la Iglesia en América ». 100 Por encargo del Señor, a Pedro y a sus Sucesores
corresponde el oficio de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32) y de pastorear
toda la grey de Cristo (cf. Jn 21, 15-17). Asimismo, el Sucesor del príncipe de los
Apóstoles está llamado a ser la piedra sobre la que la Iglesia está edificada, y a
ejercer el ministerio derivado de ser el depositario de las llaves del Reino (cf. Mt 16,
18-19). El Vicario de Cristo es, pues, « el perpetuo principio de [...] unidad y el
fundamento visible » de la Iglesia. 101
Iniciación cristiana y comunión
34. La comunión de vida en la Iglesia se obtiene por los sacramentos de la
iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. El Bautismo es « la puerta
de la vida espiritual: pues por él nos hacemos miembros de Cristo, y del cuerpo de la
Iglesia ». 102 Los bautizados, al recibir la Confirmación « se vinculan más
estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y
con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos
testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras ». 103 El proceso de la
iniciación cristiana se perfecciona y culmina con la recepción de la Eucaristía, por la
cual el bautizado se inserta plenamente en el Cuerpo de Cristo. 104
« Estos sacramentos son una excelente oportunidad para una buena evangelización y
catequesis, cuando su preparación se hace por agentes dotados de fe y competencia ». 105
Aunque en las diversas diócesis de América se ha avanzado mucho en la preparación para
los sacramentos de la iniciación cristiana, los Padres sinodales se lamentaban de que
todavía « son muchos los que los reciben sin la suficiente formación ». 106 En el caso
del bautismo de niños no debe omitirse un esfuerzo catequizador de cara a los padres y
padrinos.
La Eucaristía, centro de comunión con Dios y con los hermanos
35. La realidad de la Eucaristía no se agota en el hecho de ser el sacramento
con el que se culmina la iniciación cristiana. Mientras el Bautismo y la Confirmación
tienen la función de iniciar e introducir en la vida propia de la Iglesia, no siendo
repetibles, 107 la Eucaristía continúa siendo el centro vivo permanente en torno al cual
se congrega toda la comunidad eclesial. 108 Los diversos aspectos de este sacramento
muestran su inagotable riqueza: es, al mismo tiempo, sacramento-sacrificio,
sacramento-comunión, sacramento-presencia. 109
La Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro con Cristo vivo. Por ello los
Pastores del pueblo de Dios en América, a través de la predicación y la catequesis,
deben esforzarse en « dar a la celebración eucarística dominical una nueva fuerza, como
fuente y culminación de la vida de la Iglesia, prenda de su comunión en el Cuerpo de
Cristo e invitación a la solidaridad como expresión del mandato del Señor: « que os
améis los unos a los otros, como yo os he amado » (Jn 13, 34) 110 Como
sugieren los Padres sinodales, dicho esfuerzo debe tener en cuenta varias dimensiones
fundamentales. Ante todo, es necesario que los fieles sean conscientes de que la
Eucaristía es un inmenso don, a fin de que hagan todo lo posible para participar activa y
dignamente en ella, al menos los domingos y días festivos. Al mismo tiempo, se han de
promover « todos los esfuerzos de los sacerdotes para hacer más fácil esa
participación y posibilitarla en las comunidades lejanas ». 111 Habrá que recordar a
los fieles que « la participación plena en ella, consciente y activa, aunque es
esencialmente distinta del oficio del sacerdote ordenado, es una actuación del sacerdocio
común recibido en el Bautismo ». 112
La necesidad de que los fieles participen en la Eucaristía y las dificultades que surgen
por la escasez de sacerdotes, hacen patente la urgencia de fomentar las vocaciones
sacerdotales. 113 Es también necesario recordar a toda la Iglesia en América « el lazo
existente entre la Eucaristía y la caridad », 114 lazo que la Iglesia primitiva
expresaba uniendo el ágape con la Cena eucarística. 115 La participación en la
Eucaristía debe llevar a una acción caritativa más intensa como fruto de la gracia
recibida en este sacramento.
Los Obispos, promotores de comunión
36. La comunión en la Iglesia, precisamente porque es un signo de vida, debe crecer
continuamente. En consecuencia, los Obispos, recordando que « son, individualmente, el
principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares», 116 deben
sentirse llamados a promover la comunión en su propia diócesis para que sea más eficaz
el esfuerzo por la nueva evangelización de América. El esfuerzo comunitario se ve
facilitado por los organismos previstos por el Concilio Vaticano II como apoyo de la
actividad del Obispo diocesano, los cuales han sido definidos más detalladamente por la
legislación postconciliar. 117 « Corresponde al Obispo, con la cooperación de los
sacerdotes, los diáconos, los consagrados y los laicos [...] realizar un plan de acción
pastoral de conjunto, que sea orgánico y participativo, que llegue a todos los miembros
de la Iglesia y suscite su conciencia misionera ». 118
Cada Ordinario debe promover en los sacerdotes y fieles la conciencia de que la diócesis
es la expresión visible de la comunión eclesial, que se forma en la mesa de la Palabra y
de la Eucaristía en torno al Obispo, unido con el Colegio episcopal y bajo su Cabeza, el
Romano Pontífice. Ella en cuanto Iglesia particular tiene la misión de empezar y
fomentar el encuentro de todos los miembros del pueblo de Dios con Jesucristo, 119 en el
respeto y promoción de la pluralidad y de la diversidad que no obstaculizan la unidad,
sino que le confieren el carácter de comunión. 120 Un conocimiento más profundo de lo
que es la Iglesia particular favorecerá ciertamente el espíritu de participación y
corresponsabilidad en la vida de los organismos diocesanos. 121
Una comunión más intensa entre las Iglesias particulares
37. La Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, la primera en la
historia que ha reunido a Obispos de todo el Continente, ha sido percibida por todos como
una gracia especial del Señor a la Iglesia que peregrina en América. Esta Asamblea ha
reforzado la comunión que debe existir entre las Comunidades eclesiales del Continente,
haciendo ver a todos la necesidad de incrementarla ulteriormente. Las experiencias de
comunión episcopal, frecuentes sobre todo después del Concilio Vaticano II por la
consolidación y difusión de las Conferencias Episcopales, deben entenderse como
encuentros con Cristo vivo, presente en los hermanos que están reunidos en su nombre (cf.
Mt 18, 20).
La experiencia sinodal ha enseñado también las riquezas de una comunión que se extiende
más allá de los límites de cada Conferencia Episcopal. Aunque ya existen formas de
diálogo que superan tales confines, los Padres sinodales sugieren la conveniencia de
fortalecer las reuniones interamericanas, promovidas ya por las Conferencias Episcopales
de las diversas Naciones americanas, como expresión de solidaridad efectiva y lugar de
encuentro y de estudio de los desafíos comunes para la evangelización de América. 122
Será igualmente oportuno definir con exactitud el carácter de tales encuentros, de modo
que lleguen a ser, cada vez más, expresión de comunión entre todos los Pastores. Aparte
de estas reuniones más amplias, puede ser útil, cuando las circunstancias lo requieran,
crear comisiones específicas para profundizar los temas comunes que afectan a toda
América. Campos en los que parece especialmente necesario « que se dé un impulso a la
cooperación, son las comunicaciones pastorales mutuas, la cooperación misional, la
educación, las migraciones, el ecumenismo ». 123
Los Obispos, que tienen el deber de impulsar la comunión entre las Iglesias
particulares, alentarán a los fieles a vivir más intensamente la dimensión comunitaria,
asumiendo « la responsabilidad de desarrollar los lazos de comunión con las Iglesias
locales en otras partes de América por la educación, la mutua comunicación, la unión
fraterna entre parroquias y diócesis, planes de cooperación, y defensas unidas en temas
de mayor importancia, sobre todo los que afectan a los pobres ». 124
Comunión fraterna con las Iglesias católicas orientales
38. El fenómeno reciente de la implantación y desarrollo en América de Iglesias
particulares católicas orientales, dotadas de jerarquía propia, ha merecido una especial
atención por parte de algunos Padres sinodales. Un sincero deseo de abrazar cordial y
eficazmente a estos hermanos en la fe y en la comunión jerárquica bajo el Sucesor de
Pedro, ha llevado a la Asamblea sinodal a proponer sugerencias concretas de ayuda fraterna
por parte de las Iglesias particulares latinas a las Iglesias católicas orientales
existentes en el Continente. Así, por ejemplo, se propone que sacerdotes de rito latino,
sobre todo de origen oriental, puedan ofrecer su colaboración litúrgica a las
comunidades orientales carentes de un número suficiente de presbíteros. Igualmente,
respecto a los edificios religiosos, los fieles orientales podrán usar, en los casos que
sea conveniente, las iglesias de rito latino.
En este espíritu de comunión son dignas de consideración varias propuestas de los
Padres sinodales: que allí donde sea necesario exista, en las Conferencias Episcopales
nacionales y en los organismos internacionales de cooperación episcopal, una comisión
mixta encargada de estudiar los problemas pastorales comunes; que la catequesis y la
formación teológica para los laicos y seminaristas de la Iglesia latina, incluyan el
conocimiento de la tradición viva del Oriente cristiano; que los Obispos de las Iglesias
católicas orientales participen en las Conferencias Episcopales latinas de las
respectivas Naciones. 125 No puede dudarse de que esta cooperación fraterna, a la
vez que prestará una ayuda preciosa a las Iglesias orientales, de reciente implantación
en América, permitirá a las Iglesias particulares latinas enriquecerse con el patrimonio
espiritual de la tradición del Oriente cristiano.
El presbítero, signo de unidad
39. « Como miembro de una Iglesia particular, todo sacerdote debe ser signo de
comunión con el Obispo en cuanto que es su inmediato colaborador, unido a sus hermanos en
el presbiterio. Ejerce su ministerio con caridad pastoral, principalmente en la comunidad
que le ha sido confiada, y la conduce al encuentro con Jesucristo Buen Pastor. Su
vocación exige que sea signo de unidad. Por ello debe evitar cualquier participación en
política partidista que dividiría a la comunidad ». 126 Es deseo de los Padres
sinodales que se « desarrolle una acción pastoral a favor del clero diocesano que haga
más sólida su espiritualidad, su misión y su identidad, la cual tiene su centro en el
seguimiento de Cristo que, sumo y eterno Sacerdote, buscó siempre cumplir la voluntad del
Padre. Él es el ejemplo de la entrega generosa, de la vida austera y del servicio hasta
la muerte. El sacerdote sea consciente de que, por la recepción del sacramento del Orden,
es portador de gracia que distribuye a sus hermanos en los sacramentos. Él mismo se
santifica en el ejercicio del ministerio ». 127
El campo en que se desarrolla la actividad de los sacerdotes es inmenso. Conviene, por
ello, « que coloquen como centro de su actividad lo que es esencial en su ministerio:
dejarse configurar a Cristo Cabeza y Pastor, fuente de la caridad pastoral, ofreciéndose
a sí mismos cada día con Cristo en la Eucaristía, para ayudar a los fieles a que tengan
un encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo ». 128 Como testigos y
discípulos de Cristo misericordioso, los sacerdotes están llamados a ser instrumentos de
perdón y de reconciliación, comprometiéndose generosamente al servicio de los fieles
según el espíritu del Evangelio.
Los presbíteros, en cuanto pastores del pueblo de Dios en América, deben además estar
atentos a los desafíos del mundo actual y ser sensibles a las angustias y esperanzas de
sus gentes, compartiendo sus vicisitudes y, sobre todo, asumiendo una actitud de
solidaridad con los pobres. Procurarán discernir los carismas y las cualidades de los
fieles que puedan contribuir a la animación de la comunidad, escuchándolos y dialogando
con ellos, para impulsar así su participación y corresponsabilidad. Ello favorecerá una
mejor distribución de las tareas que les permita « consagrarse a lo que está más
estrechamente conexo con el encuentro y el anuncio de Jesucristo, de modo que signifiquen
mejor, en el seno de la comunidad, la presencia de Jesús que congrega a su pueblo ». 129
El trabajo de discernimiento de los carismas particulares debe llevar también a valorizar
aquellos sacerdotes que se consideren adecuados para realizar ministerios particulares. A
todos los sacerdotes, además, se les pide que presten su ayuda fraterna en el presbiterio
y que recurran al mismo con confianza en caso de necesidad.
Ante la espléndida realidad de tantos sacerdotes en América que, con la gracia de Dios,
se esfuerzan por hacer frente a un quehacer tan grande, hago mío el deseo de los Padres
sinodales de reconocer y alabar « la inagotable entrega de los sacerdotes, como pastores,
evangelizadores y animadores de la comunión eclesial, expresando gratitud y dando ánimos
a los sacerdotes de toda América que dan su vida al servicio del Evangelio ». 130
Fomentar la pastoral vocacional
40. El papel indispensable del sacerdote en la comunidad ha de hacer conscientes a todos
los hijos de la Iglesia en América de la importancia de la pastoral vocacional. El
Continente americano cuenta con una juventud numerosa, rica en valores humanos y
religiosos. Por ello, se han de cultivar los ambientes en que nacen las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada e invitar a las familias cristianas para que ayuden a
sus hijos cuando se sientan llamados a seguir este camino. 131 En efecto, las
vocaciones « son un don de Dios » y « surgen en las comunidades de fe, ante todo, en la
familia, en la parroquia, en las escuelas católicas y en otras organizaciones de la
Iglesia. Los Obispos y presbíteros tienen la especial responsabilidad de estimular tales
vocaciones mediante la invitación personal, y principalmente por el testimonio de una
vida de fidelidad, alegría, entusiasmo y santidad. La responsabilidad para reunir
vocaciones al sacerdocio pertenece a todo el pueblo de Dios y encuentra su mayor
cumplimiento en la oración continua y humilde por las vocaciones ». 132
Los seminarios, como lugares de acogida y formación de los llamados al sacerdocio, han de
preparar a los futuros ministros de la Iglesia para que « vivan en una sólida
espiritualidad de comunión con Cristo Pastor y de docilidad a la acción del Espíritu,
que los hará especialmente capaces de discernir las expectativas del pueblo de Dios y los
diversos carismas, y de trabajar en común ». 133 Por ello, en los seminarios « se ha de
insistir especialmente en la formación específicamente espiritual, de modo que por la
conversión continua, la actitud de oración, la recepción de los sacramentos de la
Eucaristía y la penitencia, los candidatos se formen al encuentro con el Señor y se
preocupen de fortificarse para la generosa entrega pastoral ». 134 Los formadores han de
preocuparse de acompañar y guiar a los seminaristas hacia una madurez afectiva que los
haga aptos para abrazar el celibato sacerdotal y capaces de vivir en comunión con sus
hermanos en la vocación sacerdotal. Han de promover también en ellos la capacidad de
observación crítica de la realidad circundante que les permita discernir sus valores y
contravalores, pues esto es un requisito indispensable para entablar un diálogo
constructivo con el mundo de hoy.
Una atención particular se debe dar a las vocaciones nacidas entre los indígenas;
conviene proporcionar una formación inculturada en sus ambientes. Estos candidatos al
sacerdocio, mientras reciben la adecuada formación teológica y espiritual para su futuro
ministerio, no deben perder las raíces de su propia cultura. 135
Los Padres sinodales han querido agradecer y bendecir a todos los que consagran su vida a
la formación de los futuros presbíteros en los seminarios. Así mismo, han invitado a
los Obispos a destinar para dicha tarea a sus sacerdotes más aptos, después de haberlos
preparado mediante una formación específica que los capacite para una misión tan
delicada. 136
Renovar la institución parroquial
41. La parroquia es un lugar privilegiado en que los fieles pueden tener una experiencia
concreta de la Iglesia. 137 Hoy en América, como en otras partes del mundo, la parroquia
encuentra a veces dificultades en el cumplimiento de su misión. La parroquia debe
renovarse continuamente, partiendo del principio fundamental de que « la parroquia tiene
que seguir siendo primariamente comunidad eucarística ». 138 Este principio implica que
« las parroquias están llamadas a ser receptivas y solidarias, lugar de la iniciación
cristiana, de la educación y la celebración de la fe, abiertas a la diversidad de
carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable,
integradoras de los movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad
cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y superparroquiales y a
las realidades circunstantes ». 139
Una atención especial merecen, por sus problemáticas específicas, las parroquias en los
grandes núcleos urbanos, donde las dificultades son tan grandes que las estructuras
pastorales normales resultan inadecuadas y las posibilidades de acción apostólica
notablemente reducidas. No obstante, la institución parroquial conserva su importancia y
se ha de mantener. Para lograr este objetivo hay que « continuar la búsqueda de medios
con los que la parroquia y sus estructuras pastorales lleguen a ser más eficaces en los
espacios urbanos ». 140 Una clave de renovación parroquial, especialmente urgente en las
parroquias de las grandes ciudades, puede encontrarse quizás considerando la parroquia
como comunidad de comunidades y de movimientos. 141 Parece por tanto oportuno la
formación de comunidades y grupos eclesiales de tales dimensiones que favorezcan
verdaderas relaciones humanas. Esto permitirá vivir más intensamente la comunión,
procurando cultivarla no sólo « ad intra », sino también con la comunidad parroquial a
la que pertenecen estos grupos y con toda la Iglesia diocesana y universal. En este
contexto humano será también más fácil escuchar la Palabra de Dios, para reflexionar a
su luz sobre los diversos problemas humanos y madurar opciones responsables inspiradas en
el amor universal de Cristo. 142 La institución parroquial así renovada « puede
suscitar una gran esperanza. Puede formar a la gente en comunidades, ofrecer auxilio a la
vida de familia, superar el estado de anonimato, acoger y ayudar a que las personas se
inserten en la vida de sus vecinos y en la sociedad ». 143 De este modo, cada parroquia
hoy, y particularmente las de ámbito urbano, podrá fomentar una evangelización más
personal, y al mismo tiempo acrecentar las relaciones positivas con los otros agentes
sociales, educativos y comunitarios. 144
Además, « este tipo de parroquia renovada supone la figura de un pastor que, en primer
lugar, tenga una profunda experiencia de Cristo vivo, espíritu misional, corazón
paterno, que sea animador de la vida espiritual y evangelizador capaz de promover la
participación. La parroquia renovada requiere la cooperación de los laicos, un animador
de la acción pastoral y la capacidad del pastor para trabajar con otros. Las parroquias
en América deben señalarse por su impulso misional que haga que extiendan su acción a
los alejados ». 145
Los diáconos permanentes
42. Por motivos pastorales y teológicos serios, el Concilio Vaticano II determinó
restablecer el diaconado como grado permanente de la jerarquía en la Iglesia latina,
dejando a las Conferencias Episcopales, con la aprobación del Sumo Pontífice, valorar la
oportunidad de instituir los diáconos permanentes y en qué sitios. 146 Se trata de una
experiencia muy diferente no sólo en las distintas partes de América, sino incluso entre
las diócesis de una misma región. « Algunas diócesis han formado y ordenado no pocos
diáconos, y están plenamente contentas de su incorporación y ministerio ». 147 Aquí
se ve con gozo cómo los diáconos, « confortados con la gracia sacramental, en comunión
con el Obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia,
de la palabra y de la caridad ». 148 Otras diócesis no han emprendido este camino,
mientras en otras partes existen dificultades en la integración de los diáconos
permanentes en la estructura jerárquica.
Quedando a salvo la libertad de las Iglesias particulares para restablecer o no,
consintiéndolo el Sumo Pontífice, el diaconado como grado permanente, está claro que el
acierto de esta restauración implica un diligente proceso de selección, una formación
seria y una atención cuidadosa a los candidatos, así como también un acompañamiento
solícito no sólo de estos ministros sagrados, sino también, en el caso de los diáconos
casados, de su familia, esposa e hijos. 149
La vida consagrada
43. La historia de la evangelización de América es un elocuente testimonio del ingente
esfuerzo misional realizado por tantas personas consagradas, las cuales, desde el
comienzo, anunciaron el Evangelio, defendieron los derechos de los indígenas y, con amor
heroico a Cristo, se entregaron al servicio del pueblo de Dios en el Continente. 150 La
aportación de las personas consagradas al anuncio del Evangelio en América sigue siendo
de suma importancia; se trata de una aportación diversa según los carismas propios de
cada grupo: « los Institutos de vida contemplativa que testifican lo absoluto de Dios,
los Institutos apostólicos y misionales que hacen a Cristo presente en los muy diversos
campos de la vida humana, los Institutos seculares que ayudan a resolver la tensión entre
apertura real a los valores del mundo moderno y profunda entrega de corazón a Dios. Nacen
también nuevos Institutos y nuevas formas de vida consagrada que requieren discreción
evangélica ». 151
Ya que « el futuro de la nueva evangelización [...] es impensable sin una renovada
aportación de las mujeres, especialmente de las mujeres consagradas », 152 urge
favorecer su participación en diversos sectores de la vida eclesial, incluidos los
procesos en que se elaboran las decisiones, especialmente en los asuntos que les
conciernen directamente. 153
« También hoy el testimonio de la vida plenamente consagrada a Dios es una elocuente
proclamación de que Él basta para llenar la vida de cualquier persona ». 154 Esta
consagración al Señor ha de prolongarse en una generosa entrega a la difusión del Reino
de Dios. Por ello, a las puertas del tercer milenio se ha de procurar « que la vida
consagrada sea más estimada y promovida por los Obispos, sacerdotes y comunidades
cristianas. Y que los consagrados, conscientes del gozo y de la responsabilidad de su
vocación, se integren plenamente en la Iglesia particular a la que pertenecen y fomenten
la comunión y la mutua colaboración ». 155
Los fieles laicos y la renovación de la Iglesia
44. « La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la unidad de la Iglesia, como
pueblo de Dios congregado en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, subraya
que son comunes a la dignidad de todos los bautizados la imitación y el seguimiento de
Cristo, la comunión mutua y el mandato misional ». 156 Es necesario, por tanto, que los
fieles laicos sean conscientes de su dignidad de bautizados. Por su parte, los Pastores
han de estimar profundamente « el testimonio y la acción evangelizadora de los laicos
que integrados en el pueblo de Dios con espiritualidad de comunión conducen a sus
hermanos al encuentro con Jesucristo vivo. La renovación de la Iglesia en América no
será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en
ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia ». 157
Los ámbitos en los que se realiza la vocación de los fieles laicos son dos. El primero,
y más propio de su condición laical, es el de las realidades temporales, que están
llamados a ordenar según la voluntad de Dios. 158 En efecto, « con su peculiar modo de
obrar, el Evangelio es llevado dentro de las estructuras del mundo y obrando en todas
partes santamente consagran el mismo mundo a Dios ». 159 Gracias a los fieles laicos, «
la presencia y la misión de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial, en la
diversidad de carismas y ministerios que posee el laicado. La secularidad es la nota
característica y propia del laico y de su espiritualidad que lo lleva a actuar en la vida
familiar, social, laboral, cultural y política, a cuya evangelización es llamado. En un
Continente en el que aparecen la emulación y la propensión a agredir, la inmoderación
en el consumo y la corrupción, los laicos están llamados a encarnar valores
profundamente evangélicos como la misericordia, el perdón, la honradez, la transparencia
de corazón y la paciencia en las condiciones difíciles. Se espera de los laicos una gran
fuerza creativa en gestos y obras que expresen una vida coherente con el Evangelio ». 160
América necesita laicos cristianos que puedan asumir responsabilidades directivas en la
sociedad. Es urgente formar hombres y mujeres capaces de actuar, según su propia
vocación, en la vida pública, orientándola al bien común. En el ejercicio de la
política, vista en su sentido más noble y auténtico como administración del bien
común, ellos pueden encontrar también el camino de la propia santificación. Para ello
es necesario que sean formados tanto en los principios y valores de la Doctrina social de
la Iglesia, como en nociones fundamentales de la teología del laicado. El conocimiento
profundo de los principios éticos y de los valores morales cristianos les permitirá
hacerse promotores en su ambiente, proclamándolos también ante la llamada « neutralidad
del Estado ». 161
Hay un segundo ámbito en el que muchos fieles laicos están llamados a trabajar, y que
puede llamarse « intraeclesial ». Muchos laicos en América sienten el legítimo deseo
de aportar sus talentos y carismas a « la construcción de la comunidad eclesial como
delegados de la Palabra, catequistas, visitadores de enfermos o de encarcelados,
animadores de grupos etc.». 162 Los Padres sinodales han manifestado el deseo de que
la Iglesia reconozca algunas de estas tareas como ministerios laicales, fundados en los
sacramentos del Bautismo y la Confirmación, dejando a salvo el carácter específico de
los ministerios propios del sacramento del Orden. Se trata de un tema vasto y complejo
para cuyo estudio constituí, hace ya algún tiempo, una Comisión especial 163 y sobre el
que los organismos de la Santa Sede han ido señalando paulatinamente algunas pautas
directivas. 164 Se ha de fomentar la provechosa cooperación de fieles laicos bien
preparados, hombres y mujeres, en diversas actividades dentro de la Iglesia, evitando, sin
embargo, una posible confusión con los ministerios ordenados y con las actividades
propias del sacramento del Orden, a fin de distinguir bien el sacerdocio común de los
fieles del sacerdocio ministerial.
A este respecto, los Padres sinodales han sugerido que las tareas confiadas a los laicos
sean bien « distintas de aquellas que son etapas para el ministerio ordenado » 165 y que
los candidatos al sacerdocio reciben antes del presbiterado. Igualmente se ha observado
que estas tareas laicales « no deben conferirse sino a personas, varones y mujeres, que
hayan adquirido la formación exigida, según criterios determinados: una cierta
permanencia, una real disponibilidad con respecto a un determinado grupo de personas, la
obligación de dar cuenta a su propio Pastor ». 166 De todos modos, aunque el apostolado
intraeclesial de los laicos tiene que ser estimulado, hay que procurar que este apostolado
coexista con la actividad propia de los laicos, en la que no pueden ser suplidos por los
sacerdotes: el ámbito de la realidades temporales.
Dignidad de la mujer
45. Merece una especial atención la vocación de la mujer. Ya en otras ocasiones
he querido expresar mi aprecio por la aportación específica de la mujer al progreso de
la humanidad y reconocer sus legítimas aspiraciones a participar plenamente en la vida
eclesial, cultural, social y económica. 167 Sin esta aportación se perderían algunas
riquezas que sólo el « genio de la mujer » 168 puede aportar a la vida de la Iglesia y
de la sociedad misma. No reconocerlo sería una injusticia histórica especialmente en
América, si se tiene en cuenta la contribución de las mujeres al desarrollo material y
cultural del Continente, como también a la transmisión y conservación de la fe. En
efecto, « su papel fue decisivo sobre todo en la vida consagrada, en la educación, en el
cuidado de la salud ». 169
En varias regiones del Continente americano, lamentablemente, la mujer es todavía objeto
de discriminaciones. Por eso se puede decir que el rostro de los pobres en América es
también el rostro de muchas mujeres. En este sentido, los Padres sinodales han hablado de
un « aspecto femenino de la pobreza ». 170 La Iglesia se siente obligada a insistir
sobre la dignidad humana, común a todas las personas. Ella « denuncia la
discriminación, el abuso sexual y la prepotencia masculina como acciones contrarias al
plan de Dios ». 171 En particular, deplora como abominable la esterilización, a veces
programada, de las mujeres, sobre todo de las más pobres y marginadas, que es practicada
a menudo de manera engañosa, sin saberlo las interesadas; esto es mucho más grave cuando
se hacer para conseguir ayudas económicas a nivel internacional.
La Iglesia en el Continente se siente comprometida a intensificar su preocupación por la
mujeres y a defenderlas « de modo que la sociedad en América ayude más a la vida
familiar fundada en el matrimonio, proteja más la maternidad y respete más la dignidad
de todas las mujeres ». 172 Se debe ayudar a las mujeres americanas a tomar parte activa
y responsable en la vida y misión de la Iglesia, 173 como también se ha de reconocer la
necesidad de la sabiduría y cooperación de las mujeres en las tareas directivas de la
sociedad americana.
Los desafíos para la familia cristiana
46. Dios Creador, formando al primer varón y a la primera mujer, y mandando «
sed fecundos y multiplicaos » (Gn 1, 28), estableció definitivamente la familia. De este
santuario nace la vida y es aceptada como don de Dios. La Palabra, leída asiduamente en
la familia, la construye poco a poco como iglesia doméstica y la hace fecunda en
humanismo y virtudes cristianas; allí se constituye la fuente de las vocaciones. La vida
de oración de la familia en torno a alguna imagen de la Virgen hará que permanezca
siempre unida en torno a la Madre, como los discípulos de Jesús (cf. Hch 1, 14) ». 174
Son muchas las insidias que amenazan la solidez de la institución familiar en la mayor
parte de los países de América, siendo, a la vez, desafíos para los cristianos. Se
deben mencionar, entre otros, el aumento de los divorcios, la difusión del aborto, del
infanticidio y de la mentalidad contraceptiva. Ante esta situación hay que subrayar «
que el fundamento de la vida humana es la relación nupcial entre el marido y la esposa,
la cual entre los cristianos es sacramental ». 175
Es urgente, pues, una amplia catequización sobre el ideal cristiano de la comunión
conyugal y de la vida familiar, que incluya una espiritualidad de la paternidad y la
maternidad. Es necesario prestar mayor atención pastoral al papel de los hombres como
maridos y padres, así como a la responsabilidad que comparten con sus esposas respecto al
matrimonio, la familia y la educación de los hijos. No debe omitirse una seria
preparación de los jóvenes antes del matrimonio, en la que se presente con claridad la
doctrina católica, a nivel teológico, espiritual y antropológico sobre este sacramento.
En un Continente caracterizado por un considerable desarrollo demográfico, como es
América, deben incrementarse continuamente las iniciativas pastorales dirigidas a las
familias.
Para que la familia cristiana sea verdaderamente « iglesia doméstica », 176 está
llamada a ser el ámbito en que los padres transmiten la fe, pues ellos « deben ser para
sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo». 177
En la familia tampoco puede faltar la práctica de la oración en la que se encuentren
unidos tanto los cónyuges entre sí, como con sus hijos. A este respecto, se han de
fomentar momentos de vida espiritual en común: la participación en la Eucaristía los
días festivos, la práctica del sacramento de la Reconciliación, la oración cotidiana
en familia y obras concretas de caridad. Así se consolidará la fidelidad en el
matrimonio y la unidad de la familia. En un ambiente familiar con estas características
no será difícil que los hijos sepan descubrir su vocación al servicio de la comunidad y
de la Iglesia y que aprendan, especialmente con el ejemplo de sus padres, que la vida
familiar es un camino para realizar la vocación universal a la santidad. 178
Los jóvenes, esperanza del futuro
47. Los jóvenes son una gran fuerza social y evangelizadora. « Constituyen una parte
numerosísima de la población en muchas naciones de América. En el encuentro de ellos
con Cristo vivo se fundan la esperanza y la expectativas de un futuro de mayor comunión y
solidaridad para la Iglesia y las sociedades de América ». 179 Son evidentes los
esfuerzos que las Iglesias particulares realizan en el Continente para acompañar a los
adolescentes en el proceso catequético antes de la Confirmación y de otras formas de
acompañamiento que les ofrecen para que crezcan en su encuentro con Cristo y en el
conocimiento del Evangelio. El proceso de formación de los jóvenes debe ser constante y
dinámico, adecuado para ayudarles a encontrar su lugar en la Iglesia y en el mundo. Por
tanto, la pastoral juvenil ha de ocupar un puesto privilegiado entre las preocupaciones de
los Pastores y de las comunidades.
En realidad, son muchos los jóvenes americanos que buscan el sentido verdadero de su vida
y que tienen sed de Dios, pero muchas veces faltan las condiciones idóneas para realizar
sus capacidades y lograr sus aspiraciones. Lamentablemente, la falta de trabajo y de
esperanzas de futuro los lleva en algunas ocasiones a la marginación y a la violencia. La
sensación de frustración que experimentan por todo ello, los hace abandonar
frecuentemente la búsqueda de Dios. Ante esta situación tan compleja, « la Iglesia se
compromete a mantener su opción pastoral y misionera por los jóvenes para que puedan hoy
encontrar a Cristo vivo ». 180
La acción pastoral de la Iglesia llega a muchos de estos adolescentes y jóvenes mediante
la animación cristiana de la familia, la catequesis, las instituciones educativas
católicas y la vida comunitaria de la parroquia. Pero hay otros muchos, especialmente
entre los que sufren diversas formas de pobreza, que quedan fuera del campo de la
actividad eclesial. Deben ser los jóvenes cristianos, formados con una conciencia
misionera madura, los apóstoles de sus coetáneos. Es necesaria una acción pastoral que
llegue a los jóvenes en sus propios ambientes, como el colegio, la universidad, el mundo
del trabajo o el ambiente rural, con una atención apropiada a su sensibilidad. En el
ámbito parroquial y diocesano será oportuno desarrollar también una acción pastoral de
la juventud que tenga en cuenta la evolución del mundo de los jóvenes, que busque el
diálogo con ellos, que no deje pasar las ocasiones propicias para encuentros más
amplios, que aliente las iniciativas locales y aproveche también lo que ya se realiza en
el ámbito interdiocesano e internacional.
Y, ¿qué hacer ante los jóvenes que manifiestan comportamientos adolescentes de una
cierta inconstancia y dificultad para asumir compromisos serios para siempre? Ante esta
carencia de madurez es necesario invitar a los jóvenes a ser valientes, ayudándoles a
apreciar el valor del compromiso para toda la vida, como es el caso del sacerdocio, de la
vida consagrada y del matrimonio cristiano. 181
Acompañar al niño en su encuentro con Cristo
48. Los niños son don y signo de la presencia de Dios. « Hay que acompañar al niño en
su encuentro con Cristo, desde su bautismo hasta su primera comunión, ya que forma parte
de la comunidad viviente de fe, esperanza y caridad ». 182 La Iglesia agradece la labor
de los padres, maestros, agentes pastorales, sociales y sanitarios, y de todos aquellos
que sirven a la familia y a los niños con la misma actitud de Jesucristo que dijo: «
Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos
es el Reino de los Cielos » (Mt 19, 14).
Con razón los Padres sinodales lamentan y condenan la condición dolorosa de muchos
niños en toda América, privados de la dignidad y la inocencia e incluso de la vida. «
Esta condición incluye la violencia, la pobreza, la carencia de casa, la falta de un
adecuado cuidado de sanidad y educación, los daños de las drogas y del alcohol, y otros
estados de abandono y de abuso ». 183 A este respecto, en el Sínodo se hizo mención
especial de la problemática del abuso sexual de los niños y de la prostitución
infantil, y los Padres lanzaron un urgente llamado « a todos los que están en posiciones
de autoridad en la sociedad, para que realicen, como cosa prioritaria, todo lo que está
en su poder, para aliviar el dolor de los niños en América». 184
Elementos de comunión con las otras Iglesias y Comunidades eclesiales
49. Entre la Iglesia católica y las otras Iglesias y Comunidades eclesiales existe un
esfuerzo de comunión que tiene su raíz en el Bautismo administrado en cada una de ellas.
185 Este esfuerzo se alimenta mediante la oración, el diálogo y la acción común. Los
Padres sinodales han querido expresar una voluntad especial de « cooperación al diálogo
ya comenzado con la Iglesia ortodoxa, con la que tenemos en común muchos elementos de fe,
de vida sacramental y de piedad ». 186 Las propuestas concretas de la Asamblea sinodal
sobre el conjunto de las Iglesias y Comunidades eclesiales cristianas no católicas son
múltiples. Se propone, en primer lugar, « que los cristianos católicos, Pastores y
fieles, fomenten el encuentro de los cristianos de las diversas confesiones, en la
cooperación, en nombre del Evangelio, para responder al clamor de los pobres, con la
promoción de la justicia, la oración común por la unidad y la participación en la
Palabra de Dios y la experiencia de la fe en Cristo vivo ». 187 Deben también alentarse,
cuando sea oportuno y conveniente, las reuniones de expertos de las diversas Iglesias y
Comunidades eclesiales para facilitar el diálogo ecuménico. El ecumenismo ha de ser
objeto de reflexión y de comunicación de experiencias entre las diversas Conferencias
Episcopales católicas del Continente.
Si bien el Concilio Vaticano II se refiere a todos los bautizados y creyentes en Cristo «
como hermanos en el Señor », 188 es necesario distinguir con claridad las comunidades
cristianas, con las cuales es posible establecer relaciones inspiradas en el espíritu del
ecumenismo, de las sectas, cultos y otros movimientos pseudoreligiosos.
Relación de la Iglesia con las comunidades judías
50. En la sociedad americana existen también comunidades judías con las que la Iglesia
ha llevado a cabo en estos últimos años una colaboración creciente. 189 En la historia
de la salvación es evidente nuestra especial relación con el pueblo judío. De ese
pueblo nació Jesús, quien dio comienzo a su Iglesia dentro de la Nación judía. Gran
parte de la Sagrada Escritura que los cristianos leemos como palabra de Dios, constituye
un patrimonio espiritual común con los judíos. 190 Se ha de evitar, pues, toda actitud
negativa hacia ellos, ya que « para bendecir al mundo es necesario que los judíos y los
cristianos sean previamente bendición los unos para los otros. 191
Religiones no cristianas
51. Respecto a las religiones no cristianas, la Iglesia católica no rechaza nada de lo
que en ellas hay de verdadero y santo. 192 Por ello, con respecto a las otras
religiones, los católicos quieren subrayar los elementos de verdad dondequiera que puedan
encontrarse, pero a la vez testifican fuertemente la novedad de la revelación de Cristo,
custodiada en su integridad por la Iglesia. 193 En coherencia con esta actitud, los
católicos rechazan como extraña al espíritu de Cristo toda discriminación o
persecución contra las personas por motivos de raza, color, condición de vida o
religión. La diferencia de religión nunca debe ser causa de violencia o de guerra. Al
contrario, las personas de creencias diversas deben sentirse movidas, precisamente por su
adhesión a las mismas, a trabajar juntas por la paz y la justicia.
« Los musulmanes, como los cristianos y los judíos, llaman a Abraham, padre suyo. Este
hecho debe asegurar que en toda América estas tres comunidades vivan armónicamente y
trabajen juntas por el bien común. Igualmente, la Iglesia en América debe esforzarse por
aumentar el mutuo respeto y las buenas relaciones con las religiones nativas americanas
». 194 La misma actitud debe tenerse con los grupos hinduistas y budistas o de otras
religiones que las recientes inmigraciones, procedentes de países orientales, han llevado
al suelo americano.
CAPITULO V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
« En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los
otros » (Jn 13, 35)
La solidaridad, fruto de la comunión
52. « En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis » (Mt 25, 40; cf. 25, 45). La conciencia
de la comunión con Jesucristo y con los hermanos, que es, a su vez, fruto de la
conversión, lleva a servir al prójimo en todas sus necesidades, tanto materiales como
espirituales, para que en cada hombre resplandezca el rostro de Cristo. Por eso, « la
solidaridad es fruto de la comunión que se funda en el misterio de Dios uno y trino, y en
el Hijo de Dios encarnado y muerto por todos. Se expresa en el amor del cristiano que
busca el bien de los otros, especialmente de los más necesitados ». 195
De aquí deriva para las Iglesias particulares del Continente americano el deber de la
recíproca solidaridad y de compartir sus dones espirituales y los bienes materiales con
que Dios las ha bendecido, favoreciendo la disponibilidad de las personas para trabajar
donde sea necesario. Partiendo del Evangelio se ha de promover una cultura de la
solidaridad que incentive oportunas iniciativas de ayuda a los pobres y a los marginados,
de modo especial a los refugiados, los cuales se ven forzados a dejar sus pueblos y
tierras para huir de la violencia. La Iglesia en América ha de alentar también a los
organismos internacionales del Continente con el fin de establecer un orden económico en
el que no domine sólo el criterio del lucro, sino también el de la búsqueda del bien
común nacional e internacional, la distribución equitativa de los bienes y la promoción
integral de los pueblos. 196
La doctrina de la Iglesia, expresión de las exigencias de la conversión
53. Mientras el relativismo y el subjetivismo se difunden de modo preocupante en el campo
de la doctrina moral, la Iglesia en América está llamada a anunciar con renovada fuerza
que la conversión consiste en la adhesión a la persona de Jesucristo, con todas las
implicaciones teológicas y morales ilustradas por el Magisterio eclesial. Hay que
reconocer, « el papel que realizan, en esta línea, los teólogos, los catequistas y los
profesores de religión que, exponiendo la doctrina de la Iglesia con fidelidad al
Magisterio, cooperan directamente en la recta formación de la conciencia de los fieles
». 197 Si creemos que Jesús es la Verdad (cf. Jn 14, 6) desearemos ardientemente ser sus
testigos para acercar a nuestros hermanos a la verdad plena que está en el Hijo de Dios
hecho hombre, muerto y resucitado por la salvación del género humano. « De este modo
podremos ser, en este mundo, lámparas vivas de fe, esperanza y caridad ». 198
Doctrina social de la Iglesia
54. Ante los graves problemas de orden social que, con características diversas, existen
en toda América, el católico sabe que puede encontrar en la doctrina social de la
Iglesia la respuesta de la que partir para buscar soluciones concretas. Difundir esta
doctrina constituye, pues, una verdadera prioridad pastoral. Para ello es importante «
que en América los agentes de evangelización (Obispos, sacerdotes, profesores,
animadores pastorales, etc.) asimilen este tesoro que es la doctrina social de la Iglesia,
e, iluminados por ella, se hagan capaces de leer la realidad actual y de buscar vías para
la acción ». 199 A este respecto, hay que fomentar la formación de fieles laicos
capaces de trabajar, en nombre de la fe en Cristo, para la transformación de las
realidades terrenas. Además, será oportuno promover y apoyar el estudio de esta doctrina
en todos los ámbitos de las Iglesias particulares de América y, sobre todo, en el
universitario, para que sea conocida con mayor profundidad y aplicada en la sociedad
americana.
Para alcanzar este objetivo sería muy útil un compendio o síntesis autorizada de la
doctrina social católica, incluso un « catecismo », que muestre la relación existente
entre ella y la nueva evangelización. La parte que el Catecismo de la Iglesia Católica
dedica a esta materia, a propósito del séptimo mandamiento del Decálogo, podría ser el
punto de partida de este « Catecismo de doctrina social católica ». Naturalmente, como
ha sucedido con el Catecismo de la Iglesia Católica, se limitaría a formular los
principios generales, dejando a aplicaciones posteriores el tratar sobre los problemas
relacionados con las diversas situaciones locales. 200
En la doctrina social de la Iglesia ocupa un lugar importante el derecho a un trabajo
digno. Por esto, ante las altas tasas de desempleo que afectan a muchos países americanos
y ante las duras condiciones en que se encuentran no pocos trabajadores en la industria y
en el campo, « es necesario valorar el trabajo como dimensión de realización y de
dignidad de la persona humana. Es una responsabilidad ética de una sociedad organizada
promover y apoyar una cultura del trabajo». 201
Globalización de la solidaridad
55. El complejo fenómeno de la globalización, como he recordado más arriba, es una de
las características del mundo actual, perceptible especialmente en América. Dentro de
esta realidad polifacética, tiene gran importancia el aspecto económico. Con su doctrina
social, la Iglesia ofrece una valiosa contribución a la problemática que presenta la
actual economía globalizada. Su visión moral en esta materia « se apoya en las tres
piedras angulares fundamentales de la dignidad humana, la solidaridad y la subsidiariedad
». 202 La economía globalizada debe ser analizada a la luz de los principios de la
justicia social, respetando la opción preferencial por los pobres, que han de ser
capacitados para protegerse en una economía globalizada, y ante las exigencias del bien
común internacional. En realidad, « la doctrina social de la Iglesia es la visión moral
que intenta asistir a los gobiernos, a las instituciones y las organizaciones privadas
para que configuren un futuro congruente con la dignidad de cada persona. A través de
este prisma se pueden valorar las cuestiones que se refieren a la deuda externa de las
naciones, a la corrupción política interna y a la discriminación dentro [de la propia
nación] y entre las naciones ». 203
La Iglesia en América está llamada no sólo a promover una mayor integración entre las
naciones, contribuyendo de este modo a crear una verdadera cultura globalizada de la
solidaridad, 204 sino también a colaborar con los medios legítimos en la reducción de
los efectos negativos de la globalización, como son el dominio de los más fuertes sobre
los más débiles, especialmente en el campo económico, y la pérdida de los valores de
las culturas locales en favor de una mal entendida homogeneización.
Pecados sociales que claman al cielo
56. A la luz de la doctrina social de la Iglesia se aprecia también, más claramente, la
gravedad de « los pecados sociales que claman al cielo, porque generan violencia, rompen
la paz y la armonía entre las comunidades de una misma nación, entre las naciones y
entre las diversas partes del Continente ». 205 Entre estos pecados se deben recordar, «
el comercio de drogas, el lavado de las ganancias ilícitas, la corrupción en cualquier
ambiente, el terror de la violencia, el armamentismo, la discriminación racial, las
desigualdades entre los grupos sociales, la irrazonable destrucción de la naturaleza ».
206 Estos pecados manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios
y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una
referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda
visión evangélica de la realidad social.
No pocas veces, esto provoca que algunas instancias públicas se despreocupen de la
situación social. Cada vez más, en muchos países americanos impera un sistema conocido
como « neoliberalismo »; sistema que haciendo referencia a una concepción economicista
del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos en
detrimento de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos. Dicho sistema se ha
convertido, a veces, en una justificación ideológica de algunas actitudes y modos de
obrar en el campo social y político, que causan la marginación de los más débiles. De
hecho, los pobres son cada vez más numerosos, víctimas de determinadas políticas y de
estructuras frecuentemente injustas. 207
La mejor respuesta, desde el Evangelio, a esta dramática situación es la
promoción de la solidaridad y de la paz, que hagan efectivamente realidad la justicia.
Para esto se ha de alentar y ayudar a aquellos que son ejemplo de honradez en la
administración del erario público y de la justicia. Igualmente se ha de apoyar el
proceso de democratización que está en marcha en América, 208 ya que en un sistema
democrático son mayores las posibilidades de control que permiten evitar los abusos.
« El Estado de Derecho es la condición necesaria para establecer una verdadera
democracia ». 209 Para que ésta se pueda desarrollar, se precisa la educación cívica
así como la promoción del orden público y de la paz en la convivencia civil. En efecto,
« no hay una democracia verdadera y estable sin justicia social. Para esto es necesario
que la Iglesia preste mayor atención a la formación de la conciencia, prepare dirigentes
sociales para la vida publica en todos los niveles, promueva la educación ética, la
observancia de la ley y de los derechos humanos y emplee un mayor esfuerzo en la
formación ética de la clase política ». 210
El fundamento último de los derechos humanos
57. Conviene recordar que el fundamento sobre el que se basan todos los derechos humanos
es la dignidad de la persona. En efecto, « la mayor obra divina, el hombre, es imagen y
semejanza de Dios. Jesús asumió nuestra naturaleza menos el pecado; promovió y
defendió la dignidad de toda persona humana sin excepción alguna; murió por la libertad
de todos. El Evangelio nos muestra cómo Jesucristo subrayó la centralidad de la persona
humana en el orden natural (cf. Lc 12, 22-29), en el orden social y en el
orden religioso, incluso respecto a la Ley (cf. Mc 2, 27); defendiendo el hombre y
también la mujer (cf. Jn 8, 11) y los niños (cf. Mt 19, 13-15), que en su tiempo y en su
cultura ocupaban un lugar secundario en la sociedad. De la dignidad del hombre en cuanto
hijo de Dios nacen los derechos humanos y las obligaciones». 211 Por esta razón, « todo
atropello a la dignidad del hombre es atropello al mismo Dios, de quien es
imagen». 212 Esta dignidad es común a todos los hombres sin excepción, ya que
todos han sido creados a imagen de Dios (cf. Gn 1, 26). La respuesta de Jesús a la
pregunta « ¿Quién es mi prójimo? » (Lc 10, 29) exige de cada uno una actitud de
respeto por la dignidad del otro y de cuidado solícito hacia él, aunque se trate de un
extranjero o un enemigo (cf. Lc 10, 30-37). En toda América la conciencia
de la necesidad de respetar los derechos humanos ha ido creciendo en estos últimos
tiempos, sin embargo todavía queda mucho por hacer, si se consideran las violaciones de
los derechos de personas y de grupos sociales que aún se dan en el Continente.
Amor preferencial por los pobres y marginados
58. « La Iglesia en América debe encarnar en sus iniciativas pastorales la solidaridad
de la Iglesia universal hacia los pobres y marginados de todo género. Su actitud debe
incluir la asistencia, promoción, liberación y aceptación fraterna. La Iglesia pretende
que no haya en absoluto marginados ». 213 El recuerdo de los capítulos oscuros de la
historia de América relativos a la existencia de la esclavitud y de otras situaciones de
discriminación social, ha de suscitar un sincero deseo de conversión que lleve a la
reconciliación y a la comunión.
La atención a los más necesitados surge de la opción de amar de manera preferencial a
los pobres. Se trata de un amor que no es exclusivo y no puede ser pues interpretado como
signo de particularismo o de sectarismo; 214 amando a los pobres el cristiano imita las
actitudes del Señor, que en su vida terrena se dedicó con sentimientos de compasión a
las necesidades de las personas espiritual y materialmente indigentes.
La actividad de la Iglesia en favor de los pobres en todas las partes del Continente es
importante; no obstante hay que seguir trabajando para que esta línea de acción pastoral
sea cada vez más un camino para el encuentro con Cristo, el cual, siendo rico, por
nosotros se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9). Se debe
intensificar y ampliar cuanto se hace ya en este campo, intentando llegar al mayor número
posible de pobres. La Sagrada Escritura nos recuerda que Dios escucha el clamor de los
pobres (cf. Sal 34 [33],7) y la Iglesia ha de estar atenta al clamor de los más
necesitados. Escuchando su voz, « la Iglesia debe vivir con los pobres y participar de
sus dolores. [...] Debe finalmente testificar por su estilo de vida que sus prioridades,
sus palabras y sus acciones, y ella misma está en comunión y solidaridad con ellos ».
215
La deuda externa
59. La existencia de una deuda externa que asfixia a muchos pueblos del Continente
americano es un problema complejo. Aun sin entrar en sus numerosos aspectos, la Iglesia en
su solicitud pastoral no puede ignorar este problema, ya que afecta a la vida de tantas
personas. Por eso, diversas Conferencias Episcopales de América, conscientes de su
gravedad, han organizado estudios sobre el mismo y publicado documentos para buscar
soluciones eficaces. 216 Yo he expresado también varias veces mi preocupación por esta
situación, que en algunos casos se ha hecho insostenible. En la perspectiva del ya
próximo Gran Jubileo del año 2000 y recordando el sentido social que los Jubileos
tenían en el Antiguo Testamento, escribí: « Así, en el espíritu del Libro del
Levítico (25, 8-12), los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo,
proponiendo el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar entre otras cosas en una
notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional que grava
sobre el destino de muchas naciones ». 217
Reitero mi deseo, hecho propio por los Padres sinodales, de que el Pontificio Consejo «
Justicia y Paz », junto con otros organismos competentes, como es la sección para las
Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado, « busque, en el estudio y el
diálogo con representantes del Primer Mundo y con responsables del Banco Mundial y del
Fondo Monetario Internacional, vías de solución para el problema de la deuda externa y
normas que impidan la repetición de tales situaciones con ocasión de futuros préstamos
». 218 Al nivel más amplio posible, sería oportuno que « expertos en economía y
cuestiones monetarias, de fama internacional, procedieran a un análisis crítico del
orden económico mundial, en sus aspectos positivos y negativos, de modo que se corrija el
orden actual, y propongan un sistema y mecanismos capaces de promover el desarrollo
integral y solidario de las personas y los pueblos ». 219
Lucha contra la corrupción
60. En América el fenómeno de la corrupción está también ampliamente extendido. La
Iglesia puede contribuir eficazmente a erradicar este mal de la sociedad civil con « una
mayor presencia de cristianos laicos cualificados que, por su origen familiar, escolar y
parroquial, promuevan la práctica de valores como la verdad, la honradez, la laboriosidad
y el servicio del bien común ». 220 Para lograr este objetivo y también para iluminar a
todos los hombres de buena voluntad, deseosos de poner fin a los males derivados de la
corrupción, hay que enseñar y difundir lo más posible la parte que corresponde a este
tema en el Catecismo de la Iglesia Católica, promoviendo al mismo tiempo entre los
católicos de cada Nación el conocimiento de los documentos publicados al respecto por
las Conferencias Episcopales de las otras Naciones. 221 Los cristianos así formados
contribuirán significativamente a la solución de este problema, esforzándose en llevar
a la práctica la doctrina social de la Iglesia en todos los aspectos que afecten a sus
vidas y en aquellos otros a los que pueda llegar su influjo.
El problema de las drogas
61. En relación con el grave problema del comercio de drogas, la Iglesia en América
puede colaborar eficazmente con los responsables de las Naciones, los directivos de
empresas privadas, las organizaciones no gubernamentales y las instancias internacionales
para desarrollar proyectos que eliminen este comercio que amenaza la integridad de los
pueblos en América. 222 Esta colaboración debe extenderse a los órganos
legislativos, apoyando las iniciativas que impidan el « blanqueo de dinero », favorezcan
el control de los bienes de quienes están implicados en este tráfico y vigilen que la
producción y comercio de las sustancias químicas para la elaboración de drogas se
realicen según las normas legales. La urgencia y gravedad del problema hacen apremiante
un llamado a los diversos ambientes y grupos de la sociedad civil para luchar unidos
contra el comercio de la droga. 223 Por lo que respecta específicamente a los Obispos, es
necesario según una sugerencia de los Padres sinodales que ellos mismos, como
Pastores del pueblo de Dios, denuncien con valentía y con fuerza el hedonismo, el
materialismo y los estilos de vida que llevan fácilmente a la droga. 224
Hay que tener también presente que se debe ayudar a los agricultores pobres para que no
caigan en la tentación del dinero fácil obtenible con el cultivo de las plantas de las
que se extraen las drogas. A este respecto, las Organizaciones internacionales pueden
prestar una colaboración preciosa a los Gobiernos nacionales favoreciendo, con incentivos
diversos, las producciones agrícolas alternativas. Se ha de alentar también la acción
de quienes se esfuerzan en sacar de la droga a los que la usan, dedicando una atención
pastoral a las víctimas de la tóxicodependencia. Tiene una importancia fundamental
ofrecer el verdadero « sentido de la vida » a las nuevas generaciones, que por carencia
del mismo acaban por caer frecuentemente en la espiral perversa de los estupefacientes.
Este trabajo de recuperación y rehabilitación social puede ser también una verdadera y
propia tarea de evangelización. 225
La carrera de armamentos
62. Un factor que paraliza gravemente el progreso de no pocas naciones de América es la
carrera de armamentos. Desde las Iglesias particulares de América debe alzarse una voz
profética que denuncie tanto el armamentismo como el escandaloso comercio de armas de
guerra, el cual emplea sumas ingentes de dinero que deberían, en cambio, destinarse a
combatir la miseria y a promover el desarrollo. 226 Por otra parte, la acumulación de
armamentos es un factor de inestabilidad y una amenaza para la paz. 227 Por esto, la
Iglesia está vigilante ante el riesgo de conflictos armados, incluso, entre naciones
hermanas. Ella, como signo e instrumento de reconciliación y paz, ha de procurar « por
todos los medios posibles, también por el camino de la mediación y del arbitraje, actuar
en favor de la paz y de la fraternidad entre los pueblos ». 228
Cultura de la muerte y sociedad dominada por los poderosos
63. Hoy en América, como en otras partes del mundo, parece perfilarse un modelo de
sociedad en la que dominan los poderosos, marginando e incluso eliminando a los débiles.
Pienso ahora en los niños no nacidos, víctimas indefensas del aborto; en los ancianos y
enfermos incurables, objeto a veces de la eutanasia; y en tantos otros seres humanos
marginados por el consumismo y el materialismo. No puedo ignorar el recurso no necesario a
la pena de muerte cuando otros « medios incruentos bastan para defender y proteger la
seguridad de las personas contra el agresor [...] En efecto, hoy, teniendo en cuenta las
posibilidades de que dispone el Estado para reprimir eficazmente el crimen dejando
inofensivo a quien lo ha cometido, sin quitarle definitivamente la posibilidad de
arrepentirse, los casos de absoluta necesidad de eliminar al reo "son ya muy raros,
por no decir prácticamente inexistentes" ». 229 Semejante modelo de sociedad se
caracteriza por la cultura de la muerte y, por tanto, en contraste con el mensaje
evangélico. Ante esta desoladora realidad, la Comunidad eclesial trata de comprometerse
cada vez más en defender la cultura de la vida.
Por ello, los Padres sinodales, haciéndose eco de los recientes documentos del Magisterio
de la Iglesia, han subrayado con vigor la incondicionada reverencia y la total entrega a
favor de la vida humana desde el momento de la concepción hasta el momento de la muerte
natural, y expresan la condena de males como el aborto y la eutanasia. Para mantener estas
doctrinas de la ley divina y natural, es esencial promover el conocimiento de la doctrina
social de la Iglesia, y comprometerse para que los valores de la vida y de la familia sean
reconocidos y defendidos en el ámbito social y en la legislación del Estado. 230 Además
de la defensa de la vida, se ha de intensificar, a través de múltiples instituciones
pastorales, una activa promoción de las adopciones y una constante asistencia a las
mujeres con problemas por su embarazo, tanto antes como después del nacimiento del hijo.
Se ha de dedicar además una especial atención pastoral a las mujeres que han padecido o
procurado activamente el aborto. 231
Doy gracias a Dios y manifiesto mi vivo aprecio a los hermanos y hermanas en la fe que en
América, unidos a otros cristianos y a innumerables personas de buena voluntad, están
comprometidos a defender con los medios legales la vida y a proteger al no nacido, al
enfermo incurable y a los discapacitados. Su acción es aún más laudable si se
consideran la indiferencia de muchos, las insidias eugenésicas y los atentados contra la
vida y la dignidad humana, que diariamente se cometen por todas partes. 232
Esta misma solicitud se ha de tener con los ancianos, a veces descuidados y abandonados.
Ellos deben ser respetados como personas. Es importante poner en práctica para ellos
iniciativas de acogida y asistencia que promuevan sus derechos y aseguren, en la medida de
lo posible, su bienestar físico y espiritual. Los ancianos deben ser protegidos de las
situaciones y presiones que podrían empujarlos al suicidio; en particular han de ser
sostenidos contra la tentación del suicidio asistido y de la eutanasia.
Junto con los Pastores del pueblo de Dios en América, dirijo un llamado a « los
católicos que trabajan en el campo médico-sanitario y a quienes ejercen cargos
públicos, así como a los que se dedican a la enseñanza, para que hagan todo lo posible
por defender las vidas que corren más peligro, actuando con una conciencia rectamente
formada según la doctrina católica. Los Obispos y los presbíteros tienen, en este
sentido, la especial responsabilidad de dar testimonio incansable en favor del Evangelio
de la vida y de exhortar a los fieles para que actúen en consecuencia ». 233 Al mismo
tiempo, es preciso que la Iglesia en América ilumine con oportunas intervenciones la toma
de decisiones de los cuerpos legislativos, animando a los ciudadanos, tanto a los
católicos como a los demás hombres de buena voluntad, a crear organizaciones para
promover buenos proyectos de ley y así se impidan aquellos otros que amenazan a la
familia y la vida, que son dos realidades inseparables. En nuestros días hay que tener
especialmente presente todo lo que se refiere a la investigación embrionaria, para que de
ningún modo se vulnere la dignidad humana.
Los pueblos indígenas y los americanos de origen africano
64. Si la Iglesia en América, fiel al Evangelio de Cristo, desea recorre el camino de la
solidaridad, debe dedicar una especial atención a aquellas etnias que todavía hoy son
objeto de discriminaciones injustas. En efecto, hay que erradicar todo intento de
marginación contra las poblaciones indígenas. Ello implica, en primer lugar, que se
deben respetar sus tierras y los pactos contraídos con ellos; igualmente, hay que atender
a sus legítimas necesidades sociales, sanitarias y culturales. Habrá que recordar la
necesidad de reconciliación entre los pueblos indígenas y las sociedades en las que
viven.
Quiero recordar ahora que los americanos de origen africano siguen sufriendo también, en
algunas partes, prejuicios étnicos, que son un obstáculo importante para su encuentro
con Cristo. Ya que todas las personas, de cualquier raza y condición, han sido creadas
por Dios a su imagen, conviene promover programas concretos, en los que no debe faltar la
oración en común, los cuales favorezcan la comprensión y reconciliación entre pueblos
diversos, tendiendo puentes de amor cristiano, de paz y de justicia entre todos los
hombres. 234
Para lograr estos objetivos es indispensable formar agentes pastorales competentes,
capaces de usar métodos ya « inculturados » legítimamente en la catequesis y en la
liturgia. Así también, se conseguirá mejor un número adecuado de pastores que
desarrollen sus actividades entre los indígenas, si se promueven las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada entre dichos pueblos. 235
La problemática de los inmigrados
65. El Continente americano ha conocido en su historia muchos movimientos de inmigración,
que llevaron multitud de hombres y mujeres a las diversas regiones con la esperanza de un
futuro mejor. El fenómeno continúa también hoy y afecta concretamente a numerosas
personas y familias procedentes de Naciones latinoamericanas del Continente, que se han
instalado en las regiones del Norte, constituyendo en algunos casos una parte considerable
de la población. A menudo llevan consigo un patrimonio cultural y religioso, rico de
significativos elementos cristianos. La Iglesia es consciente de los problemas provocados
por esta situación y se esfuerza en desarrollar una verdadera atención pastoral entre
dichos inmigrados, para favorecer su asentamiento en el territorio y para suscitar, al
mismo tiempo, una actitud de acogida por parte de las poblaciones locales, convencida de
que la mutua apertura será un enriquecimiento para todos.
Las comunidades eclesiales procurarán ver en este fenómeno un llamado específico a
vivir el valor evangélico de la fraternidad y a la vez una invitación a dar un renovado
impulso a la propia religiosidad para una acción evangelizadora más incisiva. En este
sentido, los Padres sinodales consideran que « la Iglesia en América debe ser abogada
vigilante que proteja, contra todas las restricciones injustas, el derecho natural de cada
persona a moverse libremente dentro de su propia nación y de una nación a otra. Hay que
estar atentos a los derechos de los emigrantes y de sus familias, y al respeto de su
dignidad humana, también en los casos de inmigraciones no legales ». 236
Con respecto a los inmigrantes, es necesaria una actitud hospitalaria y acogedora, que los
aliente a integrarse en la vida eclesial, salvaguardando siempre su libertad y su peculiar
identidad cultural. A este fin es muy importante la colaboración entre las diócesis de
las que proceden y aquellas en las que son acogidos, también mediante las específicas
estructuras pastorales previstas en la legislación y en la praxis de la Iglesia. 237 Se
puede asegurar así la atención pastoral más adecuada posible e integral. La Iglesia en
América debe estar impulsada por la constante solicitud de que no falte una eficaz
evangelización a los que han llegado recientemente y no conocen todavía a Cristo. 238
CAPITULO VI
LA MISION DE LA IGLESIA HOY EN AMERICA: LA NUEVA EVANGELIZACION
« Como el Padre me envió, también yo os envío » (Jn 20, 21)
Enviados por Cristo
66. Cristo resucitado, antes de su ascensión al cielo, envió a los Apóstoles a anunciar
el Evangelio al mundo entero (cf. Mc 16, 15), confiriéndoles los poderes
necesarios para realizar esta misión. Es significativo que, antes de darles el último
mandato misionero, Jesús se refiriera al poder universal recibido del Padre (cf. Mt 28,
18). En efecto, Cristo transmitió a los Apóstoles la misión recibida del Padre (cf. Jn
20, 21), haciéndolos así partícipes de sus poderes. Pero también « los fieles laicos,
precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser
anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los
sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo». 239 En
efecto, ellos han sido « hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal,
profética y real de Cristo ». 240 Por consiguiente, « los fieles laicos por su
participación en el oficio profético de Cristo están plenamente implicados en
esta tarea de la Iglesia », 241 y por ello deben sentirse llamados y enviados a proclamar
la Buena Nueva del Reino. Las palabras de Jesús: « Id también vosotros a mi viña »
(Mt 20, 4), 242 deben considerarse dirigidas no sólo a los Apóstoles, sino a todos los
que desean ser verdaderos discípulos del Señor.
La tarea fundamental a la que Jesús envía a sus discípulos es el anuncio de la Buena
Nueva, es decir, la evangelización (cf. Mc 16, 15-18). De ahí que, « evangelizar
constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más
profunda ». 243 Como he manifestado en otras ocasiones, la singularidad y novedad de la
situación en la que el mundo y la Iglesia se encuentran, a las puertas del Tercer
milenio, y las exigencias que de ello se derivan, hacen que la misión evangelizadora
requiera hoy un programa también nuevo que puede definirse en su conjunto como « nueva
evangelización». 244 Como Pastor supremo de la Iglesia deseo fervientemente invitar
a todos los miembros del pueblo de Dios, y particularmente a los que viven en el
Continente americano donde por vez primera hice un llamado a un compromiso nuevo «
en su ardor, en sus métodos, en su expresión » 245 a asumir este proyecto y a
colaborar en él. Al aceptar esta misión, todos deben recordar que el núcleo vital de la
nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e inequívoco de la persona de
Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas
y del Reino que Él nos ha conquistado a través de su misterio pascual. 246
Jesucristo, « buena nueva » y primer evangelizador
67. Jesucristo es la « buena nueva » de la salvación comunicada a los hombres de ayer,
de hoy y de siempre; pero al mismo tiempo es también el primer y supremo evangelizador.
247 La Iglesia debe centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora en
Jesucristo crucificado y resucitado. « Todo lo que se proyecte en el campo eclesial ha de
partir de Cristo y de su Evangelio ». 248 Por lo cual, « la Iglesia en América debe
hablar cada vez más de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre. Este
anuncio es el que realmente sacude a los hombres, despierta y transforma los ánimos, es
decir, convierte. Cristo ha de ser anunciado con gozo y con fuerza, pero principalmente
con el testimonio de la propia vida». 249
Cada cristiano podrá llevar a cabo eficazmente su misión en la medida en que
asuma la vida del Hijo de Dios hecho hombre como el modelo perfecto de su acción
evangelizadora. La sencillez de su estilo y sus opciones han de ser normativas para todos
en la tarea de la evangelización. En esta perspectiva, los pobres han de ser considerados
ciertamente entre los primeros destinatarios de la evangelización, a semejanza de Jesús,
que decía de sí mismo: « El Espíritu del Señor [...] me ha ungido. Me ha enviado a
anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18). 250
Como ya he indicado antes, el amor por los pobres ha de ser preferencial, pero no
excluyente. El haber descuidado como señalaron los Padres sinodales la
atención pastoral de los ambientes dirigentes de la sociedad, con el consiguiente
alejamiento de la Iglesia de no pocos de ellos, 251 se debe, en parte, a un planteamiento
del cuidado pastoral de los pobres con un cierto exclusivismo. Los daños derivados de la
difusión del secularismo en dichos ambientes, tanto políticos, como económicos,
sindicales, militares, sociales o culturales, muestran la urgencia de una evangelización
de los mismos, la cual debe ser alentada y guiada por los Pastores, llamados por Dios para
atender a todos. Es necesario evangelizar a los dirigentes, hombres y mujeres, con
renovado ardor y nuevos métodos, insistiendo principalmente en la formación de sus
conciencias mediante la doctrina social de la Iglesia. Esta formación será el mejor
antídoto frente a tantos casos de incoherencia y, a veces, de corrupción que afectan a
las estructuras sociopolíticas. Por el contrario, si se descuida esta evangelización de
los dirigentes, no debe sorprender que muchos de ellos sigan criterios ajenos al Evangelio
y, a veces, abiertamente contrarios a él. A pesar de todo, y en claro contraste con
quienes carecen de una mentalidad cristiana, hay que reconocer « los intentos de no pocos
[...] dirigentes por construir una sociedad justa y solidaria ». 252
El encuentro con Cristo lleva a evangelizar
68. El encuentro con el Señor produce una profunda transformación de quienes no
se cierran a Él. El primer impulso que surge de esta transformación es comunicar a los
demás la riqueza adquirida en la experiencia de este encuentro. No se trata sólo de
enseñar lo que hemos conocido, sino también, como la mujer samaritana, de hacer que los
demás encuentren personalmente a Jesús: « Venid a ver » (Jn 4, 29). El resultado será
el mismo que se verificó en el corazón de los samaritanos, que decían a la mujer: « Ya
no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es
verdaderamente el Salvador del mundo » (Jn 4, 42). La Iglesia, que vive de la presencia
permanente y misteriosa de su Señor resucitado, tiene como centro de su misión « llevar
a todos los hombres al encuentro con Jesucristo ». 253
Ella está llamada a anunciar que Cristo vive realmente, es decir, que el Hijo de Dios,
que se hizo hombre, murió y resucitó, es el único Salvador de todos los hombres y de
todo el hombre, y que como Señor de la historia continúa operante en la Iglesia y en el
mundo por medio de su Espíritu hasta la consumación de los siglos. La presencia del
Resucitado en la Iglesia hace posible nuestro encuentro con Él, gracias a la acción
invisible de su Espíritu vivificante. Este encuentro se realiza en la fe recibida y
vivida en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Este encuentro, pues, tiene esencialmente
una dimensión eclesial y lleva a un compromiso de vida. En efecto, « encontrar a Cristo
vivo es aceptar su amor primero, optar por Él, adherir libremente a su persona y
proyecto, que es el anuncio y la realización del Reino de Dios ». 254
El llamado suscita la búsqueda de Jesús: « Rabbí que quiere decir,
"Maestro" ¿dónde vives? Les respondió: "Venid y lo veréis".
Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día » (Jn 1, 38-39). «
Ese quedarse no se reduce al día de la vocación, sino que se extiende a toda la vida.
Seguirle es vivir como Él vivió, aceptar su mensaje, asumir sus criterios, abrazar su
suerte, participar su propósito que es el plan del Padre: invitar a todos a la comunión
trinitaria y a la comunión con los hermanos en una sociedad justa y solidaria ». 255 El
ardiente deseo de invitar a los demás a encontrar a Aquél a quien nosotros hemos
encontrado, está en la raíz de la misión evangelizadora que incumbe a toda la Iglesia,
pero que se hace especialmente urgente hoy en América, después de haber celebrado los
500 años de la primera evangelización y mientras nos disponemos a conmemorar agradecidos
los 2000 años de la venida del Hijo unigénito de Dios al mundo.
Importancia de la catequesis
69. La nueva evangelización, en la que todo el Continente está comprometido, indica que
la fe no puede darse por supuesta, sino que debe ser presentada explícitamente en toda su
amplitud y riqueza. Este es el objetivo principal de la catequesis, la cual, por su misma
naturaleza, es una dimensión esencial de la nueva evangelización. « La catequesis es un
proceso de formación en la fe, la esperanza y la caridad que informa la mente y toca el
corazón, llevando a la persona a abrazar a Cristo de modo pleno y completo. Introduce
más plenamente al creyente en la experiencia de la vida cristiana que incluye la
celebración litúrgica del misterio de la redención y el servicio cristiano a los otros
». 256
Conociendo bien la necesidad de una catequización completa, hice mía la propuesta de los
Padres de la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985, de elaborar « un
catecismo o compendio de toda la doctrina católica, tanto sobre fe como sobre moral »,
el cual pudiera ser « punto de referencia para los catecismos y compendios que se
redacten en las diversas regiones ». 257 Esta propuesta se ha visto realizada con la
publicación de la edición típica del Catechismus Catholicae Ecclesiae. 258 Además del
texto oficial del Catecismo, y para un mejor aprovechamiento de sus contenidos, he querido
que se elaborara y publicara también un Directorio general para la Catequesis. 259
Recomiendo vivamente el uso de estos dos instrumentos de valor universal a cuantos en
América se dedican a la catequesis. Es deseable que ambos documentos se utilicen « en la
preparación y revisión de todos los programas parroquiales y diocesanos para la
catequesis, teniendo ante los ojos que la situación religiosa de los jóvenes y de los
adultos requiere una catequesis más kerigmática y más orgánica en su presentación de
los contenidos de la fe ». 260
Es necesario reconocer y alentar la valiosa misión que desarrollan tantos catequistas en
todo el Continente americano, como verdaderos mensajeros del Reino: « Su fe y su
testimonio de vida son partes integrantes de la catequesis ». 261 Deseo alentar cada vez
más a los fieles para que asuman con valentía y amor al Señor este servicio a la
Iglesia, dedicando generosamente su tiempo y sus talentos. Por su parte, los Obispos
procuren ofrecer a los catequistas una adecuada formación para que puedan desarrollar
esta tarea tan indispensable en la vida de la Iglesia.
En la catequesis será conveniente tener presente, sobre todo en un Continente como
América, donde la cuestión social constituye un aspecto relevante, que « el crecimiento
en la comprensión de la fe y su manifestación práctica en la vida social están en
íntima correlación. Conviene que las fuerzas que se gastan en nutrir el encuentro con
Cristo, redunden en promover el bien común en una sociedad justa ». 262
Evangelización de la cultura
70. Mi predecesor Pablo VI, con sabia inspiración, consideraba que « la ruptura entre
Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo ». 263 Por ello, los
Padres sinodales han considerado justamente que « la nueva evangelización pide un
esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura ». 264 El Hijo de Dios, al
asumir la naturaleza humana, se encarnó en un determinado pueblo, aunque su muerte
redentora trajo la salvación a todos los hombres, de cualquier cultura, raza y
condición. El don de su Espíritu y su amor van dirigidos a todos y cada uno de los
pueblos y culturas para unirlos entre sí a semejanza de la perfecta unidad que hay en
Dios uno y trino. Para que esto sea posible es necesario inculturar la predicación, de
modo que el Evangelio sea anunciado en el lenguaje y la cultura de aquellos que lo oyen.
265 Sin embargo, al mismo tiempo no debe olvidarse que sólo el misterio pascual de
Cristo, suprema manifestación del Dios infinito en la finitud de la historia, puede ser
el punto de referencia válido para toda la humanidad peregrina en busca de unidad y paz
verdaderas.
El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe fue ya desde el inicio en el Continente un
símbolo de la inculturación de la evangelización, de la cual ha sido la estrella y
guía. Con su intercesión poderosa la evangelización podrá penetrar el corazón de los
hombres y mujeres de América, e impregnar sus culturas transformándolas desde dentro.
266
Evangelizar los centros educativos
71. El mundo de la educación es un campo privilegiado para promover la inculturación del
Evangelio. Sin embargo, los centros educativos católicos y aquéllos que, aun no siendo
confesionales, tienen una clara inspiración católica, sólo podrán desarrollar una
acción de verdadera evangelización si en todos sus niveles, incluido el universitario,
se mantiene con nitidez su orientación católica. Los contenidos del proyecto educativo
deben hacer referencia constante a Jesucristo y a su mensaje, tal como lo presenta la
Iglesia en su enseñanza dogmática y moral. Sólo así se podrán formar dirigentes
auténticamente cristianos en los diversos campos de la actividad humana y de la sociedad,
especialmente en la política, la economía, la ciencia, el arte y la reflexión
filosófica. 267 En este sentido, « es esencial que la Universidad Católica sea, a la
vez, verdadera y realmente ambas cosas: Universidad y Católica. [...] La índole
católica es un elemento constitutivo de la Universidad en cuanto institución y no una
mera decisión de los individuos que dirigen la Universidad en un tiempo concreto ». 268
Por eso, la labor pastoral en las Universidades Católicas ha de ser objeto de particular
atención en orden a fomentar el compromiso apostólico de los estudiantes para que ellos
mismos lleguen a ser los evangelizadores del mundo universitario. 269 Además, « debe
estimularse la cooperación entre las Universidades Católicas de toda América para que
se enriquezcan mutuamente», 270 contribuyendo de este modo a que el principio de
solidaridad e intercambio entre los pueblos de todo el Continente se realice también a
nivel universitario.
Algo semejante se ha de decir también a propósito de las escuelas católicas, en
particular de la enseñanza secundaria: « Debe hacerse un esfuerzo especial para
fortificar la identidad católica de las escuelas, las cuales fundan su naturaleza
específica en un proyecto educativo que tiene su origen en la persona de Cristo y su
raíz en la doctrina del Evangelio. Las escuelas católicas deben buscar no sólo impartir
una educación que sea competente desde el punto de vista técnico y profesional, sino
especialmente proveer una formación integral de la persona humana ». 271 Dada la
importancia de la tarea que los educadores católicos desarrollan, me uno a los Padres
sinodales en su deseo de alentar, con ánimo agradecido, a todos los que se dedican a la
enseñanza en las escuelas católicas: sacerdotes, hombres y mujeres consagrados, y laicos
comprometidos, « para que perseveren en su misión de tanta importancia ». 272 Ha de
procurarse que el influjo de estos centros de enseñanza llegue a todos los sectores de la
sociedad sin distinciones ni exclusivismos. Es indispensable que se realicen todos los
esfuerzos posibles para que las escuelas católicas, a pesar de las dificultades
económicas, continúen « impartiendo la educación católica a los pobres y a los
marginados en la sociedad ». 273 Nunca será posible liberar a los indigentes de su
pobreza si antes no se los libera de la miseria debida a la carencia de una educación
digna.
En el proyecto global de la nueva evangelización, el campo de la educación ocupa un
lugar privilegiado. Por ello, ha de alentarse la actividad de todos los docentes
católicos, incluso de los que enseñan en escuelas no confesionales. Así mismo, dirijo
un llamado urgente a los consagrados y consagradas para que no abandonen un campo tan
importante para la nueva evangelización. 274
Como fruto y expresión de la comunión entre todas las Iglesias particulares de América,
reforzada ciertamente por la experiencia espiritual de la Asamblea sinodal, se procurará
promover congresos para los educadores católicos en ámbito nacional y continental,
tratando de ordenar e incrementar la acción pastoral educativa en todos los ambientes.
275
La Iglesia en América, para cumplir todos estos objetivos, necesita un espacio de
libertad en el campo de la enseñanza, lo cual no debe entenderse como un privilegio, sino
como un derecho, en virtud de la misión evangelizadora confiada por el Señor. Además,
los padres tienen el derecho fundamental y primario de decidir sobre la educación de sus
hijos y, por este motivo, los padres católicos han de tener la posibilidad de elegir una
educación de acuerdo con sus convicciones religiosas. La función del Estado en este
campo es subsidiaria. El Estado tiene la obligación de « garantizar a todos la
educación y la obligación de respetar y defender la libertad de enseñanza. Debe
denunciarse el monopolio del Estado como una forma de totalitarismo que vulnera los
derechos fundamentales que debe defender, especialmente el derecho de los padres de
familia a la educación religiosa de sus hijos. La familia es el primer espacio educativo
de la persona ». 276
Evangelizar con los medios de comunicación social
72. Es fundamental para la eficacia de la nueva evangelización un profundo conocimiento
de la cultura actual, en la cual los medios de comunicación social tienen gran
influencia. Es por tanto indispensable conocer y usar estos medios, tanto en sus formas
tradicionales como en las más recientes introducidas por el progreso tecnológico. Esta
realidad requiere que se domine el lenguaje, naturaleza y características de dichos
medios. Con el uso correcto y competente de los mismos se puede llevar a cabo una
verdadera inculturación del Evangelio. Por otra parte, los mismos medios contribuyen a
modelar la cultura y mentalidad de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, razón por la
cual quienes trabajan en el campo de los medios de comunicación social han de ser
destinatarios de una especial acción pastoral. 277
A este respecto, los Padres sinodales indicaron numerosas iniciativas concretas para una
presencia eficaz del Evangelio en el mundo de los medios de comunicación social: la
formación de agentes pastorales para este campo; el fomento de centros de producción
cualificada; el uso prudente y acertado de satélites y de nuevas tecnologías; la
formación de los fieles para que sean destinatarios críticos; la unión de esfuerzos en
la adquisición y consiguiente gestión en común de nuevas emisoras y redes de radio y
televisión, y la coordinación de las que ya existen. Por otra parte, las publicaciones
católicas merecen ser sostenidas y necesitan alcanzar un deseado desarrollo cualitativo.
Hay que alentar a los empresarios para que respalden económicamente producciones de
calidad que promueven los valores humanos y cristianos. 278 Sin embargo, un programa tan
amplio supera con creces las posibilidades de cada Iglesia particular del Continente
americano. Por ello, los mismos Padres sinodales propusieron la coordinación de las
actividades en materia de medios de comunicación social a nivel interamericano, para
fomentar el conocimiento recíproco y la cooperación en las realizaciones que ya existen
en este campo. 279
El desafío de las sectas
73. La acción proselitista, que las sectas y nuevos grupos religiosos desarrollan en no
pocas partes de América, es un grave obstáculo para el esfuerzo evangelizador. La
palabra « proselitismo » tiene un sentido negativo cuando refleja un modo de ganar
adeptos no respetuoso de la libertad de aquellos a quienes se dirige una determinada
propaganda religiosa. 280 La Iglesia católica en América censura el proselitismo de las
sectas y, por esta misma razón, en su acción evangelizadora excluye el recurso a
semejantes métodos. Al proponer el Evangelio de Cristo en toda su integridad, la
actividad evangelizadora ha de respetar el santuario de la conciencia de cada individuo,
en el que se desarrolla el diálogo decisivo, absolutamente personal, entre la gracia y la
libertad del hombre.
Ello ha de tenerse en cuenta especialmente respecto a los hermanos cristianos de Iglesias
y Comunidades eclesiales separadas de la Iglesia católica, establecidas desde hace mucho
tiempo en determinadas regiones. Los lazos de verdadera comunión, aunque imperfecta, que,
según la doctrina del Concilio Vaticano II, 281 tienen esas comunidades con la Iglesia
católica, deben iluminar las actitudes de ésta y de todos sus miembros respecto a
aquéllas. 282 Sin embargo, estas actitudes no han de poner en duda la firme convicción
de que sólo en la Iglesia católica se encuentra la plenitud de los medios de salvación
establecidos por Jesucristo. 283
Los avances proselitistas de las sectas y de los nuevos grupos religiosos en América no
pueden contemplarse con indiferencia. Exigen de la Iglesia en este Continente un profundo
estudio, que se ha de realizar en cada nación y también a nivel internacional, para
descubrir los motivos por los que no pocos católicos abandonan la Iglesia. A la luz de
sus conclusiones será oportuno hacer una revisión de los métodos pastorales empleados,
de modo que cada Iglesia particular ofrezca a los fieles una atención religiosa más
personalizada, consolide las estructuras de comunión y misión, y use las posibilidades
evangelizadoras que ofrece una religiosidad popular purificada, a fin de hacer más viva
la fe de todos los católicos en Jesucristo, por la oración y la meditación de la
palabra de Dios. 284
Por otra parte, como señalaron algunos Padres sinodales, hay que preguntarse si una
pastoral orientada de modo casi exclusivo a las necesidades materiales de los
destinatarios no haya terminado por defraudar el hambre de Dios que tienen esos pueblos,
dejándolos así en una situación vulnerable ante cualquier oferta supuestamente
espiritual. Por eso, « es indispensable que todos tengan contacto con Cristo mediante el
anuncio kerigmático gozoso y transformante, especialmente mediante la predicación en la
liturgia ». 285 Una Iglesia que viva intensamente la dimensión espiritual y
contemplativa, y que se entregue generosamente al servicio de la caridad, será de manera
cada vez más elocuente testigo creíble de Dios para los hombres y mujeres en su
búsqueda de un sentido para la propia vida. 286 Para ello es necesario que los fieles
pasen de una fe rutinaria, quizás mantenida sólo por el ambiente, a una fe consciente
vivida personalmente. La renovación en la fe será siempre el mejor camino para conducir
a todos a la Verdad que es Cristo.
Para que la respuesta al desafío de las sectas sea eficaz, se requiere una adecuada
coordinación de las iniciativas a nivel supradiocesano, con el objeto de realizar una
cooperación mediante proyectos comunes que puedan dar mayores frutos. 287
La misión « ad gentes »
74. Jesucristo confió a su Iglesia la misión de evangelizar a todas las naciones: « Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado » (Mt
28, 19-20). La conciencia de la universalidad de la misión evangelizadora que la Iglesia
ha recibido debe permanecer viva, como lo ha demostrado siempre la historia del pueblo de
Dios que peregrina en América. La evangelización se hace más urgente respecto a
aquéllos que viviendo en este Continente aún no conocen el nombre de Jesús, el único
nombre dado a los hombres para su salvación (cf. Hch 4, 12). Lamentablemente, este nombre
es desconocido todavía en gran parte de la humanidad y en muchos ambientes de la sociedad
americana. Baste pensar en las etnias indígenas aún no cristianizadas o en la presencia
de religiones no cristianas, como el Islam, el Budismo o el Hinduismo, sobre todo en los
inmigrantes provenientes de Asia.
Ello obliga a la Iglesia universal, y en particular a la Iglesia en América, a permanecer
abierta a la misión ad gentes. 288 El programa de una nueva evangelización en el
Continente, objetivo de muchos proyectos pastorales, no puede limitarse a revitalizar la
fe de los creyentes rutinarios, sino que ha de buscar también anunciar a Cristo en los
ambientes donde es desconocido.
Además, las Iglesias particulares de América están llamadas a extender su impulso
evangelizador más allá de sus fronteras continentales. No pueden guardar para sí las
inmensas riquezas de su patrimonio cristiano. Han de llevarlo al mundo entero y
comunicarlo a aquéllos que todavía lo desconocen. Se trata de muchos millones de hombres
y mujeres que, sin la fe, padecen la más grave de las pobrezas. Ante esta pobreza sería
erróneo no favorecer una actividad evangelizadora fuera del Continente con el pretexto de
que todavía queda mucho por hacer en América o en la espera de llegar antes a una
situación, en el fondo utópica, de plena realización de la Iglesia en América.
Con el deseo de que el Continente americano participe, de acuerdo con su vitalidad
cristiana, en la gran tarea de la misión ad gentes, hago mías las propuestas concretas
que los Padres sinodales presentaron en orden a « fomentar una mayor cooperación entre
las Iglesias hermanas; enviar misioneros (sacerdotes, consagrados y fieles laicos) dentro
y fuera del Continente; fortalecer o crear Institutos misionales; favorecer la dimensión
misionera de la vida consagrada y contemplativa; dar un mayor impulso a la animación,
formación y organización misional ». 289 Estoy seguro de que el celo pastoral de los
Obispos y de los demás hijos de la Iglesia en toda América sabrá encontrar iniciativas
concretas, incluso a nivel internacional, que lleven a la práctica, con gran dinamismo y
creatividad, estos propósitos misionales.
CONCLUSION
Con esperanza y gratitud
75. « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo
» (Mt 28, 20). Confiando en esta promesa del Señor, la Iglesia que peregrina en el
Continente americano se dispone con entusiasmo a afrontar los desafíos del mundo actual y
los que el futuro pueda deparar. En el Evangelio la buena noticia de la resurrección del
Señor va acompañada de la invitación a no temer (cf. Mt 28, 5.10). La Iglesia en
América quiere caminar en la esperanza, como expresaron los Padres sinodales: « Con una
confianza serena en el Señor de la historia, la Iglesia se dispone a traspasar el umbral
del Tercer milenio sin prejuicios ni pusilanimidad, sin egoísmo, sin temor ni dudas,
persuadida del servicio primordial que debe prestar en testimonio de fidelidad a Dios y a
los hombres y mujeres del Continente ». 290
Además, la Iglesia en América se siente particularmente impulsada a caminar en la fe
respondiendo con gratitud al amor de Jesús, « manifestación encarnada del amor
misericordioso de Dios (cf. Jn 3, 16) ». 291 La celebración del inicio del Tercer
milenio cristiano puede ser una ocasión oportuna para que el pueblo de Dios en América
renueve « su gratitud por el gran don de la fe », 292 que comenzó a recibir hace cinco
siglos. El año 1492, más allá de los aspectos históricos y políticos, fue el gran
año de gracia por la fe recibida en América, una fe que anuncia el supremo beneficio de
la Encarnación del Hijo de Dios, que tuvo lugar hace 2000 años, como recordaremos
solemnemente en el Gran Jubileo tan cercano.
Este doble sentimiento de esperanza y gratitud ha de acompañar toda la acción pastoral
de la Iglesia en el Continente, impregnando de espíritu jubilar las diversas iniciativas
de las diócesis, parroquias, comunidades de vida consagrada, movimientos eclesiales, así
como las actividades que puedan organizarse a nivel regional y continental. 293
Oración a Jesucristo por las familias de América
76. Por tanto, invito a todos los católicos de América a tomar parte activa en las
iniciativas evangelizadoras que el Espíritu Santo vaya suscitando a lo largo y ancho de
este inmenso Continente, tan lleno de posibilidades y de esperanzas para el futuro. De
modo especial invito a las familias católicas a ser « iglesias domésticas », 294 donde
se vive y se transmite a las nuevas generaciones la fe cristiana como un tesoro, y donde
se ora en común. Si las familias católicas realizan en sí mismas el ideal al que están
llamadas por voluntad de Dios, se convertirán en verdaderos focos de evangelización.
Al concluir esta Exhortación Apostólica, con la que he recogido las propuestas de los
Padres sinodales, acojo gustoso su sugerencia de redactar una oración por las familias en
América. 295 Invito a cada uno, a las comunidades y grupos eclesiales, donde dos o más
se reúnen en nombre del Señor, para que a través de la oración se refuerce el lazo
espiritual de unión entre todos los católicos americanos. Que todos se unan a la
súplica del Sucesor de Pedro, invocando a Jesucristo, « camino para la conversión, la
comunión y la solidaridad en América »:
Señor Jesucristo, te agradecemos que el Evangelio del Amor del Padre, con el que Tú
viniste a salvar al mundo, haya sido proclamado ampliamente en América como don del
Espíritu Santo
que hace florecer nuestra alegría.
Te damos gracias por la ofrenda de tu vida, que nos entregaste amándonos hasta el
extremo, y nos hace hijos de Dios y hermanos entre nosotros.
Aumenta, Señor, nuestra fe y amor a ti, que estás presente en tantos sagrarios del
Continente. Concédenos ser fieles testigos de tu Resurrección ante las nuevas
generaciones de América,
para que conociéndote te sigan y encuentren en ti su paz y su alegría. Sólo así
podrán sentirse hermanos de todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.
Tú, que al hacerte hombre quisiste ser miembro de una familia humana, enseña a las
familias las virtudes que resplandecieron
en la casa de Nazaret. Haz que permanezcan unidas, como Tú y el Padre sois Uno, y sean
vivo testimonio de amor, de justicia y solidaridad; que sean escuela de respeto, de
perdón y mutua ayuda, para que el mundo crea; que sean fuente de vocaciones al
sacerdocio, a la vida consagrada y a las demás formas de intenso compromiso cristiano.
Protege a tu Iglesia y al Sucesor de Pedro, quien Tú, Buen Pastor, has confiado la
misión de apacentar todo tu rebaño.
Haz que tu Iglesia florezca en América y multiplique sus frutos de santidad. Enséñanos
a amar a tu Madre, María,
como la amaste Tú.
Danos fuerza para anunciar con valentía tu Palabra en la tarea de la nueva
evangelización, para corroborar la
esperanza en el mundo.
¡Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de América,
ruega por nosotros!
Dado en Ciudad de México, el 22 de enero del año 1999,
vigésimo primero de mi Pontificado.
(1) Al respecto, es elocuente la antigua inscripción en el baptisterio de San Juan de
Letrán: « Virgineo foetu Genitrix Ecclesia natos quos spirante Deo concipit amne parit
» (E. Diehl, Inscriptiones latinae christianae veteres, n. 1513, I. I: Berolini 1925, p.
289).
(2) Homilía en la Ordenación de diáconos y presbíteros en Bogotá (22 de agosto de
1968): AAS 60 (1968), 614-615.
(3) N. 17: AAS 85 (1993), 820.
(4) N. 38: AAS 87 (1995), 30.
(5) Discurso de apertura de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12
de octubre de 1992), 17: AAS 85 (1993), 820-821.
(6) Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de 1994), 21: AAS 87 (1995),
17.
(7) Discurso de apertura de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12
de octubre de 1992), 17: AAS 85 (1993), 820.
(8) Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de 1994), 38: AAS 87
(1995), 30.
(9) 2 Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983), III: AAS 75 (1983), 778.
(10) Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81
(1989), 454.
(11) Propositio 3.
(12) S. Agustín, Tract. in Joh., 15, 11: CCL 36, 154.
(13) Ibíd., 15, 17: l.c., 156.
(14) « Salvator... ascensionis suae eam (Mariam Magdalenam) ad apostolos instituit
apostolam ». Rábano Mauro, De vita beatae Mariae Magdalenae, 27: PL 112, 1574. Cf. S.
Pedro Damián, Sermo 56: PL 144, 820; Hugo de Cluny, Commonitorium: PL 159, 952; S. Tomás
de Aquino, In Joh. Evang. expositio, 20, 3.
(15) Discurso en la clausura del Año Santo (25 de diciembre de 1975): AAS 68 (1976), 145.
(16) Propositio 9; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 22.
(17) Enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987), 21: AAS 79 (1987), 369.
(18) Propositio 5.
(19) III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Mensaje a los pueblos de
América Latina, Puebla, febrero de 1997, 282. Para los Estados Unidos de América, cf.
National Conference of Catholic Bishops, Behold Your Mother Woman of Faith, Washington
1973, 53-55.
(20) Cf. Propositio 6.
(21) Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, Santo Domingo (12 de octubre de 1992), 24: AAS 85 (1993), 826.
(22) Cf. National Conference of Catholic Bishops, Behold Your Mother Woman of Faith,
Washington 1973, 37.
(23) Cf. Propositio 6.
(24) Propositio 4.
(25) Cf. ibíd.
(26) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 7.
(7) Enc. Mysterium fidei (3 de septiembre de 1965): AAS 57 (1965), 764.
(28) Ibíd., l.c., 766.
(29) Propositio 4.
(30) Discurso en la última sesión pública del Concilio Vaticano II (7 de diciembre de
1965): AAS 58 (1966), 58.
(31) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984),
16: AAS 77 (1985), 214-217.
(32) Cf. Propositio 61.
(33) Propositio 29.
(34) Cf. Bula Sacrosancti apostolatus cura (11 de agosto de 1670), § 3: Bullarium
Romanum, 26VII, 42.
(35) Entre otros pueden citarse: los mártires Juan de Brebeuf y sus siete compañeros,
Roque González y sus dos compañeros; los santos Elizabeth Ann Seton, Margarita
Bourgeoys, Pedro Claver, Juan del Castillo, Rosa Philippine Duchesne, Margarita
d'Youville, Francisco Febres Cordero, Teresa Fernández Solar de los Andes, Juan Macías,
Toribio de Mogrovejo, Ezequiel Moreno Díaz, Juan Nepomuceno Neumann, María Ana de Jesús
Paredes Flores, Martín de Porres, Alfonso Rodríguez, Francisco Solano, Francisca Xavier
Cabrini; los beatos José de Anchieta, Pedro de San José Betancurt, Juan Diego, Katherine
Drexel, María Encarnación Rosal, Rafael Guízar Valencia, Dina Bélanger, Alberto
Hurtado Cruchaga, Elías del Socorro Nieves, María Francisca de Jesús Rubatto, Mercedes
de Jesús Molina, Narcisa de Jesús Martillo Morán, Miguel Agustín Pro, María de San
José Alvarado Cardozo, Junípero Serra, Kateri Tekawitha, Laura Vicuña, Antônio de
Sant'Anna Galvâo y tantos otros beatos que son invocados con fe y devoción por los
pueblos de América (cf. Instrumentum laboris, 17).
(36) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 50.
(37) Propositio 31.
(38) Propositio 30.
(39) N. 37: AAS 87 (1995), 29; cf. Propositio 31.
(40) Propositio 21.
(41) Cf. ibíd.
(42) Cf. ibíd.
(43) Cf. ibíd.
(44) Cf. Propositio 18.
(45) Propositio 19.
(46) Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 5; cf.
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 28; Propositio 60.
(47) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987), 34: AAS 79 (1987),
406; Sínodo de los Obispos, Asamblea Especial para Europa, Decl. Ut testes simus Christi
qui nos liberavit (13 de diciembre de 1991), III, 7: Ench. Vat. 13, 647-652.
(48) Cf. Propositio 60.
(49) Cf. Propositiones 23 y 24.
(50) Propositio 73.
(51) Propositio 72; cf. Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus (1 de mayo de 1991), 46: AAS
83 (1991), 850.
(52) Cf. Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para Europa, Decl. Ut testes simus
Christi qui nos liberavit (13 de diciembre de 1991), I, 1; II, 4; IV, 10: Ench. Vat. 13,
nn. 613-615; 627-633; 660-669.
(53) Propositio 72.
(54) Ibíd.
(55) Cf. Propositio 74.
(56) Carta ap. Octogesima adveniens (14 de mayo de 1971), 8-9: AAS 63 (1971), 406-408.
(57) Propositio 35.
(58) Cf. ibíd.
(59) Propositio 75.
(60) Cf. Pontificia Comisión « Iustitia et Pax », Al servicio de la comunidad humana:
una consideración ética de la deuda internacional (27 de diciembre de 1986): Ench. Vat.
10, 1045-1128.
(61) Propositio 75.
(62) Propositio 37.
(63) N. 5: AAS 90 (1998), 152.
(64) Propositio 38.
(65) Ibíd.
(66) Propositio 36.
(67) Cf. ibíd.
(68) Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general extraordinaria, Relación final
Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de
1985), II, B, a, 2: Ench. Vat. 9, 1795.
(69) Propositio 30.
(70) Propositio 34.
(71) Ibíd.
(72) Ibíd.
(73) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.
(74) Cf. id., Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 76; Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 42: AAS
81 (1989), 472-474.
(75) Propositio 26.
(76) Ibíd.
(77) Propositio 28.
(78) Ibíd.
(79) Ibíd.
(80) Propositio 27.
(81) Ibíd.
(82) Cf. ibíd.
(83) Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 7; cf.
Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 8: AAS 88
(1996), 382.
(84) Propositio 27.
(85) Cf. Propositio 28.
(86) Cf. Propositio 29.
(87) Cf. Lumen gentium, V; cf. Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general
extraordinaria, Relación final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro
salute mundi (7 de diciembre de 1985), II, A, 4-5: Ench. Vat. 9, 1791-1793.
(88) Propositio 29.
(89) Ibíd.
(90) Propositio 32.
(91) Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini (31 de mayo de 1998), 40: AAS 90 (1998),
738.
(92) Propositio 33.
(93) Cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 20: AAS 71 (1979), 309-316.
(94) Propositio 33.
(95) Ibíd.
(96) Ibíd.
(97) Propositio 40; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia,
2.
(98) 2 Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, a los Obispos
de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión
(28 de mayo de 1992), 3-6: AAS 85 (1993), 839-841.
(99) 2 Propositio 40.
(100) Ibíd.
(101) Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus, sobre la Iglesia de Cristo,
Prólogo: DS 3051.
(102) Conc. Ecum. de Florencia, Bula de unión Exultate Deo (22 de noviembre de 1439): DS
1314.
(103) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
(104) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida
de los presbíteros, 5.
(105) Propositio 41.
(106) Ibíd.
(107) Cf. Conc. Ecum. de Trento, Ses. VII, Decreto sobre los sacramentos en general, can.
9: DS 1609.
(108) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 26.
(109) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 20: AAS 71 (1979),
309-316.
(110) Propositio 42; cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini (31 de mayo de 1998), 69:
AAS 90 (1998), 755-756.
(111) Propositio 41.
(112) Propositio 42; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la
sagrada liturgia, 14; Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10.
(113) Cf. Propositio 42.
(114) Propositio 41.
(115) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de
los laicos, 8.
(116) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.
(117) Cf. Decreto Christus Dominus, sobre la función pastoral de los Obispos, 27; Decreto
Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 7; Pablo VI, Motu
proprio Ecclesiae sanctae (6 de agosto de 1966) I, 15-17: AAS 58 (1966), 766-767; Código
de Derecho Canónico, cc. 495, 502 y 511; Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, cc. 264, 271 y 272.
(118) Propositio 43.
(119) Cf. Propositio 45.
(120) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, a los Obispos
de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión
(28 de mayo de 1992), 15-16: AAS 85 (1993), 847-848.
(121) Cf. ibíd.
(122) Cf. Propositio 44.
(123) Ibíd.
(124) Ibíd.
(125) Cf. Propositio 60.
(126) Propositio 49.
(127) Ibíd.
(128) Ibíd.; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio
y vida de los presbíteros, 14.
(129) Propositio 49.
(130) Ibíd.
(131) Cf. Propositio 51.
(132) Propositio 48.
(133) Propositio 51.
(134) Propositio 52.
(135) Cf. ibíd.
(136) Cf. ibíd.
(137) Cf. Propositio 46.
(138) Ibíd.
(139) Ibíd.
(140) Propositio 35.
(141) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo, octubre de
1992, Nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana, 58.
(142) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 51: AAS 83
(1991), 298-299.
(143) Propositio 35.
(144) Cf. Propositio 46.
(145) Ibíd.
(146) Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 29; Pablo VI, Motu proprio Sacrum
Diaconatus Ordinem (18 de junio de 1967), I, 1: AAS 59 (1967), 599.
(147) Propositio 50.
(148) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 29.
(149) Cf. Propositio 50; Congr. para la Educación Católica y Congr. para el Clero,
Instr. Ratio fundamentalis institutionis diaconorum permanentium y Directorium pro
ministerio et vita diaconorum permanentium (22 de febrero de 1998): AAS 90 (1998),
843-926.
(150) Cf. Propositio 53.
(151) Ibíd.; cf. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Mensaje a los
pueblos de América Latina, Puebla 1979, n. 775.
(152) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 57:
AAS 88 (1996), 429-430.
(153) Cf. ibíd., 58: l.c., 430.
(154) Propositio 53.
(155) Ibíd.
(156) Propositio 54.
(157) Ibíd.
(158) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.
(159) Propositio 55; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 34.
(160) Propositio 55.
(161) Cf. ibíd.
(162) Propositio 56.
(163) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 23: AAS
81 (1989), 429-433.
(164) Cf. Congregación para el Clero y otras, Instruc. Ecclesiae de mysterio (15 de
agosto de 1997): AAS 89 (1997), 852-877.
(165) Propositio 56.
(166) Ibíd.
(167) Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988): AAS 80 (1988), 1653-1729 y
Carta a las mujeres (29 de junio de 1995): AAS 87 (1995), 803-812; Propositio 11.
(168) Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 31: AAS 80 (1988), 1728.
(169) Propositio 11.
(170) Ibíd.
(171) Ibíd..
(172) Ibíd.
(173) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de
1988), 49: AAS 81 (1989), 486-489.
(174) Propositio 12.
(175) Ibíd.
(176) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
(177) Ibíd.
(178) Cf. Propositio 12.
(179) Propositio 14.
(180) Ibíd.
(181) Ibíd.
(182) Propositio 15.
(183) Ibíd.
(184) Ibíd.
(185) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
(186) Propositio 61.
(187) Ibíd.
(188) Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
(189) Cf. Propositio 62.
(190) Cf. Sínodo de los Obispos, Asamblea Especial para Europa, Decl. Ut testes simus
Christi qui nos liberavit (13 de diciembre de 1991), III, 8: Ench. Vat. 13, 653-655.
(191) Propositio 62.
(192) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las
religiones no cristianas, 2.
(193) Cf. Propositio 63.
(194) Ibíd.
(195) Propositio 67.
(196) Cf. ibíd.
(197) Propositio 68.
(198) Ibíd.
(199) Propositio 69.
(200) Cf. Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general extraordinaria, Relación final
Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de
1985), II, B, a, 4: Ench. Vat. 9, 1797; Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 de
octubre de 1992): AAS 86 (1994), 117; Catecismo de la Iglesia Católica, 24.
(201) Propositio 69.
(202) Propositio 74.
(203) Ibíd.
(204) Cf. Propositio 67.
(205) Propositio 70.
(206) Ibíd.
(207) Cf. Propositio 73.
(208) Cf. Propositio 70.
(209) Propositio 72.
(210) Ibíd.
(211) Ibíd.
(212) III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Mensaje a los pueblos de
América Latina, Puebla 1979, n. 306.
(213) Propositio 73.
(214) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia (22 de
marzo de 1986), 68: AAS 79 (1987), 583-584.
(215) Propositio 73.
(216) Cf. Propositio 75.
(217) Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de 1994), 51: AAS 87 (1995),
36.
(218) Propositio 75.
(219) Ibíd.
(220) Propositio 37.
(221) Cf. ibíd. Sobre la publicación de estos documentos, cf. Juan Pablo II, Motu
proprio Apostolos suos (21 de mayo de 1998), IV: AAS 90 (1998), 657.
(222) Cf. Propositio 38.
(223) Cf. ibíd.
(224) Cf. ibíd.
(225) Cf. ibíd.
(226) Cf. Pontificio Consejo « Justicia y Paz », El Comercio Internacional de Armas. Una
reflexión ética (1 de mayo de 1994): Ench. Vat. 14, 1071-1154.
(227) Cf. Propositio 76.
(228) Ibíd.
(229) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2267, que cita a Juan Pablo II, Enc.
Evangelium vitae (25 de marzo de 1995), 56: AAS 87 (1995), 463-464.
(230) Cf. Propositio 13.
(231) Cf. ibíd.
(232) Cf. ibíd.
(233) Ibíd.
(234) Cf. Propositio 19.
(235) Cf. Propositio 18.
(236) Propositio 20.
(237) Cf. Congregación para los Obispos, Instr. Nemo est (22 de agosto de 1969), 16: AAS
61 (1969), 621-622; Código de Derecho Canónico, cc. 294 y 518; Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales, c. 280 § 1.
(238) Cf. ibíd.
(29) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de
1988), 33: AAS 81 (1989), 453.
(240) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.
(241) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de
1988), 34: AAS 81 (1989), 455.
(242) Cf. ibíd., 2, l.c., 394-397.
(243) Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 14: AAS 68
(1976), 13.
(244) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS
81 (1989), 455.
(245) Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983), III: AAS 75 (1983), 778.
(246) Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 22: AAS 68
(1976), 20.
(247) Cf. ibíd., 7, l.c., 9-10.
(248) Juan Pablo II, Mensaje al CELAM (14 de septiembre de 1997), 6: L'Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 3 de octubre de 1997, p. 20.
(249) Propositio 8.
(250) Cf. Propositio 57.
(251) Cf. Propositio 16.
(252) Ibíd.
(253) Propositio 2.
(254) Ibíd.
(255) Ibíd.
(256) Propositio 10.
(257) Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general extraordinaria, Relación final
Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de
1985), II, B, a, 4: Ench. Vat. 9, 1797.
(258) Cf. Carta ap. Laetamur magnopere (15 de agosto de 1997): AAS 89 (1997), 819-821.
(259) Congr. para el Clero, Directorio general para la catequesis (15 de agosto de 1997),
Libreria Editrice Vaticana, 1997.
(260) Propositio 10.
(261) Ibíd.
(262) Ibíd.
(263) Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 20: AAS 68 (1976), 19.
(264) Propositio 17.
(265) Cf. ibíd.
(266) Cf. ibíd.
(267) Cf. Propositio 22.
(268) Propositio 23.
(269) Cf. ibíd.
(270) Ibíd.
(271) Propositio 24.
(272) Ibíd.
(273) Ibíd.
(274) Cf. Propositio 22.
(275) Cf. ibíd.
(276) Ibíd.
(277) Cf. Propositio 25.
(278) Cf. ibíd.
(279) Cf. ibíd.
(280) Cf. Instrumentum laboris, 45.
(281) Cf. Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
(282) Cf. Propositio 64.
(283) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
(284) Cf. Propositio 65.
(285) Ibíd.
(286) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo, octubre de
1992, Nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana, 58.
(287) Cf. Propositio 65.
(288) Cf. Propositio 66.
(289) Ibíd.
(290) Propositio 58.
(291) Ibíd.
(292) Ibíd.
(293) Cf. ibíd.
(294) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
(295) Cf. Propositio 12.
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