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SEÑALE   PARA  VER :
    Exhortación   Apostólica Postsinodal
     
Ecclesia in America 
(versión completa)


RESUMEN

Exhortación  Apostólica Postsinodal
Ecclesia in America

Las palabras con las cuales se abre esta exhortación apostólica - Ecclesia in América - indican claramente la pertenencia de la misma a la serie de documentos pontificios que concluyen las diversas asambleas sinodales, continentales y regionales, que el Santo Padre ha convocado en preparación al tercer milenio. Se trata, por lo tanto, de un instrumento del Magisterio del Sumo Pontífice que recoge sintéticamente todos los trabajos sinodales y ofrece las líneas pastorales de la nueva evangelización para la Iglesia que peregrina en el Continente americano.

El documento se articula a través de una introducción, seis capítulos y una conclusión. En la introducción se presenta brevemente no sólo el tema de la Asamblea Especial sino también la génesis del proceso que llevó a su convocación por parte del Santo Padre, en continuidad con la celebración de los quinientos años del comienzo de la evangelización en América y en la perspectiva del Gran Jubileo del año 2000. Así mismo, se pone en relieve la riqueza de la experiencia vivida en el sínodo como expresión de la unidad de los Pastores del Pueblo de Dios con el Sucesor de Pedro en el Colegio episcopal. Esta comunión se presenta como un signo de la unidad de todo el Continente, a la cual la Iglesia, confiando en la ayuda de Jesucristo vivo y operante en ella, desea servir abriendo los caminos de una nueva evangelización.

Los diversos capítulos que siguen se desarrollan según el argumento de fondo propuesto por el tema de la Asamblea sinodal: "Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América". Así, el primer capítulo se refiere al encuentro con el Señor resucitado - tal como es presentado por los diversos relatos del Nuevo Testamento - y a la Iglesia, como lugar donde los hombres pueden descubrir la presencia de Jesucristo y encontrarse con él. Un puesto privilegiado en este itinerario del encuentro con el Señor, que la Iglesia en América desea recorrer guiada por el Espíritu Santo, es asignado a la Santísima Virgen María . Ella, en efecto, ha tenido un papel de gran relieve con su aparición al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac en el año 1531. Es por este motivo que el Santo Padre, acogiendo gozosamente la propuesta de los Padres sinodales, establece que el día 12 de diciembre se celebre en todo el Continente la fiesta de Nuestra Señora de Quadalupe, Madre y Evangelizadora de América.

Continuando con el tema del encuentro, el capítulo segundo desarrolla ese mismo argumento en el contexto de la situación actual de América, abordando la cuestión desde una perspectiva pastoral. El primer aspecto tratado es el de la identidad cristiana de todo el Continente, expresión del don de la fe recibida y elemento determinante de la fisonomía religiosa americana. Luego se pasa a una visión de conjunto de las manifestaciones de esa identidad cristiana: las vidas de tantos santos y beatos que han enriquecido la Iglesia con sus testimonios de fe, esperanza y caridad, así como también la característica piedad popular profundamente enraizada en las diversas naciones como expresión de la inculturación de la fe católica. Después se abordan diversos otros temas, siempre desde una óptica pastoral, para ser retomados más adelante en orden a la formulación de algunas propuestas concretas: la presencia católico-oriental en América, la acción de la Iglesia en el campo de la educación y de la acción social, el creciente respeto de los derechos humanos, el fenómeno de la globalización, la realidad de la urbanización, el peso de la deuda externa, la corrupción, el comercio y el consumo de drogas y la preocupación por la ecología.

El capítulo tercero entra en el tema de la conversión señalando la urgencia del llamado y la necesidad de dar una respuesta integral, es decir, que contemple no sólo una dimensión personal sino también social y comunitaria. Además, la conversión es presentada como un itinerario permanente que la Iglesia en América, guiada por el Espíritu Santo, está llamada a recorrer para vivir un nuevo estilo de vida centrado en una espiritualidad de la oración comprometida con las exigencias del Evangelio en todos sus aspectos. Una vez más se evidencia la necesidad de la penitencia y la reconciliación - expresión sacramental de la metanoia interior - para alcanzar la meta de la santidad, a la cual está llamado todo ser humano y cuyo camino no es otro que la misma persona del Señor Jesús.

El tema de la comunión es desarrollado en el cuarto capítulo, a partir del concepto de Iglesia como sacramento, es decir, como signo e instrumento de la unidad en Cristo de todos los hombres entre sí y con Dios. Medios privilegiados para lograr esa comunión de vida en la Iglesia son los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, cuya recepción fructuosa - se recuerda - dependerá de un adecuado esfuerzo catequizador. Un rol especial en la tarea de construir la comunión eclesial es asignado a los obispos, los cuales están llamados a ser promotores de la unidad en sus propias iglesias particulares y en la sociedad en general. La necesidad de trabajar por la comunión se extiende también a la colaboración entre las iglesias particulares de todo el Continente, una de cuyas manifestaciones concretas ha ya sido la misma realización de la Asamblea sinodal.

A continuación, siempre dentro del mismo capítulo, se tratan otros aspectos que indican otras tantas urgencias pastorales que la Iglesia en América deberá enfrentar para lograr acrecentar cada vez más la comunión en Cristo de todo el Pueblo de Dios: las relaciones con la iglesias católicas orientales; el esfuerzo por consolidar la unidad del presbiterio en cada iglesia particular; el fomento de la pastoral vocacional y la formación de los seminaristas, para vivir en comunión con sus hermanos; la renovación de la institución parroquial, como lugar privilegiado para tener una experiencia concreta de Iglesia; la diligente formación y acompañamiento de los llamados al diaconado permanente; la revalorización de la vida consagrada en el futuro de la nueva evangelización; la participación de los laicos en la vida eclesial; el adecuado reconocimiento de la aportación del genio femenino, tanto en la sociedad como en la Iglesia; la importancia de la familia cristiana como iglesia doméstica; el acompañamiento pastoral de los jóvenes y de los niños, que constituyen la esperanza del futuro; la cooperación y el diálogo con otras Iglesias cristianas y comunidades eclesiales, así como también con las comunidades judías y las religiones no cristianas.

El quinto capítulo está dedicado al tema de la solidaridad, el cual es abordado como fruto de la comunión en Cristo. Un apremiante llamado es dirigido a los agentes de evangelización en América para que anuncien con renovada fuerza la Doctrina Social de la Iglesia ante los graves problemas de orden social. Esta tarea es presentada como una verdadera prioridad pastoral para enfrentar el complejo fenómeno de la globalización y de sus consecuencias en los diversos campos de la vida social en el Continente americano. Es, a la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia, que puede apreciarse claramente la real dimensión de los llamados "pecados sociales que claman al cielo". Por ello la Iglesia en América está llamada a no dejar de alzar su voz para recordar que el fundamento sobre el que se basan los derechos humanos es la dignidad de la persona, la cual es la mayor obra divina de la creación. Una especial exhortación es dirigida a toda la Iglesia en América para que continúe a trabajar por los pobres y marginados y para que esta acción pastoral sea cada vez más un verdadero camino para el encuentro con Cristo. También se incluye en este capítulo el problema de la deuda externa, que aflige a muchos pueblos del Continente americano. En este sentido, el Santo Padre se une al deseo, expresado ya por los padres sinodales, de trabajar en el estudio y el diálogo con representantes del Primer Mundo y con responsables de las relaciones económicas internacionales, para encontrar vías de solución a esta compleja realidad. Finalmente se tratan otros aspectos sociales en los cuales la presencia de la Iglesia también ha de ser relevante para crear una verdadera cultura de la solidaridad: la lucha contra la corrupción, el problema de las drogas, la carrera armamentista, la cultura de la muerte como expresión de una sociedad dominada por los poderosos, la realidad de los pueblos indígenas y los americanos de origen africano, así como también la problemática de los inmigrantes.

El sexto capítulo está dedicado a la misión de la Iglesia en el hoy de América, descripta en términos de nueva evangelización. Recordando una vez más el mandato de Cristo de anunciar el Evangelio al mundo entero, el Santo Padre envía a la Iglesia que está en el Continente americano a proclamar a Jesucristo, Buena Nueva y Primer evangelizador. Él es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre. El verdadero impulso evangelizador surge, por lo tando, del encuentro con Cristo en la Iglesia. De ahí, la importancia de la catequesis, cuyo objetivo principal es la presentación explícita de la fe en toda su amplitud y con las correspondientes implicancias prácticas en la vida social. La nueva evangelización alcanza también el campo más vasto de la cultura. A este respecto, se exhorta a inculturar la predicación del Evangelio para que éste sea anunciado en el lenguaje y la cultura de los que deben recibir el mensaje, sin olvidar, al mismo tiempo, la objetiva validez universal del misterio pascual de Cristo. La promoción de la inculturación de la Buena Noticia debe concretizarse también en la evangelización de los centros educativos y de los medios de comunicación. No pasa inadvertido el problema de las sectas en América, el cual constituye un grave obstáculo para el esfuerzo evangelizador. En relación a este punto, se invita a toda Iglesia que está en el Continente a poner en práctica iniciativas de pastorales coordinadas que, excluyendo los métodos proselitistas usados por las mismas sectas, se orienten a una renovación de la actividad pastoral a través de un anuncio kerigmático gozoso y transformante. Finalmente, el Santo Padre realiza un llamado especial a la Iglesia en América a permanecer abierta a la misión ad gentes para que los proyectos pastorales no se limiten a revitalizar la fe de los creyentes rutinarios, sino también a anunciar a Cristo en todos los ambientes donde es desconocido. Más aún, acogiendo una propuesta de los padres sinodales, el Sumo Pontífice invita a fomentar con dinamismo y creatividad una mayor cooperación entre las iglesias hermanas, no sólo dentro del Continente sino también más allá de sus fronteras.

El documento se concluye con palabras de gratitud y esperanza para que la Iglesia en América se disponga a traspasar el umbral del Tercer milenio con confianza serena en el Señor de la historia y convencida del servicio primordial que ella debe prestar en testimonio de fidelidad a Dios y a los hombres y mujeres del Continente. Confiando en el poder de la oración, el Santo Padre, propone una plegaria para las familias, las comunidades y grupos eclesiales donde dos o más se reúnen en nombre del Señor, para que todos se unan a la súplica del Sucesor de Pedro invocando a Jesucristo, camino para la conversión , la comunión y la solidaridad en América.