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LOS JÓVENES DE SIRIA; PROFETAS DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
Encuentro del Papa con chicos y chicas
ortodoxos y católicos
DAMASCO, 7 mayo 2001 (ZENIT.org).-
Miles de jóvenes sirios, de todas las confesiones cristianas,
ofrecieron a Juan Pablo II una fiesta que recordó el ambiente de las
grandes Jornadas Mundiales de la Juventud.
Ha sido el encuentro más efusivo y
espontáneo de los cuatro días que el Papa en Siria, segunda etapa de
su peregrinación tras las huellas de san Pablo. En la agenda de sus
viajes, siempre trata de dejar un hueco a su cita con los jóvenes, y
los chicos y chicas sirios no le defraudaron en la tarde de este lunes.
Juan Pablo II, por su parte, les pidió
que se conviertan en profetas de la reconciliación y la unidad de los
cristianos. «Queridos jóvenes --les dijo--, el futuro del cristianismo
en vuestro país está ligado al reacercamiento y a la colaboración
entre las Iglesias y las comunidades cristianas que en él viven».
Los jóvenes, entre los que se habían
«colado» con gusto algunos musulmanes, respondieron con los gritos de
entusiasmo en inglés: «Johnn Paul II, we love you» («Juan Pablo II,
te queremos»), que caracterizan estos encuentros. La fiesta tenía
lugar en la catedral católica greco-melquita de Damasco. Como muy pocos
cabían en el templo, siguieron el evento desde grandes pantallas en el
patio exterior, que estaba abarrotado.
Acogió al pontífice el patriarca
greco-melquita Grégoire III Laham, quien sorprendió con un discurso
cargado de humor, espontaneidad, y por una pasión por la reconciliación
de los cristianos que arrancó más de alguna lágrima.
«A partir de ahora queremos celebrar
para siempre la pascua juntos», afirmó el patriarca greco-católico
dirigiéndose a los dos patriarcas de las Iglesias ortodoxas que
quisieron unirse al fiesta de la juventud.
Repitiendo la propuesta que había
lanzado el Papa el domingo anterior, añadió: «Nosotros los greco-católicos
decimos a los hermanos ortodoxos: queremos celebrar la pascua juntos y
para siempre. Queremos que nuestra generación vea la comunión
perfecta, sin necesidad que tengan que esperarla nuestros hijos».
Fueron palabras emocionantes, pues en
algunos países los ortodoxos rechazan todo contacto con estos católicos
de tradición oriental, como ellos, pero obedientes al Papa. El momento
más emocionante tuvo lugar poco después, cuando el patriarca
greco-ortodoxo de Antioquía y de todo el Oriente, Ignace IV Hazim, se
alzó espontáneamente, para abrazar al patriarca greco-católico.
Los jóvenes gritaban y aplaudían al
ver el ambiente único que se había instaurado entre sus líderes
religiosos.
A continuación, varios chicas y chicos,
ortodoxos y católicos, ofrecieron su testimonio sobre las dificultades
y desafíos que experimenta la juventud en la vivencia de su fe en el país.
Ellos son los más afectados por el 30% de índice de desempleo que
atenaza el país, presionando inexorablemente la emigración.
Un común denominador unió sus
intervenciones: la necesidad de superar el escándalo de la desunión de
los cristianos para que el testimonio de los discípulos de Cristo sea más
creíble, en una sociedad 90% musulmana.
Juan Pablo II respondió a los jóvenes
ortodoxos y católicos con una propuesta: «Profundizad más aún en lo
que os une». «Meditad juntos en el Evangelio, invocad al Espíritu
Santo, escuchad los testimonios de los apóstoles, rezad en la alegría
y en acción de gracias».
Ante la situación de cambio social que
está viviendo Siria en estos momentos tras la muerte, acaecida el año
pasado del presidente Hafez al-Assad, el Santo Padre invitó a todos los
chicos y chicas presentes, como cristianos, a asumir un «compromiso
responsable en la edificación de una sociedad respetuosa de los
derechos de todos y promotora del bien común y de la paz».
«Queridos jóvenes de Siria, construid
la civilización del amor», concluyó. «¡No tengáis miedo de ser los
santos del nuevo milenio. Con Cristo la santidad se hace realizable».
Fue el último encuentro masivo del
Papa en Siria. A las 11:00 de la mañana de este martes se despedirá
del país en el aeropuerto internacional de Damasco para continuar su
peregrinación por Malta, isla en la que naufragó san Pablo.
El miércoles, 9 de mayo, último día
de esta peregrinación, beatificará a los tres primeros beatos malteses
de la historia.
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