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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA
DE LA FE
EL MENSAJE DE FÁTIMA
PRESENTACIÓN
EL
« SECRETO » DE FATIMA - PRIMERA
Y SEGUNDA PARTE DEL « SECRETO »
Texto original
Traducción
EL
« SECRETO » DE FATIMA - TERCERA
PARTE DEL « SECRETO »
Texto original
Traducción
INTERPRETACIÓN
DEL « SECRETO »
Carta
de Juan Pablo II a Sor Lucía (Texto original)
Traducción
Coloquio con Sor María Lucía de Jesús y del Inmaculado Corazón
Comunicado
de su Eminencia el Card. Angel Sodano secretario de estado de Su
Santidad
Comentario Teológico
PRESENTACIÓN
En el tránsito del segundo al tercer milenio, Juan Pablo II ha
decidido hacer público el texto de la tercera parte del « secreto de
Fátima ».
Tras los dramáticos y crueles acontecimientos del siglo XX, uno de
los más cruciales en la historia del hombre, culminado con el cruento
atentado al « dulce Cristo en la Tierra », se abre así un velo
sobre una realidad, que hace historia y la interpreta en profundidad,
según una dimensión espiritual a la que la mentalidad actual,
frecuentemente impregnada de racionalismo, es refractaria.
Apariciones y signos sobrenaturales salpican la historia, entran en
el vivo de los acontecimientos humanos y acompañan el camino del
mundo, sorprendiendo a creyentes y no creyentes. Estas
manifestaciones, que no pueden contradecir el contenido de la fe,
deben confluir hacia el objeto central del anuncio de Cristo: el amor
del Padre que suscita en los hombres la conversión y da la gracia
para abandonarse a Él con devoción filial. Éste es también el
mensaje de Fátima que, con un angustioso llamamiento a la conversión
y a la penitencia, impulsa en realidad hacia el corazón del
Evangelio.
Fátima es sin duda la más profética de las apariciones modernas.
La primera y la segunda parte del « secreto » —que se publican por
este orden por integridad de la documentación— se refieren sobre
todo a la aterradora visión del infierno, la devoción al Corazón
Inmaculado de María, la segunda guerra mundial y la previsión de los
daños ingentes que Rusia, en su defección de la fe cristiana y en la
adhesión al totalitarismo comunista, provocaría a la humanidad.
Nadie en 1917 podía haber imaginado todo esto: los tres pastorinhos
de Fátima ven, escuchan, memorizan, y Lucía, la testigo que ha
sobrevivido, lo pone por escrito en el momento en que recibe la orden
del Obispo de Leiria y el permiso de Nuestra Señora.
Por lo que se refiere la descripción de las dos primeras partes
del « secreto », por lo demás ya publicado y por tanto conocido, se
ha elegido el texto escrito por Sor Lucía en la tercera memoria del
31 de agosto de 1941; después añade alguna anotación en la cuarta
memoria del 8 de diciembre de 1941.
La tercera parte del « secreto » fue escrita « por orden de Su
Excelencia el Obispo de Leiria y de la Santísima Madre.... » el 3 de
enero de 1944.
Existe un único manuscrito, que se aquí se reproduce en facsímile.
El sobre lacrado estuvo guardado primero por el Obispo de Leiria. Para
tutelar mejor el « secreto », el 4 de abril de 1957 el sobre fue
entregado al Archivo Secreto del Santo Oficio. Sor Lucía fue
informada de ello por el Obispo de Leiria.
Según los apuntes del Archivo, el 17 de agosto de 1959, el
Comisario del Santo Oficio, Padre Pierre Paul Philippe, O.P., de
acuerdo con el Emmo. Card. Alfredo Ottaviani, llevó el sobre que
contenía la tercera parte del « secreto de Fátima » a Juan XXIII.
Su Santidad, « después de algunos titubeos », dijo: « Esperemos.
Rezaré. Le haré saber lo que decida ».1
En realidad, el Papa Juan XXIII decidió devolver el sobre lacrado
al Santo Oficio y no revelar la tercera parte del « secreto ».
Pablo VI leyó el contenido con el Sustituto, S. E. Mons. Angelo
Dell'Acqua, el 27 de marzo de 1965 y devolvió el sobre al Archivo del
Santo Oficio, con la decisión de no publicar el texto.
Juan Pablo II, por su parte, pidió el sobre con la tercera parte
del « secreto » después del atentado del 13 de mayo de 1981.S. E.
Card.Franjo Seper, Prefecto de la Congregación, entregó el 18 de
julio de 1981 a S. E. Mons. Martínez Somalo, Sustituto de la Secretaría
de Estado, dos sobres: uno blanco, con el texto original de Sor Lucía
en portugués, y otro de color naranja con la traducción del «
secreto » en italiano. El 11 de agosto siguiente, Mons. Martínez
devolvió los dos sobres al Archivo del Santo Oficio.2
Como es sabido, el Papa Juan Pablo II pensó inmediatamente en la
consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María y compuso él
mismo una oración para lo que definió « Acto de consagración »,
que se celebraría en la Basílica de Santa María la Mayor el 7 de
junio de 1981, solemnidad de Pentecostés, día elegido para recordar
el 1600° aniversario del primer Concilio Constantinopolitano y el
1550° aniversario del Concilio de Éfeso. Estando ausente el Papa por
fuerza mayor, se transmitió su alocución grabada. Citamos el texto
que se refiere exactamente al acto de consagración:
« Madre de los hombres y de los pueblos,Tú conoces todos
sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes maternalmente todas
las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que
sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo
directamente a tu Corazón y abraza con el amor de la Madre y de
la Esclava del Señor a los que más esperan este abrazo, y, al
mismo tiempo, a aquellos cuya entrega Tú esperas de modo especial.
Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana a la que,
con todo afecto a ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el
tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la
justicia y de la esperanza ».3
Pero el Santo Padre, para responder más plenamente a las
peticiones de « Nuestra Señora », quiso explicitar durante el Año
Santo de la Redención el acto de consagración del 7 de junio de
1981, repetido en Fátima el 13 de mayo de 1982. Al recordar el fiat
pronunciado por María en el momento de la Anunciación, en la
plaza de San Pedro el 25 de marzo de 1984, en unión espiritual con
todos los Obispos del mundo, precedentemente « convocados », el Papa
consagra a todos los hombres y pueblos al Corazón Inmaculado de María,
en un tono que evoca las angustiadas palabras pronunciadas en 1981.
« Y por eso, oh Madre de los hombres y de los pueblos, Tú
que conoces todos sus sufrimientos y esperanzas, tú que sientes
maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz
y las tinieblas que invaden el mundo contemporáneo, acoge nuestro
grito que, movidos por el Espíritu Santo, elevamos directamente a
tu corazón: abraza con amor de Madre y de Sierva del Señor
a este mundo humano nuestro, que te confiamos y consagramos, llenos
de inquietud por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los
pueblos.
De modo especial confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas
naciones, que tienen necesidad particular de esta entrega y de
esta consagración.
¡“Nos acogemos a tu protección, Santa Madre de Dios”!
¡No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras
necesidades! ».
Acto seguido, el Papa continúa con mayor fuerza y con referencias
más concretas, comentando casi el triste cumplimiento del Mensaje de
Fátima:
« He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo,
ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia,
unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí
mismo al Padre cuando dijo: “Yo por ellos me santifico, para que
ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19). Queremos
unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por
los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de
conseguir el perdón y de procurar la reparación.
El poder de esta consagracióndura por siempre, abarca a
todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el
espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del
hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro
tiempo.
¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración
para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo,
en unión con Cristo mismo! En efecto, la obra redentora de Cristo
debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.
Lo manifiesta el presente Año de la Redención, el Jubileo
extraordinario de toda la Iglesia.
En este Año Santo, bendita seas por encima de todas las
creaturas, tú, Sierva del Señor, que de la manera más plena
obedeciste a la llamada divina.
Te saludamos a ti, que estás totalmente unida a la
consagración redentora de tu Hijo.
Madre de la Iglesia: ilumina al Pueblo de Dios en los caminos de
la fe, de la esperanza y de la caridad. Ilumina especialmente a los
pueblos de los que tú esperas nuestra consagración y nuestro
ofrecimiento. Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de
Cristo por toda la familia humana del mundo actual.
Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos,
te confiamos también la misma consagración del mundo,
poniéndola en tu corazón maternal.
¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que
tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y
que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre la vida presente
y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro.
¡Del hambre y de la guerra, líbranos!
¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de
todo tipo de guerra, líbranos!
¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer
instante, líbranos!
¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de
Dios, líbranos!
¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e
internacional, líbranos!
¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!
¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad
misma de Dios, líbranos!
¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!
¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos!
Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de
todos los hombres. Lleno del sufrimiento de sociedades
enteras.
Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado,
el pecado del hombre y el « pecado del mundo », el pecado en todas
sus manifestaciones.
Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito
poder salvador de la Redención: poder del Amor misericordioso. Que
éste detenga el mal.Que transforme las conciencias.Que en tu Corazón
Inmaculado se abra a todos la luz de la Esperanza».4
Sor Lucía confirmó personalmente que este acto solemne y
universal de consagración correspondía a los deseos de Nuestra Señora
(« Sim, està feita, tal como Nossa Senhora a pediu, desde o dia
25 de Março de 1984 »: « Sí, desde el 25 de marzo de 1984, ha
sido hecha tal como Nuestra Señora había pedido »: carta del 8 de
noviembre de 1989). Por tanto, toda discusión, así como cualquier
otra petición ulterior, carecen de fundamento.
En la documentación que se ofrece, a los manuscritos de Sor Lucía
se añaden otros cuatro textos: 1) la carta del Santo Padre a Sor Lucía,
del 19 de abril del 2000; 2) una descripción del coloquio tenido con
Sor Lucía el 27 de abril del 2000; 3) la comunicación leída por
encargo del Santo Padre en Fátima el 13 de mayo actual por el
Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado; 4) el comentario teológico
de Su Eminencia el Card. Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe.
Una indicación para la interpretación de la tercera parte del «
secreto » la había ya insinuado Sor Lucía en una carta al Santo
Padre del 12 de mayo de 1982. En ella se dice:
« La tercera parte del secreto se refiere a las palabras de
Nuestra Señora: “Si no [Rusia] diseminará sus errores por el
mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos
serán martirizados, el Santo Padre sufrirá mucho, varias naciones
serán destruidas” (13-VII-1917).
La tercera parte es una revelación simbólica, que se refiere
a esta parte del Mensaje, condicionado al hecho de que aceptemos o
no lo que el mismo Mensaje pide: “si aceptaren mis peticiones, la
Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, diseminará sus errores
por el mundo, etc.”.
Desde el momento en que no hemos tenido en cuenta este
llamamiento del Mensaje, constatamos que se ha cumplido, Rusia ha
invadido el mundo con sus errores. Y, aunque no constatamos aún la
consumación completa del final de esta profecía, vemos que nos
encaminamos poco a poco hacia ella a grandes pasos. Si no
renunciamos al camino del pecado, del odio, de la venganza, de la
injusticia violando los derechos de la persona humana, de
inmoralidad y de violencia, etc.
Y no digamos que de este modo es Dios que nos castiga; al
contrario, son los hombres que por sí mismos se preparan el
castigo. Dios nos advierte con premura y nos llama al buen camino,
respetando la libertad que nos ha dado; por eso los hombres son
responsables ».5
La decisión del Santo Padre Juan Pablo II de hacer pública la
tercera parte del « secreto » de Fátima cierra una página de
historia, marcada por la trágica voluntad humana de poder y de
iniquidad, pero impregnada del amor misericordioso de Dios y de la
atenta premura de la Madre de Jesús y de la Iglesia.
La acción de Dios, Señor de la Historia, y la corresponsabilidad
del hombre en su dramática y fecunda libertad, son los dos goznes
sobre los que se construye la historia de la humanidad.
La Virgen que se apareció en Fátima nos llama la atención sobre
estos dos valores olvidados, sobre este porvenir del hombre en Dios,
del que somos parte activa y responsable.
Tarcisio Bertone, SDB
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario de la Congregación
para la Doctrina de la Fe
EL
« SECRETO » DE FATIMA
PRIMERA
Y SEGUNDA PARTE DEL « SECRETO »
EN
LA REDACCIÓN HECHA POR SOR LUCÍA
EN LA « TERCERA MEMORIA » DEL 31 DE AGOSTO DE 1941
DESTINADA AL OBISPO DE LEIRIA-FÁTIMA
(texto
original)1
EL
« SECRETO » DE FATIMA
PRIMERA
Y SEGUNDA PARTE DEL « SECRETO »
EN
LA REDACCIÓN HECHA POR SOR LUCÍA
EN LA « TERCERA MEMORIA » DEL 31 DE AGOSTO DE 1941
DESTINADA AL OBISPO DE LEIRIA-FÁTIMA
(Traducción) 6
Tendré que hablar algo del secreto, y
responder al primer punto interrogativo.
¿Qué es el secreto? Me parece que lo puedo decir, pues ya tengo
licencia del Cielo. Los representantes de Dios en la tierra me han
autorizado a ello varias veces y en varias cartas; juzgo que V. Excia.
Rvma. conserva una de ellas, del R. P. José Bernardo Gonçalves,
aquella en que me manda escribir al Santo Padre. Uno de los puntos que
me indica es la revelación del secreto. Sí, ya dije algo; pero, para
no alargar más ese escrito que debía ser breve, me limité a lo
indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más
favorable.
Pues bien; ya expuse en el segundo escrito, la duda que, desde el
13 de junio al 13 de julio, me atormentó; y cómo en esta aparición
todo se desvaneció.
Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las
cuales voy a revelar dos.
La primera fue, pues, la visión del infierno.
Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar
debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las
almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con
forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas
que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían
hacia todos los lados, parecidas al caer de las pavesas en los grandes
incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de
desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los
demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de
animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.
Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena
Madre del Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de
llevarnos al Cielo! (en la primera aparición). De no haber sido así,
creo que hubiésemos muerto de susto y pavor.
Inmediatamente levantamos los ojos hacia Nuestra Señora que nos
dijo con bondad y tristeza:
— Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres
pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la
devoción a mi Inmaculado Corazón. Si se hace lo que os voy a decir,
se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra pronto terminará.
Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI
comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz
desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a
castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del
hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para
impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado
Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se
atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no,
esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y
persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo
Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas.
Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará
a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo
de paz.7
TERCERA
PARTE DEL « SECRETO »
(texto
original)2
TERCERA
PARTE DEL « SECRETO »
(Traducción)8
« J.M.J.
Tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la
Cueva de Iria-Fátima.
Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio
de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la
Santísima Madre vuestra y mía.
Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado
izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con
una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas
que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto
con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha
dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano
derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!
Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: « algo semejante a como se
ven las personas en un espejo cuando pasan ante él » a un Obispo
vestido de Blanco « hemos tenido el presentimiento de que fuera el
Santo Padre ». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y
religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran
Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el
Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio
en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de
dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba
por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los
pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le
dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo
murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y
religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas
clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles
cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales
recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que
se acercaban a Dios.
Tuy-3-1-1944 ».
INTERPRETACIÓN
DEL « SECRETO »
CARTA
DE JUAN PABLO II
A
SOR LUCÍA
(texto
original)
CARTA
DE JUAN PABLO II
A
SOR LUCÍA
(Traducción)9
Reverenda
Sor
María Lucía
Convento de Coimbra
En el júbilo de las fiestas pascuales, le presento el augurio de
Cristo Resucitado a sus discípulos: « ¡la paz esté contigo! »
Tendré el gusto de poder encontrarme con Usted en el tan esperado
día de la beatificación de Francisco y Jacinta que, si Dios quiere,
beatificaré el próximo 13 de mayo.
Sin embargo, teniendo en cuenta que ese día no habrá tiempo para
un coloquio, sino sólo para un breve saludo, he encargado ex profeso
a Su Excelencia Monseñor Tarcisio Bertone, Secretario de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, que vaya a hablar con Usted.
Se trata de la Congregación que colabora más estrechamente con el
Papa para la defensa de la fe católica y que ha conservado desde
1957, como Usted sabe, su carta manuscrita que contiene la tercera
parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria,
Fátima.
Monseñor Bertone, acompañado del Obispo de Leiria, su Excelencia
Monseñor Serafim de Sousa Ferreira e Silva, va en mi nombre para
hacerle algunas preguntas sobre la interpretación de la « tercera
parte del secreto ».
Reverenda Sor Lucía, puede hablar abierta y sinceramente a Monseñor
Bertone, que me referirá sus respuestas directamente a mí.
Ruego ardientemente a la Madre del Resucitado por Usted, por la
Comunidad de Coimbra y por toda la Iglesia.
María, Madre de la humanidad peregrina, nos mantenga siempre
estrechamente unidos a Jesús, su amado Hijo y Hermano nuestro, Señor
de la vida y de la gloria.
Con una especial Bendición Apostólica.
JUAN PABLO II
Vaticano, 19 de abril de 2000.
COLOQUIO
CON SOR MARÍA LUCÍA DE JESÚS
Y DEL INMACULADO CORAZÓN
La cita de Sor Lucía con Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone,
Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encargado
por el Santo Padre, y de Su Excia. Mons. Serafim de Sousa Ferreira e
Silva, Obispo de Leiria-Fátima, tuvo lugar el pasado jueves 27 de
abril en el Carmelo de Santa Teresa de Coimbra.
Sor Lucía estaba lúcida y serena; estaba muy contenta del viaje
del Papa a Fátima para la beatificación, que ella tanto esperaba, de
Francisco y Jacinta.
El Obispo de Leiria-Fátima leyó la carta autógrafa del Santo
Padre que explicaba los motivos de la visita. Sor Lucía se sintió
honrada y la releyó personalmente, teniéndola en sus propias manos.
Dijo estar dispuesta a responder francamente a todas las preguntas.
Llegados a este punto, Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone le presentó
dos sobres, uno externo y otro dentro con la carta que contenía la
tercera parte del « secreto » de Fátima, y ella dijo
inmediatamente, tocándola con los dedos: « es mi carta »; y después,
leyéndola: « es mi letra ».
Con la ayuda del Obispo de Leiria-Fátima, se leyó e interpretó
el texto original, que está en portugués. Sor Lucía estuvo de
acuerdo en la interpretación según la cual la tercera parte del
secreto consiste en una visión profética comparable a las de la
historia sagrada. Reiteró su convicción de que la visión de Fátima
se refiere sobre todo a la lucha del comunismo ateo contra la Iglesia
y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de las víctimas
de la fe en el siglo XX.
A la pregunta: « El personaje principal de la visión, ¿es el
Papa? », Sor Lucía respondió de inmediato que sí y recuerda que
los tres pastorcitos estaban muy apenados por el sufrimiento del Papa
y Jacinta repetía: « Coitandinho do Santo Padre, tenho muita pena
dos peccadores! » (« ¡Pobrecito el Santo Padre, me da mucha
pena de los pecadores! »). Sor Lucía continúa: « Nosotros no sabíamos
el nombre del Papa, la Señora no nos ha dicho el nombre del Papa, no
sabíamos si era Benedicto XV o Pío XII o Pablo VI o Juan Pablo II,
pero era el Papa que sufría y nos hacía sufrir también a nosotros
».
Por lo que se refiere al pasaje sobre el obispo vestido de blanco,
esto es, el Santo Padre —como se dieron cuenta inmediatamente los
pastorcitos durante la “visión”—, que es herido de muerte y cae
por tierra, Sor Lucía está completamente de acuerdo con la afirmación
del Papa: « una mano materna guió la trayectoria de la bala, y el
Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II,
Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos,
13 de mayo de 1994).
Puesto que Sor Lucía, antes de entregar al entonces Obispo de
Leiria-Fátima el sobre lacrado que contenía la tercera parte del «
secreto », había escrito en el sobre exterior que sólo podía ser
abierto después de 1960, por el Patriarca de Lisboa o por el Obispo
de Leiria, Su Excia. Mons. Bertone le preguntó: « ¿por qué la
fecha tope de 1960? ¿Ha sido la Virgen quien ha indicado esa fecha?
Sor Lucía respondió: « no ha sido la Señora, sino yo la que ha
puesto la fecha de 1960, porque según mi intuición, antes de 1960 no
se hubiera entendido, se habría comprendido sólo después. Ahora se
puede entender mejor. Yo he escrito lo que he visto, no me corresponde
a mí la interpretación, sino al Papa ».
Finalmente, se mencionó el manuscrito no publicado que Sor Lucía
ha preparado como respuesta a tantas cartas de devotos de la Virgen y
de peregrinos. La obra lleva el título « Os apelos da Mensagen da
Fatima » y recoge pensamientos y reflexiones que expresan sus
sentimientos y su límpida y simple espiritualidad, en clave catequética
y parenética. Se le preguntó si le gustaría que la publicaran, y ha
respondido: « Si el Santo Padre está de acuerdo, me encantaría, si
no, obedezco a lo que decida el Santo Padre ». Sor Lucía desea
someter el texto a la aprobación de la Autoridad eclesiástica, y
tiene la esperanza de poder contribuir con su escrito a guiar a los
hombres y mujeres de buena voluntad por el camino que conduce a Dios,
última meta de toda esperanza humana.
El coloquio se concluyó con un intercambio de rosarios: a Sor Lucía
se le dio el que le había regalado el Santo Padre y ella, a su vez,
entrega algunos rosarios confeccionados por ella personalmente.
La bendición impartida en nombre del Santo Padre concluyó el
encuentro.
COMUNICADO DE SU EMINENCIA
EL CARD. ANGELO SODANO
SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD
Al final de la solemne Concelebración Eucarística presidida
por Juan Pablo II en Fátima, el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de
Estado, ha pronunciado en portugués las palabras que aquí
reproducimos en traducción española.
Hermanos y hermanas en el Señor:
Al concluir esta solemne celebración, siento el deber de presentar
a nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II la felicitación más
cordial, en nombre de todos los presentes, por su próximo 80°
cumpleaños, agradeciéndole su valioso ministerio pastoral en favor
de toda la Santa Iglesia de Dios.
En la solemne circunstancia de su venida a Fátima, el Sumo Pontífice
me ha encargado daros un anuncio. Como es sabido, el objetivo de su
venida a Fátima ha sido la beatificación de los dos
“pastorinhos”. Sin embargo, quiere atribuir también a esta
peregrinación suya el valor de un renovado gesto de gratitud hacia la
Virgen por la protección que le ha dispensado durante estos años de
pontificado. Es una protección que parece que guarde relación también
con la llamada “tercera parte” del secreto de Fátima.
Este texto es una visión profética comparable a la de la Sagrada
Escritura, que no describe con sentido fotográfico los detalles de
los acontecimientos futuros, sino que sintetiza y condensa sobre un
mismo fondo hechos que se prolongan en el tiempo en una sucesión y
con una duración no precisadas. Por tanto, la clave del lectura del
texto ha de ser de carácter simbólico.
La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los
sistemas ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el
inmenso sufrimiento de los testigos de la fe del último siglo del
segundo milenio. Es un interminable Via Crucis dirigido por los
Papas del Siglo XX.
Según la interpretación de los pastorinhos, interpretación
confirmada recientemente por Sor Lucia, el « Obispo vestido de blanco
» que ora por todos los fieles es el Papa. También él, caminando
con fatiga hacia la Cruz entre los cadáveres de los martirizados
(obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosos laicos), cae
a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego.
Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le
pareció claro que había sido « una mano materna quien guió la
trayectoria de la bala », permitiendo al « Papa agonizante » que se
detuviera « en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II, Meditación
desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos, en: Insegnamenti,
vol. XVII1, 1994, p. 1061). Con ocasión de una visita a Roma del
entonces Obispo de Leiria-Fátima, el Papa decidió entregarle la
bala, que quedó en el jeep después del atentado, para que se
custodiase en el Santuario. Por iniciativa del Obispo, la misma fue
después engarzada en la corona de la imagen de la Virgen de Fátima.
Los sucesivos acontecimiento del año 1989 han llevado, tanto en la
Unión Soviética como en numerosos Países del Este, a la caída del
régimen comunista que propugnaba el ateísmo. También por esto el
Sumo Pontífice le está agradecido a la Virgen desde lo profundo del
corazón. Sin embargo, en otras partes del mundo los ataques contra la
Iglesia y los cristianos, con la carga de sufrimiento que conllevan,
desgraciadamente no han cesado. Aunque las vicisitudes a las que se
refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen ya pertenecer
al pasado, la llamada de la Virgen a la conversión y a la penitencia,
pronunciada al inicio del siglo XX, conserva todavía hoy una
estimulante actualidad. « La Señora del mensaje parecía leer con
una perspicacia especial los signos de los tiempos, los signos de
nuestro tiempo ... La invitación insistente de María santísima a la
penitencia es la manifestación de su solicitud materna por el destino
de la familia humana, necesitada de conversión y perdón » (Juan
Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 1997, n.
1, en: Insegnamenti, vol. XIX2, 1996, p. 561).
Para permitir que los fieles reciban mejor el mensaje de la Virgen
de Fátima, el Papa ha confiado a la Congregación para la Doctrina de
la Fe la tarea de hacer pública la tercera parte del « secreto »,
después de haber preparado un oportuno comentario.
Hermanos y hermanas, agradecemos a la Virgen de Fátima su protección.
A su materna intercesión confiamos la Iglesia del Tercer Milenio.
Sub tuum praesidium confugimus, Santa Dei Genetrix! Intercede
pro Ecclesia. Intercede pro Papa nostro Ioanne Paulo II. Amen.
Fátima, 13 de mayo de 2000.
COMENTARIO TEOLÓGICO
Quien lee con atención el texto del llamado tercer “secreto”
de Fátima, que tras largo tiempo, por voluntad del Santo Padre, viene
publicado aquí en su integridad, tal vez quedará desilusionado o
asombrado después de todas las especulaciones que se han hecho. No se
revela ningún gran misterio; no se ha corrido el velo del futuro.
Vemos a la Iglesia de los mártires del siglo apenas transcurrido
representada mediante una escena descrita con un lenguaje simbólico
difícil de descifrar. ¿Es esto lo que quería comunicar la Madre del
Señor a la cristiandad, a la humanidad en un tiempo de grandes
problemas y angustias? ¿Nos es de ayuda al inicio del nuevo milenio?
O más bien ¿son solamente proyecciones del mundo interior de unos niños
crecidos en un ambiente de profunda piedad, pero que a la vez estaban
turbados por las tragedias que amenazaban su tiempo? ¿Cómo debemos
entender la visión, qué hay que pensar de la misma?
Revelación pública y revelaciones privadas — su lugar
teológico
Antes de iniciar un intento de interpretación, cuyas líneas
esenciales se pueden encontrar en la comunicación que el Cardenal
Sodano pronunció el 13 de mayo de este año al final de la celebración
eucarística presidida por el Santo Padre en Fátima, es necesario
hacer algunas aclaraciones de fondo sobre el modo en que, según la
doctrina de la Iglesia, deben ser comprendidos dentro de la vida de fe
fenómenos como el de Fátima. La doctrina de la Iglesia distingue
entre la « revelación pública » y las « revelaciones privadas ».
Entre estas dos realidades hay una diferencia, no sólo de grado, sino
de esencia. El término « revelación pública » designa la acción
reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su
expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el Antiguo y el
Nuevo Testamento. Se llama « revelación » porque en ella Dios se ha
dado a conocer progresivamente a los hombres, hasta el punto de
hacerse él mismo hombre, para atraer a sí y para reunir en sí a
todo el mundo por medio del Hijo encarnado, Jesucristo. No se trata,
pues, de comunicaciones intelectuales, sino de un proceso vital, en el
cual Dios se acerca al hombre; naturalmente en este proceso se
manifiestan también contenidos que tienen que ver con la inteligencia
y con la comprensión del misterio de Dios. El proceso atañe al
hombre total y, por tanto, también a la razón, aunque no sólo a
ella. Puesto que Dios es uno solo, también es única la historia que
él comparte con la humanidad; vale para todos los tiempos y encuentra
su cumplimiento con la vida, la muerte y la resurrección de
Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es decir, se ha manifestado
así mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la
realización del misterio de Cristo que ha encontrado su expresión en
el Nuevo Testamento. El Catecismo de la Iglesia Católica, para
explicar este carácter definitivo y completo de la revelación, cita
un texto de San Juan de la Cruz: « Porque en darnos, como nos dio a
su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló
junto y de una vez en esta sola Palabra...; porque lo que hablaba
antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos
al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar
a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una
necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo los ojos
totalmente en Cristo, sin querer cosa otra alguna o novedad » (n. 65,
Subida al Monte Carmelo, 2, 22).
El hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos los
pueblos se haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él
recogido en los libros del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia con
el acontecimiento único de la historia sagrada y de la palabra de la
Biblia, que garantiza e interpreta este acontecimiento, pero no
significa que la Iglesia ahora sólo pueda mirar al pasado y esté así
condenada a una estéril repetición. El Catecismo de la Iglesia Católica
dice a este respecto: « Sin embargo, aunque la Revelación esté
acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe
cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso
de los siglos » (n. 66). Estos dos aspectos, el vínculo con el carácter
único del acontecimiento y el progreso en su comprensión, están muy
bien ilustrados en los discursos de despedida del Señor, cuando antes
de partir les dice a los discípulos: « Mucho tengo todavía que
deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu
de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará
por su cuenta... Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os
lo anunciará a vosotros » (Jn 16, 12-14). Por una parte el
Espíritu, que hace de guía y abre así las puertas a un
conocimiento, del cual antes faltaba el presupuesto que permitiera
acogerlo; es ésta la amplitud y la profundidad nunca alcanzada de la
fe cristiana. Por otra parte, este guiar es un « tomar » del tesoro
de Jesucristo mismo, cuya profundidad inagotable se manifiesta en esta
conducción por parte del Espíritu. A este respecto el Catecismo cita
una palabra densa del Papa Gregorio Magno: « la comprensión de las
palabras divinas crece con su reiterada lectura » (Catecismo de la
Iglesia Católica, 94; Gregorio, In Ez 1, 7, 8). El
Concilio Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se realiza
la guía del Espíritu Santo en la Iglesia y, en consecuencia, el «
crecimiento de la Palabra »: éste se lleva a cabo a través de la
meditación y del estudio por parte de los fieles, por medio del
conocimiento profundo, que deriva de la experiencia espiritual y por
medio de la predicación de « los obispos, sucesores de los Apóstoles
en el carisma de la verdad » (Dei Verbum, 8).
En este contexto es posible entender correctamente el concepto de
« revelación privada », que se refiere a todas las visiones y
revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento;
es ésta la categoría dentro de la cual debemos colocar el mensaje de
Fátima. Escuchemos aún a este respecto antes de nada el Catecismo
de la Iglesia Católica: « A lo largo de los siglos ha habido
revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido
reconocidas por la autoridad de la Iglesia... Su función no es la
de... “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de
ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia
» (n. 67). Se deben aclarar dos cosas:
1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente
diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en
efecto, en ella, a través de palabras humanas y de la mediación de
la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La fe en
Dios y en su Palabra se distingue de cualquier otra fe, confianza u
opinión humana. La certeza de que Dios habla me da la seguridad de
que encuentro la verdad misma y, de ese modo, una certeza que no puede
darse en ninguna otra forma humana de conocimiento. Es la certeza
sobre la cual edifico mi vida y a la cual me confío al morir.
2. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta
como creíble precisamente porque remite a la única revelación pública.
El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, dice al
respecto en su clásico tratado, que después llegó a ser normativo
para las beatificaciones y canonizaciones: « No se debe un
asentimiento de fe católica a revelaciones aprobadas en tal modo; no
es ni tan siquiera posible. Estas revelaciones exigen más bien un
asentimiento de fe humana, según las reglas de la prudencia, que nos
las presenta como probables y piadosamente creíbles ». El teólogo
flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia, afirma sintéticamente
que la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene
tres elementos: el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya
contra la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo publico, y
los fieles están autorizados a darle en forma prudente su adhesión
(E. Dhanis, Sguardo su Fatima e bilancio di una discussione,
en: La Civiltà Cattolica 104, 1953, II. 392-406, en particular
397). Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y
vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por eso no se debe
descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer
uso de la misma.
El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es,
pues, su orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él,
cuando se hace autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como otro
y mejor designio de salvación, más importante que el Evangelio,
entonces no viene ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia
el interior del Evangelio y no fuera del mismo. Esto no excluye que
dicha revelación privada acentúe nuevos aspectos, suscite nuevas
formas de piedad o profundice y extienda las antiguas. Pero, en
cualquier caso, en todo esto debe tratarse de un apoyo para la fe, la
esperanza y la caridad, que son el camino permanente de salvación
para todos. Podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas
provienen sobre todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan
nuevos impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no excluye que
tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran
las fiestas del Corpus Domini y del Sagrado Corazón de Jesús.
Desde un cierto punto de vista, en la relación entre liturgia y
piedad popular se refleja la relación entre Revelación y
revelaciones privadas: la liturgia es el criterio, la forma vital de
la Iglesia en su conjunto, alimentada directamente por el Evangelio.
La religiosidad popular significa que la fe está arraigada en el
corazón de todos los pueblos, de modo que se introduce en la esfera
de lo cotidiano. La religiosidad popular es la primera y fundamental
forma de « inculturación » de la fe, que debe dejarse orientar y
guiar continuamente por las indicaciones de la liturgia, pero que a su
vez fecunda la fe a partir del corazón.
Hemos pasado así de las precisiones más bien negativas, que eran
necesarias antes de nada, a la determinación positiva de las
revelaciones privadas: ¿cómo se pueden clasificar de modo correcto a
partir de la Sagrada Escritura? ¿Cuál es su categoría teológica?
La carta más antigua de San Pablo que nos ha sido conservada, tal vez
el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los
Tesalonicenses, me parece que ofrece una indicación. El Apóstol dice
en ella: « No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías;
examinad cada cosa y quedaos con lo que es bueno » (5, 19-21). En
todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía,
que debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A este
respecto, es necesario tener presente que la profecía en el sentido
de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la
voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto camino
hacia el futuro. El que predice el futuro se encuentra con la
curiosidad de la razón, que desea apartar el velo del porvenir; el
profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del pensamiento y aclara
la voluntad de Dios como exigencia e indicación para el presente. La
importancia de la predicción del futuro en este caso es secundaria.
Lo esencial es la actualización de la única revelación, que me
afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o también
consuelo o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede
relacionar el carisma de la profecía con la categoría de los «
signos de los tiempos », que ha sido subrayada por el Vaticano II: «
...sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no
exploráis, pues, este tiempo? » (Lc 12, 56). En esta parábola
de Jesús por « signos de los tiempos » debe entenderse su propio
camino, el mismo Jesús. Interpretar los signos de los tiempos a la
luz de la fe significa reconocer la presencia de Cristo en todos los
tiempos. En las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia —y
por tanto también en Fátima— se trata de esto: ayudarnos a
comprender los signos de los tiempos y a encontrar la justa respuesta
desde la fe ante ellos.
La estructura antropológica de las revelaciones privadas
Una vez que con las precedentes reflexiones hemos tratado de
determinar el lugar teológico de las revelaciones privadas, antes de
ocuparnos de una interpretación del mensaje de Fátima, debemos aún
intentar aclarar brevemente un poco su carácter antropológico
(psicológico). La antropología teológica distingue en este ámbito
tres formas de percepción o « visión »: la visión con los
sentidos, es decir la percepción externa corpórea, la percepción
interior y la visión espiritual (visio sensibilis – imaginativa
– intellectualis). Está claro que en las visiones de Lourdes, Fátima,
etc. no se trata de la normal percepción externa de los sentidos: las
imágenes y las figuras, que se ven, no se hallan exteriormente en el
espacio, como se encuentran un árbol o una casa. Esto es
absolutamente evidente, por ejemplo, por lo que se refiere a la visión
del infierno (descrita en la primera parte del « secreto » de Fátima)
o también la visión descrita en la tercera parte del « secreto »,
pero puede demostrarse con mucha facilidad también en las otras
visiones, sobre todo porque no todos los presentes las veían, sino de
hecho sólo los « videntes ». Del mismo modo es obvio que no se
trata de una « visión » intelectual, sin imágenes, como se da en
otros grados de la mística. Aquí se trata de la categoría
intermedia, la percepción interior, que ciertamente tiene en el
vidente la fuerza de una presencia que, para él, equivale a la
manifestación externa sensible.
Ver interiormente no significa que se trate de fantasía, como si
fuera sólo una expresión de la imaginación subjetiva. Más bien
significa que el alma viene acariciada por algo real, aunque
suprasensible, y es capaz de ver lo no sensible, lo no visible por los
sentidos, una especie de visión con los « sentidos internos ». Se
trata de verdaderos « objetos », que tocan el alma, aunque no
pertenezcan a nuestro habitual mundo sensible. Para esto se exige una
vigilancia interior del corazón que generalmente no se tiene a causa
de la fuerte presión de las realidades externas y de las imágenes y
pensamientos que llenan el alma. La persona es transportada más allá
de la pura exterioridad y otras dimensiones más profundas de la
realidad la tocan, se le hacen visibles. Tal vez por eso se puede
comprender por qué los niños son los destinatarios preferidos de
tales apariciones: el alma está aún poco alterada y su capacidad
interior de percepción está aún poco deteriorada. « De la boca de
los niños y de los lactantes has recibido la alabanza », responde
Jesús con una frase del Salmo 8 (v.3) a la crítica de los Sumos
Sacerdotes y de los ancianos, que encuentran inoportuno el grito de «
hosanna » de los niños (Mt 21, 16).
La « visión interior » no es una fantasía, sino una propia y
verdadera manera de verificar, como hemos dicho. Pero conlleva también
limitaciones. Ya en la visión exterior está siempre involucrado el
factor subjetivo; no vemos el objeto puro, sino que llega a nosotros a
través del filtro de nuestros sentidos, que deben llevar a cabo un
proceso de traducción. Esto es aún más evidente en la visión
interior, sobre todo cuando se trata de realidades que sobrepasan en sí
mismas nuestro horizonte. El sujeto, el vidente, está involucrado de
un modo aún más íntimo. Él ve con sus concretas posibilidades, con
las modalidades de representación y de conocimiento que le son
accesibles. En la visión interior se trata, de manera más amplia que
en la exterior, de un proceso de traducción, de modo que el sujeto es
esencialmente copartícipe en la formación como imagen de lo que
aparece. La imagen puede llegar solamente según sus medidas y sus
posibilidades. Tales visiones nunca son simples « fotografías » del
más allá, sino que llevan en sí también las posibilidades y los límites
del sujeto perceptor.
Esto se puede comprender en todas las grandes visiones de los
santos; naturalmente, vale también para las visiones de los niños de
Fátima. Las imágenes que ellos describen no son en absoluto simples
expresiones de su fantasía, sino fruto de una real percepción de
origen superior e interior, pero no son imaginaciones como si por un
momento se quitara el velo del más allá y el cielo apareciese en su
esencia pura, tal como nosotros esperamos verlo un día en la
definitiva unión con Dios. Más bien las imágenes son, por decirlo
así, una síntesis del impulso proveniente de lo Alto y de las
posibilidades de que dispone para ello el sujeto que percibe, esto es,
los niños. Por este motivo, el lenguaje imaginativo de estas visiones
es un lenguaje simbólico. El Cardenal Sodano dice al respecto: « ...
no se describen en sentido fotográfico los detalles de los
acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre un
mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una sucesión
y con una duración no precisadas ». Esta concentración de tiempos y
espacios en una única imagen es típica de tales visiones que, por lo
demás, pueden ser descifradas sólo a posteriori. A este
respecto, no todo elemento visivo debe tener un concreto sentido histórico.
Lo que cuenta es la visión como conjunto, y a partir del conjunto de
imágenes deben ser comprendidos los aspectos particulares. Lo que es
central en una imagen se desvela en último término a partir del
centro de la « profecía » cristiana en absoluto: el centro está
allí donde la visión se convierte en llamada y guía hacia la
voluntad de Dios.
Un intento de interpretación del secreto de Fátima
La primera y segunda parte del secreto de Fátima han sido ya
discutidas tan ampliamente por la literatura especializada que ya no
hay que ilustrarlas más. Quisiera sólo llamar la atención
brevemente sobre el punto más significativo. Los niños han
experimentado durante un instante terrible una visión del infierno.
Han visto la caída de las « almas de los pobres pecadores ». Y se
les dice por qué se les ha hecho pasar por ese momento: para «
salvarlas », para mostrar un camino de salvación. Viene así a la
mente la frase de la Primera Carta de Pedro: « meta de vuestra fe es
la salvación de las almas » (1,9). Para este objetivo se indica como
camino -de un modo sorprendente para personas provenientes del ámbito
cultural anglosajón y alemán- la devoción al Corazón Inmaculado de
María. Para entender esto puede ser suficiente aquí una breve
indicación. « Corazón » significa en el lenguaje de la Biblia el
centro de la existencia humana, la confluencia de razón, voluntad,
temperamento y sensibilidad, en la cual la persona encuentra su unidad
y su orientación interior. El «corazón inmaculado » es, según Mt
5,8, un corazón que a partir de Dios ha alcanzado una perfecta
unidad interior y, por lo tanto, « ve a Dios ». La « devoción »
al Corazón Inmaculado de María es, pues, un acercarse a esta actitud
del corazón, en la cual el « fiat » —hágase tu
voluntad— se convierte en el centro animador de toda la existencia.
Si alguno objetara que no debemos interponer un ser humano entre
nosotros y Cristo, se le debería recordar que Pablo no tiene reparo
en decir a sus comunidades: imitadme (1 Co 4, 16; Flp 3,17;
1 Ts 1,6; 2 Ts 3,7.9). En el Apóstol pueden constatar
concretamente lo que significa seguir a Cristo. ¿De quién podremos
nosotros aprender mejor en cualquier tiempo si no de la Madre del Señor?
Llegamos así, finalmente, a la tercera parte del « secreto » de
Fátima publicado íntegramente aquí por primera vez. Como se
desprende de la documentación precedente, la interpretación que el
Cardenal Sodano ha dado en su texto del 13 de mayo, había sido
presentada anteriormente a Sor Lucia en persona. A este respecto, Sor
Lucia ha observado en primer lugar que a ella misma se le dio la visión,
no su interpretación. La interpretación, decía, no es competencia
del vidente, sino de la Iglesia. Ella, sin embargo, después de la
lectura del texto, ha dicho que esta interpretación correspondía a
lo que ella había experimentado y que, por su parte, reconocía dicha
interpretación como correcta. En lo que sigue, pues, se podrá sólo
intentar dar un fundamento más profundo a dicha interpretación a
partir de los criterios hasta ahora desarrollados.
Como palabra clave de la primera y de la segunda parte del «
secreto » hemos descubierto la de « salvar las almas », así como
la palabra clave de este « secreto » es el triple grito: « ¡Penitencia,
Penitencia, Penitencia! ». Viene a la mente el comienzo del
Evangelio: « paenitemini et credite evangelio » (Mc 1,15).
Comprender los signos de los tiempos significa comprender la urgencia
de la penitencia, de la conversión y de la fe. Esta es la respuesta
adecuada al momento histórico, que se caracteriza por grandes
peligros y que serán descritos en las imágenes sucesivas. Me permito
insertar aquí un recuerdo personal: en una conversación conmigo Sor
Lucia me dijo que le resultaba cada vez más claro que el objetivo de
todas las apariciones era el de hacer crecer siempre más en la fe, en
la esperanza y en la caridad. Todo el resto era sólo para conducir a
esto.
Examinemos ahora más de cerca cada imagen. El ángel con la espada
de fuego a la derecha de la Madre de Dios recuerda imágenes análogas
en el Apocalipsis. Representa la amenaza del juicio que incumbe sobre
el mundo. La perspectiva de que el mundo podría ser reducido a
cenizas en un mar de llamas, hoy no es considerada absolutamente pura
fantasía: el hombre mismo ha preparado con sus inventos la espada de
fuego. La visión muestra después la fuerza que se opone al poder de
destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre
de él, la llamada a la penitencia. De ese modo se subraya la
importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado
de un modo inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una película
anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la visión
tiene lugar en realidad sólo para llamar la atención sobre la
libertad y para dirigirla en una dirección positiva. El sentido de la
visión no es el de mostrar una película sobre el futuro ya fijado de
forma irremediable. Su sentido es exactamente el contrario, el de
movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien. Por eso están
totalmente fuera de lugar las explicaciones fatalísticas del «
secreto » que, por ejemplo, dicen que el atentador del 13 de mayo de
1981 habría sido en definitiva un instrumento del plan divino guiado
por la Providencia y que, por tanto, no habría actuado libremente, así
como otras ideas semejantes que circulan. La visión habla más bien
de los peligros y del camino para salvarse de los mismos.
Las siguientes frases del texto muestran una vez más muy
claramente el carácter simbólico de la visión: Dios permanece el
inconmensurable y la luz que supera todas nuestras visiones. Las
personas humanas aparecen como en un espejo. Debemos tener siempre
presente esta limitación interna de la visión, cuyos confines están
aquí indicados visivamente. El futuro se muestra sólo « como en un
espejo de manera confusa » (cf. 1 Co 13,12). Tomemos ahora en
consideración cada una de las imágenes que siguen en el texto del «
secreto ». El lugar de la acción aparece descrito con tres símbolos:
una montaña escarpada, una grande ciudad medio en ruinas y,
finalmente, una gran cruz de troncos rústicos. Montaña y ciudad
simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como costosa
subida hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad
y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las
destrucciones, en las cuales el hombre destruye la obra de su propio
trabajo. La ciudad puede ser el lugar de comunión y de progreso, pero
también el lugar del peligro y de la amenaza más extrema. Sobre la
montaña está la cruz, meta y punto de orientación de la historia.
En la cruz la destrucción se transforma en salvación; se levanta
como signo de la miseria de la historia y como promesa para la misma.
Aparecen después aquí personas humanas: el Obispo vestido de
blanco (« hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre
»), otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y, finalmente,
hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales. El Papa
parece que precede a los otros, temblando y sufriendo por todos los
horrores que lo rodean. No sólo las casas de la ciudad están medio
en ruinas, sino que su camino pasa en medio de los cuerpos de los
muertos. El camino de la Iglesia se describe así como un viacrucis,
como camino en un tiempo de violencia, de destrucciones y de
persecuciones. Se puede ver representada en esta imagen la historia de
todo un siglo. Del mismo modo que los lugares de la tierra están sintéticamente
representados en las dos imágenes de la montaña y de la ciudad y están
orientados hacia la cruz, también los tiempos son presentados de
forma compacta. En la visión podemos reconocer el siglo pasado como
siglo de los mártires, como siglo de los sufrimientos y de las
persecuciones contra la Iglesia, como el siglo de las guerras
mundiales y de muchas guerras locales que han llenado toda su segunda
mitad y han hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el «
espejo » de esta visión vemos pasar a los testigos de la fe de
decenios. A este respecto, parece oportuno mencionar una frase de la
carta que Sor Lucia escribió al Santo Padre el 12 de mayo de 1982: «
la tercera parte del “secreto” se refiere a las palabras de
Nuestra Señora: “Si no (Rusia) diseminará sus errores por el
mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos
serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias
naciones serán destruidas” ».
En el viacrucis de este siglo, la figura del Papa tiene un
papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar
indicados con seguridad juntos diversos Papas, que empezando por Pío
X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de este siglo y
se han esforzado por avanzar entre ellas por el camino que lleva a la
cruz. En la visión también el Papa es matado en el camino de los mártires.
¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de
mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del «
secreto », reconocer en él su propio destino? Había estado muy
cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse
salvado, con las siguientes palabras: « ...fue una mano materna a
guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el
umbral de la muerte » (13 de mayo de 1994). Que una « mano materna
» haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no
existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas,
que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más
fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones.
La conclusión del « secreto » recuerda imágenes que Lucía
puede haber visto en libros de piedad y cuyo contenido deriva de
antiguas intuiciones de fe. Es una visión consoladora, que quiere
hacer maleable por el poder salvador de Dios una historia de sangre y
lágrimas. Los ángeles recogen bajo los brazos de la cruz la sangre
de los mártires y riegan con ella las almas que se acercan a Dios. La
sangre de Cristo y la sangre de los mártires están aquí
consideradas juntas: la sangre de los mártires fluye de los brazos de
la cruz. Su martirio se lleva a cabo de manera solidaria con la pasión
de Cristo y se convierte en una sola cosa con ella. Ellos completan en
favor del Cuerpo de Cristo lo que aún falta a sus sufrimientos (cf. Col
1,24). Su vida se ha convertido en Eucaristía, inserta en el
misterio del grano de trigo que muere y se hace fecundo. La sangre de
los mártires es semilla de cristianos, ha dicho Tertuliano. Así como
de la muerte de Cristo, de su costado abierto, ha nacido la Iglesia,
así la muerte de los testigos es fecunda para la vida futura de la
Iglesia. La visión de la tercera parte del « secreto », tan
angustiosa en su comienzo, se concluye pues con un imagen de
esperanza: ningún sufrimiento es vano y, precisamente, una Iglesia
sufriente, una Iglesia de mártires, se convierte en señal
orientadora para la búsqueda de Dios por parte del hombre. En las
manos amorosas de Dios no han sido acogidos únicamente los que sufren
como Lázaro, que encontró el gran consuelo y representa
misteriosamente a Cristo que quiso ser para nosotros el pobre Lázaro;
hay algo más, del sufrimiento de los testigos deriva una fuerza de
purificación y de renovación, porque es actualización del
sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el presente su eficacia
salvífica.
Hemos llegado así a una última pregunta: ¿Qué significa en su
conjunto (en sus tres partes) el « secreto » de Fátima? ¿Qué nos
dice a nosotros? Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal Sodano: «
...los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del «
secreto » de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado ». En la
medida en que se refiere a acontecimientos concretos, ya pertenecen al
pasado. Quien había esperado en impresionantes revelaciones apocalípticas
sobre el fin del mundo o sobre el curso futuro de la historia debe
quedar desilusionado. Fátima no nos ofrece este tipo de satisfacción
de nuestra curiosidad, del mismo modo que la fe cristiana por lo demás
no quiere y no puede ser un mero alimento para nuestra curiosidad. Lo
que queda de válido lo hemos visto de inmediato al inicio de nuestras
reflexiones sobre el texto del « secreto »: la exhortación a la
oración como camino para la « salvación de las almas » y, en el
mismo sentido, la llamada a la penitencia y a la conversión.
Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del «
secreto », que con razón se ha hecho famosa: « mi Corazón
Inmaculado triunfará ». ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón
abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más
fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de
María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo,
porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a
este « sí » Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así
permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo,
lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque
nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que
Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la
libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el
mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su
valor las palabras de Jesús: « padeceréis tribulaciones en el
mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo » (Jn 16,33).
El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.
Joseph Card. Ratzinger
Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe
NOTAS
(1) Del diario de Juan XXIII, 17 agosto 1959: « Audiencias: P.
Philippe, Comisario del S.O. que me trae la carta que contiene la
tercera parte de los secretos de Fátima. Me reservo leerla con mi
Confesor ».
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