O Seculo (un periódico de Lisboa
por gobierno y anticlerical.
Desde el camino, donde estaban
estacionados los vehículos donde cientos de personas se habían
quedado ya que no querían vencer el lodo, uno podía ver la gran
multitud volverse hacia el sol, que parecía sin nubes y estaba en
su apogeo. Parecía una placa de pura plata y se podía mirar
fijamente sin incomodar. Pudo haber sido un eclipse que sucedía en
ese momento. Pero en ese mismo momento se produjo un gran grito, y
uno podía escuchar a los espectadores más cercanos gritar: ¡un
milagro! ¡un milagro!
Ante el asombro reflejado en los ojos
de los espectadores, cuya semblanza era bíblica ya que todos
tenían la cabeza descubierta, y que buscaban ansiosamente algo en
el cielo, el sol temblaba, hizo ciertos movimientos repentinos fuera
de las leyes cósmicas – el sol "danzaba" de acuerdo a
las expresiones típicas de la gente.
Había un viejecito parado en las
escaleras de un ómnibus con su rostro volteado hacía el sol que
recitaba el credo en alta voz. Pregunté quien era y me dijeron que
era el señor Joao da Cunha Vasconcelos. Lo vi después
dirigiéndose a los que estaban a su alrededor con sus sombreros
puestos y les imploró vehementemente que se descubrieran sus
cabezas ante tan extraordinario milagro.
La gente se preguntaban los unos a
los otros lo que habían visto. La gran mayoría admitió ver el sol
danzando y temblando, otros afirmaban que habían visto el rostro de
la Virgen Santísima. Otros juraron que vieron el sol girar como una
rueda que se acercaba a la tierra como si fuera a quemarla con sus
rayos. Algunos dijeron haber visto cambios de colores sucesivamente.
O Dia (otro diario de Lisboa,
edición 17 de octubre de 1917)
" A la una en punto de la tarde,
mediodía solar, la lluvia cesó, el cielo de color gris nacarado
iluminaba la vasta región árida con una extraña luz. El sol
tenía como un velo de gasa transparente que hacía fácil el
mirarlo fijamente. El tono grisáceo madre perla que se tornó en
una lámina de plata que se rompió cuando las nubes se abrían y el
sol de plata envuelto en el mismo velo de luz gris, se vio girar y
moverse en el circulo de las nubes abiertas. De todas las bocas se
escuchó un gemido y las personas cayeron de rodillas sobre el suelo
fangoso…..
La luz se tornó en un azul precioso,
como si atravesara el vitral de una catedral y esparció sus rayos
sobre las personas que estaban de rodillas con los brazos
extendidos. El azul desapareció lentamente y luego la luz pareció
traspasar un cristal amarillo. La luz amarilla tiñó los pañuelos
blancos, las faldas oscuras de las mujeres. Lo mismo sucedió en los
árboles, las piedras y en la sierra. La gente lloraba y oraba con
la cabeza descubierta ante la presencia del milagro que habían
esperado. Los segundos parecían como horas, así de intensos eran.
Ti Marto (padre de Jacinta y
Francisco)
Podíamos mirar con facilidad el sol,
que por alguna razón no nos cegaba. Parecía titilar primero en un
sentido y luego en otro. Sus rayos se esparcían en muchas
direcciones y pintaban todas las cosas en diferentes colores, los
árboles, la gente el aire y la tierra. Pero lo más extraordinario
para mi era que el sol no lastimaba nuestros ojos. Todo estaba
tranquilo y en silencio y todos miraban hacia arriba. De pronto
pareció que el sol dejó de girar. Luego comenzó a moverse y a
danzar en el cielo, hasta que parecía desprenderse de su lugar y
caer sobre nosotros. Fue un momento terrible.
María Capelinha (una de las
primeras creyentes)
El transformó todo de diferentes
colores – amarillo, azul y blanco, entonces se sacudió y tembló,
parecía una rueda de fuego que caía sobre la gente. Empezaron a
gritar "¡nos va ha matar a todos!", otros clamaron a
nuestro Señor para que los salvara, ellos recitaban el acto de
contrición. Una mujer comenzó a confesar sus pecados en voz alta,
diciendo que había hecho ésto y aquéllo….
Cuando al fin el sol dejó de saltar
y de moverse todos respiramos aliviados. Aun estábamos vivos, y el
milagro predicho por los niños fue visto por todos.
Yo estaba mirando hacia el lugar de
las apariciones, esperando serena y fríamente que algo sucediera, y
con una curiosidad en descenso por que había pasado mucho tiempo
sin que sucediera nada que me llamara la atención, entonces escuché
miles de voces gritar y vi que la multitud de pronto se volvió,
hacia el lado contrario, sus espaldas en contra del sitio donde yo
tenía dirigida mi atención y miré al cielo del lado opuesto.
La hora legal era cerca de las 2 de
la tarde, alrededor del medio día solar. EL sol unos momentos antes
había aparecido entre unas nubes, las cuales lo ocultaban y
brillaba clara e intensamente. Yo me volví hacia el magneto que
parecía atraer todas las miradas y lo vi como un disco con un aro
claramente marcado, luminoso y resplandeciente, pero que no hacía
daño a los ojos. No estoy de acuerdo con la comparación que
escuchado han hecho en Fátima y la de un pesado disco plateado. Era
un color más claro rico y resplandeciente que tenía algo del
brillo de una perla. No se parecía en nada a la luna en una noche
clara porque al uno verlo y sentirlo parecía un cuerpo vivo. No era
una esfera como la luna ni tenía el mismo color o matiz. Perecía
como una rueda de cristal hecha de la madre de todas las perlas. No
se podía confundir con el sol visto a través de la neblina (por
que no había neblina en ese momento), porque no era opaca, difusa
ni cubierta con un velo. En Fátima daba luz y calor y aparentaba un
claro cofre con un arco bien difundido.