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Quinto
Misterio Doloroso: La
Crucifixión Cuando yo era un pecador, diste tu vida por mí. Me amabas Jesús querido, antes de que yo viera la luz del día o sintiera la suave brisa en mis mejillas. Has sufrido y muerto por mí, me has guardado y protegido, me has inspirado y consolado. Tu amor es abnegado, y aunque me regocija ser el recipiente de tal amor, no sé corresponder desinteresadamente a él. Perdonaste a tus enemigos y viste cómo tus amigos te abandonaron. No es extraño querido Jesús que yo encuentre difícil el perdón e imposible la piedad. ¿De qué carece mi vida que se me hace tan difícil perdonar a mis semejantes?. ¿Es el hecho de no saber perdonarme a mí mismo la causa de mi falta de piedad para con los demás?. Ayúdame Jesús, a ver tu amorosa contemplación cuando mirabas con abandono hacia tu Padre, con misericordia al ladrón, y a tu Madre con amor. Concédeme que pueda perdonar a mis enemigos y abandonarme a la voluntad del Padre. Déjame encomendar a su cuidado mi vida y mi eternidad. Que el celo por la salvación de las almas haga mi alma sentirse sedienta de sacrificios y que la promesa del Paraíso alumbre mi senda. Dame la Gracia de perseverar hasta el final, y cuando yo haya logrado mi buena batalla y termine el viaje, permite que sean los ángeles los que canten el último verso de mi vida: "Todo ha terminado." Recite 1 Padre Nuestro, 10 Avemarías,
1 Gloria y |
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