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Palabras.....
Mensaje
de Despedida de Señor
Presidente,
Homilìa
del S.S. Juan Pablo II "Hoy es un dìa consagrado a nuestro Dios: No hagan duelo ni lloren" (Ne, 8,9) . Con gran gozo presidola Santa Misa en esta Plaza de "Josè Martì ", en el domingo, dìa del Señor, que debe ser dedicado al descanso, a la oración y a la convivencia familiar. La palabra de Dios nos convoca para crecer en la fe y celebrar la presencia del Resucitado en medio de nosotros, que "hemos sido bautizados en un mismo Espìritu para formar un solo cuerpo" (1Co 12,13), el Cuerpo mìstico de Cristo que es la Iglesia. Jesucristo une a todos los bautizados. De Él fluye el amor fraterno tanto entre los católicos cubanos como entre los que viven en cualquier otra parte, porque son "Cuerpo de Cristo y cada unos es un miembro" (1Co, 12, 27). La Iglesia en Cuba, pues, no está, sola ni aislada, sino que forma parte de la Iglesia universal extendida por el mundo entero. Saludo con afecto al Cardenal Jaime Ortega, Pastor de esta Arquidiócesis, y le agradezco las amables palabras con las que , al inicio de esta celebración, me ha presentado las realidades y las aspiraciones que marcan la vida de esta comunidad eclesial. Saludo cordialmente a los sacerdote, religiosos y religiosas, y a los fieles reunidos en tan gran número. A cada uno les aseguro mi afecto y cercanìa en el Señor. Agradezco tambièn la presencia de las autoridades civiles que han querido estar hoy aquì y les quedo reconocido por la cooperación prestada. "Él Espìritu del Señor está sobre mì, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio" ((Lc 4, 18). Todo ministro de Dios tiene que hacer suyas en su vida estas palabras que pronunció Jesús en Nazaret. Por eso al estar, entre Ustedes quiero darles la buena noticia de la esperanza en Dios. Como servidor del Evangelio les traigo este mesaje de amor y solidaridad que Jesucristo, con su venida, ofrece a los hombres de todos los tiempos. No se trata en absoluto de una ideologìa ni de un sistema económico o polìtico nuevo, sino de un camino de paz, justicia y libertad verdaderas. Los sistemas ideológicos y económicos que se han ido sucediendo en los dos últimos siglos con frecuencia han potenciado el enfrentamiento como mètodo, ya que contenìan en sus programas los gèrmenes de la oposición y de la desunión. Esto condicionó profundamente su concepción del hombre y sus relaciones con los demás. Algunos de estos sistmas han pretendido tambièn reducir la religión a la esfera meramente individual, despojándola de todo influjo o relevancia social. En este sentido, cabe recordar que un Estado moderno no puede hacer del ateìsmo o de la religión uno de sus ordenamientos polìticos. El Estado, lejos de todo fanatismo o secularismo extremo, debe promover un sereno clima social y una legislación adecuada que permita a cada persona y a cada confesión religiosa vivir libremente su fe, expresarla en los ámbitos de la vida pública y contar con los medios y espacios suficientes para aportar a la vida nacional sus riquezas espirituales, morales y cìvicas. Por otro lado surge en varios lugares una forma de neoliberalismo capitalistas que subordina la persona a [ los intereses económicos e impone ]a los menos favorecidos con cargas insoportables. Asì, en ocasiones, se imponen a las naciones, como condiciones para recibir nueva ayudas, programas económicos insostenibles. De este modo se asiste en el concierto de las naciones al enriquecimiento exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento creciente de muchos, de forma que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Querido hermanos: la Iglesia es maestra en humanidad, Por eso, frente a estos sistemas, presenta la cultura del amor y de la vida, devolviendo a la humanidad la esperanza en el poder transformado del amor vivido en la unidad querida por Cristo. Para ello hay que recorrer un camino de reconciliación, de diálogo y de acogida fraterna del prójimo, de todo prójimo. La Iglesia, al llevar a cabo su misión, propone al mundo una justicia nueva, la justicia del Reino de Dios (cf. Mt 6, 33). En diversas ocasiones me he referido a los temas sociales. Es preciso continuar hablando de ello mientras en el mundo haya una injusticia, por pequeña que sea, pues de lo contrario la Iglesia no serìa fiel a la misión confiada por Jesucristo. Está en juego el hombre, la persona concreta. Auque los tiempos y las circunstancias cambien, siempre hay quienes necesitan de la voz de la Iglesia para que sean reconocidas sus angustias, sus dolores y miserias. Los que se encuentren en estas circunstancias pueden estar seguros de que no quedarán defraudados, pues la Iglesia está con ellos y el Papa abraza con el corazón y con su palabra de aliento a todo aquel que sufre la injusticia. Las enseñanzas de Jesús conservan ìntegro su vigor a las puertas del año 2000. Son válidas para todos Ustedes, mis queridos hermanos. En la búsqueda de la justicias del Reino no podemos detenernos ante dificultades e imcomprensiones. Si la invitación del Maestro a la justicia , al servicio y al amor es acogida como Buena Nueva, entonces el corazón se ensancha, se transforman los criterios y nace la cultura del amor y de la vida. Este es el gran cambio que la sociedad necesita y espera, y sólo podrá alcanzarse si primero no se produce la conversión del corazón de cada uno, como condición para los necesarios cambios en las estructuras de la sociedad. "El Espìritu del Señor me ha enviado para anunciar a los cautivos la libertad para dar libertad a los oprimidos" (Lc 4, 18). La buena noticia de Jesús acompañada de un anuncio de libertad, apoyada sobre el sólido fundamento de la verdad; "Si se mantienen en mi Palabra, serán verdaderamente mis discìpulos, y conocerán la verdad y la verdad lo hará libres" (Jn 8, 31-32). La verdad a la que se refiere Jesús no es sólo la comprensión intelectual de la realidad, sino la verdad sobre el hombre y su condición trascendente, sobre sus derechos y sus deberes, sobre su grandeza y sus lìmites. Es la misma verdad que Jesús proclamó con su vida, reafirmó ante Pilato y , con su silencio, ante Herodes; es la misma que lo llevó a la cruz salvadora y a su resurrección gloriosa. La libertad que no se funda en la verdad condiciona de tal forma al hombre que algunas veces lo hace objeto y no sujeto de su entorno social, cultural, económico y polìtico, dejándolo casi ninguna iniciativa para su desarrollo personal. Otras veces esa libretad es de talante individualista y, al no tener en cuenta la libertad de los demás, encierra al hombre en su egoìsmo. La conquista de la libertad en la responsabilidad es una tarea imprescindible para toda persona. Para los cristianos, la libertad de los hijos de Dios no es solamente un don y una tarea, sino que alcanzarla supone un inapreciable testimonio y un genuino aporte en el camino de la liberación de todo el gènero humano. Esta liberación no se reduce a los aspectos sociales y polìticos, sino que encuentra su plenitud en el ejercicio de la libertad de conciencia, base y fundamento de los otros derechos humanos. Para muchos de los sistemas polìticos y económicos hoy vigentes el mayor desafìo sigue siendo el conjugar libertad y justicia social, libertad y solidaridad, sin que ninguna quede relegada a un plano inferior. En este sentido, la Doctrina Social de la Iglesia es un esfuerzo de reflexión y propuesta que trata de iluminar y conciliar las relaciones entre los derechos inalienables de cada hombre y las exigencias sociales, de modo que la persona alcance sus aspiraciones más profundas y su realización integral, según su condición de hijos de Dios y de ciudadano. Por lo cual, el laicado católico debe contribuir a esta realización mediante la aplicación de las enseñanzas sociales de la Iglesia en los diversos ambientes, abiertos a todos los hombres de buena voluntad. En el evangelio proclamado hoy aparece la justicia ìntimamente ligada a la verdad. Asì se ve tambièn en el pensamiento lúcido de los padres de la Patria. El Siervo de Dios Padre Fèlix Varela, animado por su fe cristiana y su fidelidad al ministerio sacerdotal, sembró en el corazón del pueblo cubano las semillas de la justicia y la libertad que èl soñaba en un Cuba libre e independiente. La doctrina de Josè Martì sobre el amor entre todos los hombres tiene raìces hondamente evangèlicas, superando asì el falso conflicto entre la fe en Dios en el amor y servicio a la Patria. Escribe este prócer: "Pura, desinteresada, perseguida, martirizada, poètica y sencilla, la religión del Nazareno sedujo a todos los hombres honrados Todo pueblo necesita ser religioso. No sólo lo es esencialmente, sino que por su propia utilidad debe serlo Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en èl alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de ella; es necesario que la justicia celeste la garantice". Como saben, Cuba tiene un alma cristiana y eso la ha llevado a tener una vocación universal. Llamada a vencer el aislamiento, ha de abrirse al mundo y el mundo debe acercarse a Cuba, a su pueblo, a sus hijos que son sin duda su mayor riqueza . ¡Esta es la hora de emprender los nuevos caminos que exigen los tiempos de renovación que vivimos, al acercarse el Tercer milenio de la era cristiana! Queridos hermanos: Dios ha bendecido a este pueblo con verdaderos formadores de la conciencia nacional, claros y firmes exponentes de la fe cristiana, como el más valioso sostèn de la virtud y del amor. Hoy los Obispos, con los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, se esfuerzan en tender puentes para acercar las mentes y los corazones , propiciando y consolidando la paz, preparando la civilización del amor y de la justicia. Estoy en medio de Ustedes como mensajero de la verdad y de la esperanza. Por eso quiero repetir mi llamado a dejarse iluminar por Jesucristo, a aceptar sin reservas el esplendor de su verdad, para que todos puedan emprender el camino de la unidad por medio del amor y la solidaridad, evitando la exclusión , el aislamiento y el enfrentamiento, que son contrarios a la voluntad del Dios-Amor. Que el Espìritu Santo ilumine con sus dones a quienes tienen diversas responsabilidades sobre este pueblo, que llevo en el corazón. Y que la Virgen de la Caridad del Cobre, Reina de Cuba, obtenga para sus hijos los dones de la paz, del progreso y de la felicidad. MENSAJE DE Despúes de haber celebrado la Santa Misa en esta plaza, testigo de los grandes acontecimientos de la historia cubana y de la vida cotidiana de las gentes de esta hermosa ciudad de la Habana, que ha merecido el nombre de Llave del Nuevo Mundo, dirijo a todos mi más cordial y afectuoso saludo, cuando nos disponemos a rezar el Angeles, la plegaria en honor de Nuestra Señora. Hoy se concluye la Semana de oración por la unidad de los cristianos. El deseo de alcanzar la plena comunión entre todos los creyentes en Cristo acompaña constantemente el camino de la Iglesia y se hace aún más urgente en este año dedicado al Espìritu Santo como preparación al Gran Jubileo del 2000. La concordia y la unidad, objeto de la esperanza de la Iglesia y tambièn de la humanidad, están aún lejanas; sin embargo, constituye un don del Espìritu Santo que hay que pedir. La Virgen de la Caridad del Cobre, Madre y Reina de Cuba, acompaña a cada uno de sus hijos de esta tierra con su presencia materna. A ella ha visitado a todas las dócesis y parroquias, le confìo los anhelos y esperanzas de este noble pueblo. Que anime y proteja la labor de la nueva evangelización en esta Isla, para que los cristianos vivan su fe con coherencia y fervor, y la recobren quienes la han perdido. ¡ Virgen Marìa, Madre
de los hombres y de los pueblos ! al regresar a Roma,
junto al sepulcro de San Pedro, te encomiendo de nuevo a
tus hijos e hijas de Cuba. ¡Marcho confiado sabiendo que
quedan en tus rezago maternal! Con el mismo amor y
solicitud con que visitaste a Santa Isabel (cf. Mt 1,
39-41), te pido que les muestres a "Jesús, fruto
bendito de tu vientre". Mìralos constantemente con
tus ojos misericordiosos y, por tu intercesión ante el
divino Redentor, cúralos de sus sufrimientos, lìbralos
de todo mal y llènalos de tu amor. MENSAJE DEL
S.S. JUAN PABLO II Queridos Hermanos en el Episcopado: Siento una gran alegrìa al poder estar con Ustedes, Obispos de la Iglesia católica en Cuba, en estos momentos de serena reflexión y encuentro fraterno, compartiendo los gozos y esperanzas, los anhelos y aspiraciones de esta porción del Pueblo de Dios que peregrina en estas tierras. He podido visitar cuatro de las diócesis del Paìs, aunque de corazón he estado en todas ellas. En estos dìas he comprobado la viralidad de las comunidades eclesiales, su capacidad de convocatoria, fruto tambièn de la credibilidad que ha alcanzado la Iglesia con su testimonio perseverante y su palabra oportuna. Las limitaciones de años pasados la empobrecieron en medios y agentes de pastoral, pero esas mismas pruebas la han enriquecido , impulsándola a la creatividad y al sacrificio en el desempeño de su servicio. Doy gracias a Dios porque la cruz ha sido fecunda en esta tierra, pues de la Cruz de Cristo brota la esperanza que no defrauda , sino que da fruto abundante. Durante mucho tiempo la fe en Cuba ha estado sometida a diversas pruebas, que han sido sobrellevadas con ánimo firme y solìcita caridad, sabiendo que con esfuerzo y entrega se recorre el camino de la cruz, siguiendo las huellas de Cristo, que nunca olvida a su pueblo. En esta hora de la historia nos alegramos , no porque la cosecha estè concluìda, sino porque, alzando los ojos, podemos contemplar los frutos de evangelización que crecen en Cuba. Hace poco más de cinco siglos la Cruz de Cristo fue plantada en estas bellas y fecundas tierras, de modo que su luz, que brilla en medio de las tinieblas, hizo posible que la fe católica y apostólica arraigara en ellas. En efecto, esta fe forma realmente parte de la identidad y cultura cubanas. Ello impulsa a muchos ciudadanos a reconocer a la Iglesia como a su Madre, la cual, desde su misión espiritual y mediante el mensaje evangèlico y su doctrina social, promueve el desarrollo integral de las personas y la convivencia humana, basada en los principios èticos y en los autènticos valores morales. Las circunstancias para la acción de la Iglesia han ido cambiando progresivamente, y esto inspira esperanza creciente para el futuro. Hay, sin embargo, algunas concepciones reduccionistas, que intentan situar a la Iglesia católica al mismo nivel de ciertas manifestaciones culturales de religiosidad, al modo de los cultos sincretistas que, aunque merecedoras de respeto, no pueden ser considerados como una religión propiamente dicha sino como un conjunto de tradiciones y creencias. Muchas son las expectativas y grande es la confianza que el pueblo cubano ha depositado en la Iglesia, como he podido comprobar durante estos dìas. Es verdad que algunas de estas expectativas sobrepasan la misión de la Iglesia, pero es tambièn cierto que todas deben ser escuchadas, en la medida de lo posible, por la comunidad eclesial. Ustedes, queridos Hermanos, permaneciendo al lado de todos, son testigos privilegiados de esa esperanza del pueblo, muchos de cuyos miembros creen verdaderamente en Cristo, Hijo de Dios, y creen en su Iglesia, que ha permanecido fiel aún en medio de no pocas dificultades. Como Pastores sè cuánto les preocupa que la Iglesia en Cuba se vea cada vez más desbordada y apremiada por quienes, en número creciente, solicitan sus más variados servicios. Sè que Ustedes no pueden dejar de responder a esos apremios ni dejar de buscar los medios que les permitan hacerlo con eficiencia y solìcita caridad. Ello no los mueve a exigir para la Iglesia una posición hegemónica o excluyente, sino a reclamar el lugar que por derecho le corresponde en el entramado social donde se desarrolla la vida del pueblo, contando con los espacios necesarios y suficientes para servir a sus hermanos. Busquen estos espacios de forma insistente, no con el fin de alcanzar un poder- lo cual es ajeno a su misión-, sino para acrecentar su capacidad de servicio. Y en este empeño, con este espìritu ecumènico, procuren la sana cooperación de las demás confesiones cristianas, y mantengan, tratando de incrementar su extensión y profundidad, un diálogo franco con las instituciones del Estado y las organizaciones autónomas de la sociedad civil. La Iglesia recibió de su divino Fundador la misión de conducir a los hombres a dar culto al Dios vivo y verdadero, cantando sus alabanzas y proclamando sus maravillas, confesando que hay "un solo Señor , una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos" ( Ef. 4,5). Pero el sacrificio agradable de Dios es- como dice el profeta Isaìas- "abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos partir tu pan con el hambriento, hospedar alos pobres sin techo, vestir al que ves desnudo Entonces nacerá una luz como la aurora y tus heridas sanará rápidamente; delante de tì te abrirá camino la justicia y detrás irá la gloria de Dios" (58, 7-8). En efecto, la misión litúrgica, profètica y caritativa de la Iglesia están estrechamente unidas, pues la palabra profètica en defensa del oprimido y el servicio caritativo dan autenticidad y coherencia al culto. El respeto de la libertad religiosa debe garantizar los espacios, obras y medios para llevar a cabo estas tres dimensiones de la misión de la Iglesia, de modo que, además del culto, la Iglesia pueda dedicarse al anuncio del Evangelio, a la defensa de la justicia y de la paz, al mismo tiempo que promueve el desarrollo integral de las personas. Ninguna de estas dimensiones debe verse restringida, pues ninguna es excluyente de las demás ni debe ser privilegiada a costa de las otras. Cuando la Iglesia reclama la libertad religiosa no solicita una dávida, un privilegio, una licencia que depende de situaciones contigents, de estrategias polìticas o de la voluntad de las autoridades, sino que está pidiendo el reconocimiento efectivo de un derecho inalienable. Este derecho no puede estar condicionado por el comportamiento de Pastores y fieles, ni por la renuncia al ejercicio de alguna de las dimensiones de su misión, ni menos aún, por razones ideológicas o económicas: no se trata sólo de un derecho de la Iglesia como institución, se trata además de un derecho de cada persona y de cada pueblo. Todos los pueblos se verán enriquecidos en su dimensión espiritual en la medida en que la libertad religiosa sea reconocida y practicada. Además, como ya tuve ocasión de afirmar: "La libertad religiosa es un factor importante para reforzar la cohesión moral de un pueblo. La sociedad civil puede contar con los creyentes que, por sus profundas convicciones, no sólo no se dejarán dominar fácilmente por ideologìas o corrientes totalizadoras, sino que se esforzarán por actuar de acuerdo con sus aspiraciones hacia todo lo que es verdader y justo" (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1988, 3). Por eso, queridos Hermanos, pongan todo su empeño en promover cuanto pueda favorecer la dignidad y el progresivo perfeccionamiento del ser humano, que es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión (cf. Redemptor hominis, 14). Ustedes, queridos Obispos de Cuba, han predicado la verdad sobre el hombre, que pertenece al núcleo fundamental de la fe cristiana y está indisolublemente unida a la verdad sobre Cristo y sobre la Iglesia. De muchas maneras han sabido dar un testimonio coherente de Cristo. Cada vez que han sostenido que la dignidad del hombre está por encima de toda estructura, económica o polìtica, han anunciado una verdad moral que eleva al hombre y lo conduce, por los inescrutables caminos de Dios, al encuentro con Jesucristo Salvador . Es al hombre a quien debemos servir con libertad en nombre de Cristo, sin que este servicio se vea obstaculizado por las coyunturas históricas o incluso, en ciertas ocasiones, por la arbitrariedad o el desorden. Cuando se invierte la escala de valores y la polìtica, la economìa y toda la acción social, en vez de ponerse al servicio de la persona, la considera como un medio en lugar de respetarla como centro y fin de todo quehacer, se causa un daño en su existencia y en su dimensión trascendente. El ser humano pasa a ser entonces un simple consumidor , con un sentido de la libertad muy individualista y reductivo, o con un simple productor con muy poco espacio para sus libertades civiles y polìticas. Ninguno de estos modelos socio-polìticos favorece un clima de apertura a la trascendencia de la persona que busca libremente a Dios. Los animo, pues, a continuar en su servicio de defensa y promoción de la dignidad humana, predicando con perseverante empeño que "realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación" (Gaudium et spes, 22). Esto forma parte de la misión de la Iglesia, que "no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo que lo amenaza (Redemptoris hominis, 14). Conozco bien su sensibilidad de Pastores, que los impulsa a afrontar con caridad pastoral las situaciones en las que se ve amenazada la vida humana y su dignidad. Luchen siempre por crear entre sus fieles y en todo el pueblo cubano el aprecio por la vida desde el seno materno, que excluye siempre el recurso al aborto, acto criminal. Trabajen por la promoción y defensa de la familia, proclamando la santidad e indisolubilidad del matrimonio cristiano frente a los males del divorcio y la separación, que son fuente de tantos sufrimientos. Sostengan con caridad pastoral a los jóvenes, que anhelan mejores condiciones para desarrollar su proyecto de vida personal y social basado en los auténticos valores. A este sector de la población hay que cuidarlo con esmero, facilitándole una adecuada formación catequética, moral y cívica que complete en los jóvenes el necesario "suplemento del alma" que les permita remediar la pérdida de valores y de sentido en sus vidas con una sólida educación humana y cristiana. Con los sacerdotes - sus primeros y predilectos colaboradores - y los religiosos y religiosas que trabajan en Cuba, sigan desarrollando la misión de llevar la Buena Nueva de Jesucristo a los que experimentan sed de amor, de verdad y de justicia. A los seminaristas acójanlos con confianza, ayudándolos a adquirir una sólida formación intelectual, humana y espiritual, que les permita configurarse con Cristo, Buen Pastor, y a amar a la Iglesia y al pueblo, al que deberán servir como ministros con generosidad y entusiasmo el día de mañana; que sean ellos los primeros en beneficiarse de este espíritu misionero. Animen a los fieles laicos a vivir su vocación con valentía y perseverencia, estando presentes en todos los sectores de la vida social, dando testimonio de la verdad sobre Cristo y sobre el hombre; buscando en unión con las demás personas de buena voluntad, soluciones a los diversos problemas morales, sociales, políticos, económicos, culturales y espirituales que debe afrontar la sociedad; participando con eficacia y humildad en los esfuerzos para superar las situaciones a veces críticas que conciernen a todos, a fin de que la Nación alcance condiciones de vida cada vez más humanas. Los fieles católicos, al igual que los demás ciudadanos, tienen el deber y el derecho de contribuir al progreso del país. El diálogo cívico y la participación responsable pueden abrir nuevos cauces a la acción del laicado y es de desear que los laicos comprometidos continúen preparándose con el estudio y la aplicación de la doctrina social de la Iglesia para iluminar con ella todos los ambientes. Sé que su atención pastoral no ha descuidado a quienes, por diversas circunstancias, han salido de la Patria pero se sienten hijos de Cuba. En la medida en que se consideran cubanos, éstos deben colaborar también con serenidad y espíritu constructivo y respetuoso, al progreso de la Nación, evitando confrontaciones inútiles y fomentando un clima de positivo diálogo y recíproco entedimiento. Ayúdenles, desde la predicación de los altos valores del espíritu, con la colaboración de otros Episcopados, a ser promotores de paz y concordia, de reconciliación y esperanza, a hacer efectiva la solidaridad generosa con sus hermanos cubanos más necesitados, demostrando también así una profunda vinculación con su tierra de origen. Espero que en su acción pastoral los Obispos Católicos de Cuba lleguen a alcanzar un acceso progresivo a los medios modernos adecuados para llevar a cabo su misión evangelizadora y educadora. Un estado laico no debe temer, sino más bien apreciar, el aporte moral y formativo de la Iglesia. En este contexto es normal que la Iglesia tenga acceso a los medios de comunicación social: radio, prensa y televisión, y que puede contar con sus propios recursos en estos campos para realizar el anuncio del Dios vivo y verdadero a todos los hombres. En esta labor evangelizadora deben ser consolidadas y enriquecidas las publicaciones católicas que puedan servir más efizcamente al anuncio de la verdad, no sólo a los hijos de la Iglesia sino también a todo el pueblo cubano. Mi visita pastoral tiene lugar en un momento muy especial para la vida de toda la Iglesia, como en la preparación al Gran Jubileo del Año 2000. Como Pastores de esta porción del Pueblo de Dios que peregrina en Cuba, ustedes participan de este espíritu y mediante el Plan de Pastoral Global alientan a todas las comunidades a vivir "la nueva primavera de vida cristiana que deberá manifestar el Gran Jubileo, si los cristianos son dóciles a la acción del Espíritu Santo" (Tercio millenio adveniente, 18). Que este mismo Plan dé continuidad a los contenidos de mi visita y a la experiencia de Iglesia encarnada, participativa y profética que quiere ponerse al servicio de la promoción integral del hombre cubano. Esto requiere una adecuada formación que -como Usteds han augurado- "restaure al hombre como persona en sus valores humanos, èticos, cìvicos y religiosos y lo capacite para realizar su misión en la Iglesia y en la sociedad" ( II ENEC, Memoria, p. 38), para la cual es necesaria "la creación y renovación de las diócesis, parroquias y pequeñas comunidades que propicien la participación y corresponsabilidad y vivan, en la solidaridad y el servicio, su misión evangelizadora"(Ibid). Queridos Hermanos, al final de estas reflexiones quiero asegurarles que regreso a Roma con mucha esperanza en el futuro, viendo la vitalidad de esta Iglesia local. Soy consciente de la magnitud de los desafìos que tienen por delante, pero tambièn del buen espìritu que les anima y de su capacidad para afrontarlos. Confìado en ello, les aliento a seguir siendo "ministros de la reconciliación"(2 Co5, 18), para que el pueblo que les ha sido encomendado, superando las dificultades del pasado, avance por los caminos de la reconciliación entre todos los cubanos sin excepción. Ustedes saben bien que el perdón no es incompatible con la justicia y que el futuro del Paìs se debe construir en la paz, que es fruto de la misma justicia y del perdón ofrecido y recibido. Prosigan como "mensajeros que anuncian la paz"( Is 52,7) para que se consolide una convivencia justa y digna, en la que todos encuentren un clima de tolerancia y respeto recìproco. Como colaboradores del Señor, Ustedes son el campo de Dios, la edificación de Dios (cf. 1Co 3,9) para que los fieles encuentren en Ustedes autènticos maestros de la verdad y guìas solìcitos de su pueblo, empeñados en alcanzar su bien material, moral y espiritual, teniendo en cuenta la exhortación del Apóstol San Pablo: "¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo" ( 1Co 3, 10-11). Con la mirada fija,
pues, en nuestro Salvador, que "es el mismo ayer,
hoy y siempre" ( Hb 13, 8), y poniendo todos los
anhelos y esperanzas en la Madre de Cristo y de la
Iglesia, aquì venerada con el dulcìsimo tìtulo de
Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, como prueba de
afecto y signo de la gracia que les acompaña en su
ministerio, les imparto de corazón la Bendición
Apostólica. MENSAJE DE
SU SANTIDAD JUAN PABLO II Amados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, amadísimos religiosos y religiosas, seminaristas y fieles: Cuando faltan pocas horas para concluir esta visita pastoral, me llena de alegría tener este encuentro con todos ustedes, que representan a quienes, con gozo y esperanza, con cruces y sacrificios, tienen la apasionante tarea de la evangelización en esta tierra, caracterizada por una historia tan singular. Agradezco las amables palabras que me ha dirigido el Señor Cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino, Arzobispo de La Habana, haciéndose portavoz de los sentimientos de afecto y estima que nutren ustedes hacia el Sucesor del Apóstol Pedro, y quiero corresponder a ello renovándoles mi gran aprecio en el Señor, que extiendo a todos los hijos e hijas de esta tierra. Nos congregamos en esta Catedral Metropolitana, dedicada a la Inmaculada Concepción, en el día en que la liturgia celebra la conversión de San Pablo, quien, camino a Damasco, recibió la visita del Señor Resucitado y se convirtió de perseguidor de los cristianos en intrépido y infatigable apóstol de Jesucristo. Su ejemplo luminoso y sus enseñanzas deben servirles como guía para afrontar y vencer cada día los múltiples obstáculos en el desempeño de su misión, a fin de que no se debiliten las energías ni el entusiasmo por la extensión del Reino de Dios. En la historia nacional son numerosos los pastores que, desde la inquebrantable fidelidad a Cristo y a su Iglesia, han acompañado al pueblo en todas las viscitudes. El testimonio de su entrega generosa, sus palabras en el anuncio del Evangelio y la defensa de la dignidad y los derechos inalienables de las personas, así como la promoción del bien integral de la nación, son un precioso patrimonio espiritual digno de ser conservado y enriquecido. Entre ellos, me he referido en estos al Siervo de Dios, Padre Félix Varela, fiel a su sacerdocio y activo promotor del bien común de todo el pueblo cubano. Recuerdo también al Siervo de Dios José Olallo de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, testigo de la misericordia, cuya vida ejemplar en el servicio a los más necesitados es un fecundo ejemplo de vida consagrada al Señor. Esperamos que sus procesos de canonización se concluyan pronto y pueden ser invocados por los fieles. Otros muchos cubanos, hombres y mujeres, han dado asimismo muestras de fe, de perseverancia en su misión, de consagración a la causa del Evangelio desde su condición sacerdotal, religiosa o laica. Queridos sacerdotes: el Señor bendice abundantemente su entrega diaria al servicio de la Iglesia y del pueblo, incluso cuando surgen obstáculos y sinsabores. Por eso aprecio y agradezco su correspondencia a la gracia divina, que les llamó a ser pescadores de hombres (Mt 1, 17), sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo producidos por el vasto campo de trabajo apostólico, debido a lreducido número de sacerdotes y a las muchas necesidades pastorales de los fieles que abren su corazón al Evangelio, como se ha visto en la reciente misión preparatoria de mi visita. No pierdan la esperanza ante la falta de medios materiales para la misión ni por la escasez de recursos Estrecha unión con sus Obispos y como expresión de la viva comunión eclesial que ha caracterizado a esta Iglesia, continúen iluminado las conciencias en el desarrollo de los valores humanos, èticos y religiosos, cuya ausencia afecta a amplios sectores de la sociedad, especialmente a los jóvenes, que por eso son más vulnerables. Los esperanzadores datos sobre el aumento de covaciones sacerdotales y el ingreso en el Paìs de nuevos misioneros, que deseamos ardientemente que se facilite, harán que la labor apostólica pueda ser más capilar, con el consiguiente beneficio para todos. Conscientes de que "el auxilio nos viene del Señor" (Sal. 120,2), de que sólo Él es nuestro sostèn y ayuda, los aliento a no dejar nunca la oración personal diaria y prolongada, configurándose cada vez más con Cristo, Buen Pastor, pues en Él se encuentran la fuerza principl y el verdadero descanso (cf. Mt 11, 30). Asì podrán afrontar con alegrìa el peso del "dìa y del calor" (cf. Mt 20, 12), y ofrecer el mejor testimonio para la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas, que son tan necesarias. El ministerio sacerdotal, además de la predicación de la Palabra de Dios y la celebración de los Sacramentos, que constituyen su misión profètica y litúrgica, se extiende asimismo al servicio caritativo, de asistencia y promoción humana. Para ello cuenta tambièn con el ministerio de los diáconos y la ayuda delos miembros de diversos institutos religiosos y asociaciones eclesiales. Quiera el Señor que puedan siempre recibir y distribuir cin facilidad los recursos que tantas Iglesias hermanas desean compartir con Ustedes, asì como encontrar los modos más apropiados para aliviar las necesidades de los hermanos, y que esta labor sea cada vez más comprendida y valorada. Agradezco la presencia en esta tierra de personas consagradas de diversos Institutos. Desde hace varias dècadas han tenido que vivir la propia vocación en situaciones muy particulares y , sin renunciar a lo especìfico de su carisma, han debido adaptarse a las circunstancias reinantes y responder a las necesidades pastorales de las diócesis. Les estoy agradecido tambièn por el meritorio y reconocido trabajo pastoral y por el servicio prestado a Cristo en los pobres, los enfermosy los ancianos. Es de desear que en futuro no lejano la Iglesia pueda asumir su papel en la enseñanza, tarea que los Institutos religiosos llevan a cabo en muchas partes del mundo contanto empeño y con gran beneficio tambièn para la sociedad civil. De todos Ustedes la Iglesia espera el testimonio de una existencia transfigurada por la profesión de los consejos evangèlicos (cf. Vita consecrata, 20) siendo testigos del amor a travès de la castidad que agranda el corazón, de la probreza que elimina las barreras y de la obediencia que construye comunión en la comunidad, acogida y vivencia del Evangelio. Queridos seminaristas, novicios y novicias: anhelen una sólida formación humana y cristiana, en la que la vida espiritual ocupe un lugar preferencial. Asì se prepararán mejor para desempeñar el apostolado que más adelante e les confìe. Miren con esperanza el futuro en el que tendrán especiales responsabilidades. Para ello, afiancen la fidelidad a Cristo y a su Evangelio, el amor a la Iglesia, la dedicación a su pueblo. Los dos Seminarios, que ya van siendo insuficièntes en su capacidad, han contribuìdo notablemente a la conciencia de la nacionalidad cubana. Que en esos insignes claustros se continúe fomentando la fecunda sìntesis entre piedad y virtud, entre fe y cultura, entre amor a Cristo y a su Iglesia y amor al pueblo. A los laicos aquì presentes que representan a tantos otros, les agradezco su fidelidad cotidiana por mantener la llama de la fe en el seno de sus familias, venciendo asìlos obstáculos y trabajando con valor para encarnar el espìritu evangèlico en la sociedad. Los invito a alimentar la fe mediante una formación contìnua, bìblica y catequètica, lo cual los ayudará a perseverar en el testimonio de Cristo, perdonando las ofensas, ejerciendo el derecho a servir al pueblo desde su condición de creyentes católicos en todos los ámbitos ya abiertos, y esforzándose por lograr el acceso a los que todavìa están cerrados. La tarea de un laicado católico comprometido es precisamente abrir los ambientes de la cultaura, la economìa, la polìtica y los medios de comunicación social para trasmitir, a travès de los mismos, la verdad y la esperanza sobre Cristo y el hombre. En este sentido, es de desear que las publicaciones católicas y otras iniciativas puedan disponer de los medios necesarios para servir mejor a toa la sociedad cubana. Los animo a proseguir en este camino, que es expresión de la vitalidad de los fieles y de su genuina vocación cristiana al servicio de la verdad y de Cuba. y los encomiendo a la protección maternal de la Santìsima Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de todos los cubanos. A Ella, Estrella de la nueva Evangelizacìon, le confìo el trabajo de todos Ustedes y el bienestar de esta querida Nación. Haga
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del dìa Mensaje de S.S. Juan Pablo II Homilìa del Santo Padre durante
la celebración de la Santa Misa en Santa Clara, Cuba Saludo de su S.S. Juan Pablo II
a su arribo al Aeropuerto Internacional Josè Martì |
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