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Señoras y Señores:
Aquí, en este pequeño lugar en
medio de la ajetreada ciudad de Nueva York, se encuentra
situada una Organización que tiene una misión tan vasta como
el mundo: la promoción de la paz y la justicia. Me recuerda
un contraste parecido, en lo que a la magnitud se refiere,
entre el Estado de la Ciudad del Vaticano y el mundo, en el
que la Iglesia realiza su misión universal y su apostolado.
Los artistas que en el siglo XVI pintaron los mapas
geográficos en las paredes del Palacio Apostólico recordaron
a los Papas la enorme extensión del mundo conocido. En esos
frescos se presentaba a los Sucesores de Pedro un signo
palpable del inmenso radio de acción de la misión de la
Iglesia, en un tiempo en el que el descubrimiento del Nuevo
Mundo abría horizontes inesperados. Aquí, en este Palacio de
Cristal, el arte que se muestra tiene su propia manera de
recordar las responsabilidades de la Organización de las
Naciones Unidas. Vemos imágenes de los efectos de la guerra
y de la pobreza, se nos recuerda el deber de comprometernos
por un mundo mejor y experimentamos alegría por la genuina
variedad y exuberancia de la cultura humana, como se pone de
manifiesto en la amplia gama de pueblos y naciones reunidos
bajo la protección de la Comunidad Internacional.
Con ocasión de mi visita,
deseo rendir homenaje a la incalculable aportación del
personal administrativo y de los empleados de las Naciones
Unidas, que desempeñan sus tareas cada día con gran
dedicación y profesionalidad, ya sea aquí, en Nueva York,
como en otros centros de la ONU o en misiones particulares
por todo el mundo. Quisiera expresarles, a ustedes y a
quienes les han precedido, mi agradecimiento personal y el
de toda la Iglesia. Recordamos de manera especial a tantos
civiles y custodios de la paz –cuarenta y dos sólo en 2007–
que han sacrificado sus vidas sobre el terreno por el bien
de los pueblos a los que sirven. Recordamos también la gran
multitud de los que dedican su vida a trabajos no siempre
suficientemente reconocidos, y realizados con frecuencia en
condiciones difíciles. A todos ustedes, traductores,
secretarios, personal administrativo de toda clase, equipos
de mantenimiento y de seguridad, trabajadores para el
desarrollo, custodios de la paz y a tantos otros, dirijo mi
más sincero agradecimiento. El trabajo que llevan a cabo
permite a la Organización buscar continuamente nuevas vías
para alcanzar los objetivos para los cuales fue fundada.
Se habla frecuentemente de
las Naciones Unidas como de la "familia de las naciones". De
la misma manera, podría hablarse de la sede central, aquí en
Nueva York, como de un hogar doméstico, un lugar de
bienvenida y de preocupación por el bien de los miembros de
la familia en todas partes. Es un lugar excepcional para
promover el aumento de la comprensión mutua y de la
colaboración entre los pueblos. Con razón se escoge el
personal de la plantilla de las Naciones Unidas entre una
amplia gama de culturas y nacionalidades. El personal aquí
forma un microcosmos del mundo entero, en el que cada uno da
una aportación indispensable desde el punto de vista de su
propio patrimonio cultural y religioso. Los ideales que han
inspirado a los fundadores de esta institución deben
expresarse, aquí y en cada una de las misiones de la
Organización, en el respeto y la aceptación recíproca, que
son características de una familia prospera.
En los debates internos de
las Naciones Unidas se está dando una importancia creciente
a la "responsabilidad de proteger". De hecho, ésta comienza
a ser reconocida como la base moral del derecho de un
gobierno a ejercer la autoridad. Es también una
característica que pertenece por naturaleza a la familia, en
la que los miembros más fuertes cuidan de los más débiles.
Esta Organización, supervisando de qué manera los gobiernos
cumplen con su responsabilidad de proteger a sus ciudadanos,
presta un servicio importante en nombre de la comunidad
internacional. En el ámbito del día a día, son ustedes
quienes, mediante la atención que muestran unos por otros en
el puesto de trabajo y su preocupación por los numerosos
pueblos a los que sirven en sus necesidades y aspiraciones
con su actividad, ponen los fundamentos para realizar este
cometido.
La Iglesia Católica, a través
de la actividad internacional de la Santa Sede y mediante
las innumerables iniciativas de los laicos católicos,
Iglesias locales y comunidades religiosas, les ofrece su
apoyo en su quehacer. Les aseguro un recuerdo especial en
mis plegarias por ustedes y sus familiares. Que Dios
todopoderoso les bendiga siempre y les conforte con su
gracia y su paz, para que mediante su atención a toda la
familia humana, puedan seguir sirviéndole a Él. |