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Discurso de Su Santidad Benedicto XVI en la Ceremonia de
Bienvenida en la Casa Blanca. Abril 16, 2008.
Señor
Presidente:
Gracias por las amables palabras de bienvenida en nombre del
pueblo de los Estados Unidos de América. Aprecio
profundamente su invitación a visitar este gran País. Mi
llegada coincide con un momento importante de la vida de la
comunidad católica en América, como es la celebración del
segundo centenario de la elevación de la primera diócesis
del País, Baltimore, a Archidiócesis metropolitana, y la
fundación de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y
Louisville. También me siento dichoso de ser huésped de
todos los americanos. Vengo como amigo y anunciador del
Evangelio, como uno que tiene gran respeto por esta vasta
sociedad pluralista. Los católicos americanos han ofrecido y
siguen ofreciendo una excelente contribución a la vida de su
País. Al comenzar mi visita, confío en que mi presencia
pueda ser fuente de renovación y esperanza para la Iglesia
en los Estados Unidos y refuerce la voluntad de los
católicos de contribuir más responsablemente aún a la vida
de la Nación, de la que están orgullosos de ser ciudadanos.
Ya desde los albores de la República, la búsqueda de
libertad de América ha sido guiada por la convicción de que
los principios que gobiernan la vida política y social están
íntimamente relacionados con un orden moral, basado en la
señoría de Dios Creador. Los redactores de los documentos
constitutivos de esta Nación se basaron en esta convicción
al proclamar la "verdad evidente por sí misma" de que todos
los hombres han sido creados iguales y dotados de derechos
inalienables, fundados en la ley natural y en el Dios de
esta naturaleza. El curso de la historia americana demuestra
las dificultades, las luchas y la gran determinación
intelectual y moral que han sido necesarias para formar una
sociedad que incorporara fielmente estos nobles principios.
A lo largo de ese proceso, que ha plasmado el alma de la
Nación, las creencias religiosas fueron una constante
inspiración y una fuerza orientadora, como, por ejemplo, en
la lucha contra la esclavitud y en el movimiento en favor de
los derechos civiles. También en nuestro tiempo,
especialmente en los momentos de crisis, los americanos
siguen encontrando energía en sí mismos adhiriéndose a este
patrimonio de ideales y aspiraciones compartidos.
En los próximos días, espero encontrarme no solamente con la
comunidad católica de América, sino también con otras
comunidades cristianas y representaciones de las numerosas
tradiciones religiosas presentes en este País.
Históricamente, no sólo los católicos, sino todos los
creyentes han encontrado aquí la libertad de adorar a Dios
según los dictámenes de su conciencia, siendo aceptados al
mismo tiempo como parte de una confederación en la que cada
individuo y cada grupo puede hacer oír su propia voz. Ahora
que la Nación tiene que afrontar cuestiones políticas y
éticas cada vez más complejas, confío que los americanos
encuentran en sus creencias religiosas una fuente preciosa
de discernimiento y una inspiración para buscar un diálogo
razonable, responsable y respetuoso en el esfuerzo de
edificar una sociedad más humana y más libre.
La libertad no es sólo un don, sino también una llamada a la
responsabilidad personal. Los americanos lo saben por
experiencia: casi todas las ciudades de este País tienen
monumentos en honor a cuantos han sacrificado su vida en
defensa de la libertad, tanto en su propia tierra como en
otros lugares. La defensa de la libertad es una llamada a
cultivar la virtud, la autodisciplina, el sacrificio por el
bien común y un sentido de responsabilidad ante los menos
afortunados. Además, exige el valor de empeñarse en la vida
civil, llevando las propias creencias religiosas y los
valores más profundos a un debate público razonable. En una
palabra, la libertad es siempre nueva. Se trata de un
desafío que se plantea a cada generación, y ha de ser ganado
constantemente en favor de la causa del bien (cf. Spe salvi,
24). Pocos han entendido esto tan claramente como el Papa
Juan Pablo II, de venerada memoria. Al reflexionar sobre la
victoria espiritual de la libertad sobre el totalitarismo en
su Polonia nativa y en Europa oriental, nos recordó que la
historia demuestra en muchas ocasiones que «en un mundo sin
verdad la libertad pierde su fundamento», y que una
democracia sin valores puede perder su propia alma (cf.
Centesimus annus, 46). En estas palabras proféticas resuena
de algún modo la convicción del Presidente Washington,
expresada en su discurso de despedida, de que la religión y
la moralidad son «soportes indispensables» para la
prosperidad política.
Por su parte, la Iglesia desea contribuir a la construcción
de un mundo cada vez más digno de la persona humana, creada
a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26-27). Está
convencida de que la fe proyecta una luz nueva sobre todas
las cosas, y que el Evangelio revela la noble vocación y el
destino sublime de todo hombre y mujer (cf. Gaudium et spes,
10). La fe, además, nos ofrece la fuerza para responder a
nuestra alta vocación y la esperanza que nos lleva a
trabajar por una sociedad cada vez más justa y fraterna.
Como vuestros Padres fundadores bien sabían, la democracia
sólo puede florecer cuando los líderes políticos, y los que
ellos representan, son guiados por la verdad y aplican la
sabiduría, que nace de firmes principios morales, a las
decisiones que conciernen la vida y el futuro de la Nación.
Los Estados Unidos América han desempeñado desde hace más de
un siglo un papel importante en la comunidad internacional.
El viernes próximo, si Dios quiere, tendré el honor de
dirigir la palabra a la Organización de las Naciones Unidas,
donde espero alentar los esfuerzos que se están haciendo
para dar a esa institución una voz todavía más eficaz en
favor de las expectativas legítimas de todos los pueblos del
mundo. A este respecto, en el 60° aniversario de la
Declaración Universal de los Derechos del Hombre, la
exigencia de una solidaridad global es más urgente que nunca,
si se quiere que todos puedan vivir de acuerdo con su
dignidad, como hermanos y hermanas que habitan en una misma
casa, alrededor de la mesa que la bondad de Dios ha
preparado por todos sus hijos. América se ha mostrado
siempre generosa en salir al encuentro de las necesidades
humanas inmediatas, promoviendo el desarrollo y ofreciendo
alivio a las víctimas de las catástrofes naturales. Tengo la
confianza de que esta preocupación por la gran familia
humana seguirá manifestándose con el apoyo a los esfuerzos
pacientes de la diplomacia internacional orientados a
solucionar los conflictos y a promover el progreso. Así, las
generaciones futuras podrán vivir en un mundo en el que
florezca la verdad, la libertad y la justicia, un mundo
donde la dignidad y los derechos dados por Dios a cada
hombre, mujer y niño, sean tenidos en consideración,
protegidos y promovidos eficazmente.
Señor Presidente, queridos amigos: al comenzar mi visita en
los Estados Unidos, deseo expresar un vez más mi gratitud
por su invitación, mi alegría por encontrarme entre vosotros
y mi oración ferviente para que Dios Omnipotente fortalezca
a esta Nación y a su pueblo en el camino de la justicia, la
prosperidad y la paz. ¡Que Dios bendiga a América! |