Eminencia, Excelencia, queridos
amigos:
Me alegra tener esta oportunidad de encontrarme brevemente
con ustedes. Agradezco el saludo del Señor Cardenal y, sobre
todo, doy las gracias a vuestros representantes por sus
atentas palabras y por el regalo de vuestra composición.
Sepan que estoy muy contento de estar con ustedes. Les ruego
que transmitan mi saludo a sus padres y familiares, a sus
profesores y a los que les atienden.
Dios les ha bendecido con el don de la vida, y con otros
talentos y cualidades, por medio de las cuales pueden
servirlo a Él y a la sociedad de diferentes modos. Aunque la
contribución de algunos puede parecer grande y la de otros
más modesta, el valioso testimonio de nuestros esfuerzos
constituye siempre un signo de esperanza para todos.
A veces es un reto encontrar una razón para lo que aparece
solamente como una dificultad que superar o un dolor que
afrontar. No obstante, la fe nos ayuda a ampliar el
horizonte más allá de nosotros mismos para ver la vida como
Dios la ve. El amor incondicional de Dios, que alcanza a
todo ser humano, otorga un significado y finalidad a cada
vida humana. Por su Cruz, Jesús nos introduce realmente en
su amor salvador (cf. Jn 12,32) y así nos muestra la
dirección, el camino de la esperanza que nos transfigura, de
modo que nosotros mismos lleguemos a ser para los demás
transmisores de esperanza y amor.
Queridos amigos, les animo a rezar todos los días por
nuestro mundo. Hay muchas intenciones y personas por las que
poder orar, también por los que todavía no han llegado a
conocer a Jesús. Les ruego que recen también por mí. Como
saben, acabo de cumplir un año más. El tiempo vuela.
Reitero a todos mi gratitud, también a los Jóvenes Cantores
de la Catedral de San Patricio y a los miembros del Coro de
Sordos de la Archidiócesis. Como signo de vigor y de paz y
con gran afecto en el Señor, les imparto a ustedes y a sus
familias, a sus profesores y a los que les cuidan mi
Bendición Apostólica. |