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Reunión con los dos grandes rabinos de Israel en el Centro Hechal Shlomo de Jerusalén

 

Distinguidos rabinos,
Queridos amigos:

Estoy agradecido por la invitación que me han hecho para visitar Hechal Shlomo y a encontrarme con ustedes durante este viaje a Tierra Santa como obispo de Roma. Agradezco al rabino sefardí Shlomo Amar y al rabino Askenazi Yona Metzger por sus calurosas palabras de bienvenida y por el deseo expresado de continuar fortaleciendo los vínculos de amistad que la Iglesia Católica y el Gran Rabinado se han comprometido diligentemente a avanzar en el último decenio. Sus visitas al Vaticano en el 2003 y el 2005 son un signo de la buena voluntad que caracteriza nuestras crecientes relaciones.

 

Distinguidos rabinos, en reciprocidad ante tal actitud les manifiesto mi personal sentimiento de respeto y estima por ustedes y sus comunidades. Les aseguro mi deseo de profundizar la mutua comprensión y cooperación entre la Santa Sede, el Gran Rabinado de Israel y el pueblo judío en todo el mundo.

 

Un gran motivo de satisfacción para mí desde el inicio de mi pontificado ha sido el fruto producido por el diálogo en curso entre la delegación de la comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los judíos y la delegación del Gran Rabinado de Israel para las Relaciones con la Iglesia Católica. Deseo agradecer a los miembros de ambas delegaciones por su dedicación y el fatigoso trabajo para perfeccionar esta iniciativa, tan deseada por mi venerado predecesor, el papa Juan Pablo II, como él mismo afirmó en el Gran Jubileo del año 2000.

 

Nuestro encuentro de hoy es una ocasión muy apropiada para agradecer al Omnipotente por las muchas bendiciones que han acompañado el diálogo conducido por la comisión bilateral, y por mirar con esperanza sus futuras sesiones. La buena voluntad de los delegados para discutir abierta y pacientemente no los solo los puntos de acuerdo, sino también los puntos de discordancia, ha allanado el camino para lograr una colaboración más efectiva en la vida pública. Judíos y cristianos están interesados por igual en asegurar el respeto por la sacralidad de la vida humana, la centralidad de la familia, una sólida educación de los jóvenes, la libertad de religión y de conciencia para una sociedad sana. Estos temas de diálogo representan solo la fase inicial de aquello que esperamos sea un sólido y progresivo camino hacia una mejorada comprensión recíproca.

 

Una indicación del potencial de esta serie de encuentros se ha rápidamente visto en nuestra preocupación compartida de frente al relativismo moral y a las ofensas que ello genera contra la dignidad de la persona humana. En el acercamiento a las más urgentes cuestiones éticas de nuestros días, nuestras dos comunidades se encuentran ante el desafío de comprometer a las personas de buena voluntad a nivel de la razón, añadiendo simultáneamente los fundamentos religiosos que mejor sostienen los perennes valores morales. Que pueda el diálogo que ha sido iniciado continuar generando ideas de cómo sea posible a los Cristianos y a los judíos trabajar juntos para aumentar la consideración de la sociedad por las contribuciones características de nuestras tradiciones religiosas y éticas. Aquí en Israel los cristianos, desde el momento en que constituyen solamente una pequeña parte de la población total, valoran de modo particular las oportunidades de diálogo con sus vecinos hebreos.

 

La confianza es, innegablemente, un elemento esencial para un diálogo efectivo. Hoy tengo la oportunidad de repetir que la Iglesia Católica está irrevocablemente comprometida en el camino decidido en el Concilio Vaticano II para una auténtica y duradera reconciliación entre cristianos y judíos. Como la Declaración Nostra Aetate ha aclarado, la Iglesia continúa a valorizar el común patrimonio espiritual a los Cristianos y Hebreos, y desea una cada vez más profunda y mutua comprensión y estima, tanto mediante los estudios bíblicos y teológicos, como mediante los diálogos fraternos. ¡Que los siete encuentros de la comisión bilateral que ya han tenido lugar entre la Santa Sede y el Gran Rabinado puedan constituir una prueba! Soy reconociente de su compartida afirmación que la amistad entre la Iglesia Católica y el Gran Rabinado continuará a crecer en el respeto y comprensión.

 

Amigos míos, expreso una vez más mi profunda consideración por la bienvenida que me han dirigido hoy. Que nuestra amistad se siga poniendo como ejemplo de confianza en el diálogo para los judíos y cristianos de todo el mundo. Mirando los resultados alcanzados hasta ahora, y extrayendo nuestra inspiración de las Sagradas Escrituras, que podamos apuntar con confianza a una siempre más convencida cooperación entre nuestras comunidades – junto con todas las personas de buena voluntad – en condenar el odio y la opresión en todo el mundo. Oro a Dios, que escruta nuestros corazones y conoce nuestros pensamientos (Sal 139,23), para que continúe iluminándonos con su sabiduría, y así podamos seguir sus mandamientos de amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Dt 6,5) y amar al prójimo como a nosotros mismos (Lv 19,18).

 

¡Gracias!



 


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