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Encuentro con los líderes religiosos de Galilea en el Auditorio del Santuario de la Anunciación

 

Queridos Amigos:

 

Estoy agradecido por las palabras de bienvenida del obispo Giacinto –Boulos Marcuzzo y por su calurosa acogida, saludo cordialmente a los líderes de las diversas comunidades presentes, que comprenden Cristianos Musulmanes, Judíos, Drusos y otros personas religiosos.

 

Siento como una particular bendición el poder visitar esta ciudad, venerada por los cristianos, como el lugar donde el Ángel anunció a la virgen Maria que habría concebido por obra del Espíritu Santo. Aquí también José, su prometido, vio al Ángel en sueños y le fue indicado de llamar al niño “Jesús”. Luego de estos maravillosos eventos que acompañaron su nacimiento, el niño fue traído a esta ciudad por José y Maria donde “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2,40).

 

La convicción de que el mundo es un don de Dios y que Dios ha entrado en las vicisitudes y en los eventos de la historia humana, es la perspectiva desde la cual los cristianos ven que la creación tiene una razón y un fin. Lejos de ser el resultado de un hecho casual, el mundo ha sido querido por Dios, y revela su glorioso esplendor.

 

En el corazón de toda tradición religiosa se encuentra la convicción de que la paz misma es un don de Dios, aunque no se pueda alcanzar sin el esfuerzo humano. Una paz duradera proviene del reconocimiento de que el mundo no es nuestra propiedad, si no más bien el horizonte en el cual estamos invitados a participar del amor de Dios y a cooperar en guiar el mundo y la historia bajo su inspiración. No podemos hacer con el mundo todo aquello que nos place; es más, estamos llamados a conformar nuestras decisiones a las complejas y todavía perceptibles leyes escritas por el Creador en el universo y a modelar nuestras acciones según la bondad divina que rebosa el reino de lo creado.

 

Galilea, una tierra conocida por su heterogeneidad étnica y religiosa, es la casa de un pueblo que conoce bien los esfuerzos exigidos para vivir en armónica coexistencia. Nuestras diversas tradiciones religiosas tienen en si un potencial notable para promover de una cultura de la paz, especialmente a través la enseñanza y la predicación de los valores espirituales más profundos de nuestra común humanidad. Moldeando los corazones de los jóvenes, moldeamos el futuro de la humanidad. De buen ánimo los cristianos se unen a los judíos, musulmanes, drusos y gentes de otras religiones en el deseo de salvaguardar a los niños del fanatismo y de la violencia, mientras los preparamos a ser los constructores de un mundo mejor.

 

Queridos amigos míos, sé que acogen con gozo y con el saludo de la paz a los numerosos peregrinos que llegan a Galilea. Les invito a que continúen ejercitando el respeto recíproco mientras se empeñan en aliviar las tensiones concernientes a los lugares de culto, garantizando así a un ambiente sereno para la oración y la meditación, aquí y en toda Galilea. Representando diversas tradiciones religiosas, compartan el deseo común de contribuir a la mejora de la sociedad y de testimoniar así los valores religiosos y espirituales que ayuden a sustentar la vida pública. Les aseguro que la Iglesia Católica está comprometida en participar en esta noble empresa. Cooperando con hombres y mujeres de buena voluntad, ella buscará asegurar que la luz de la verdad, de la paz y de la bondad continúe resplandeciendo desde Galilea, y guíe a las personas del mundo entero a buscar todo aquello que promueve la unidad de la familia humana. ¡Que Dios los bendiga a todos!



 


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