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Homilía de Benedicto XVI en la Santa Misa en el Monte del Precipicio en la ciudad de Nazaret

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

“¡La paz de Cristo reine en sus corazones, porque como miembros de un cuerpo han sido llamados a la paz! (Col 3, 15). Con estas palabras del apóstol Pablo, saludo a todos con afecto en el Señor. Me alegro de haber venido a Nazaret, lugar bendecido por el misterio de la Anunciación, el lugar que contempló los años escondidos del crecimiento de Jesús en sabiduría, edad y gracia (cfr. Lc 2,52).

 

Agradezco al arzobispo Elias Chacour sus gentiles palabras de bienvenida, y abrazo con el signo de la paz a mis hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y todos los fieles de Galilea, que en la diversidad de sus ritos y tradiciones, dan expresión a la universalidad de la Iglesia de Cristo. Saludo con respeto al presidente de Israel que nos honra con su presencia. Deseo dar las gracias de forma especial a cuantos han hecho posible esta celebración, particularmente a quienes han participado en la planificación y construcción de este nuevo teatro este su espléndido panorama de la ciudad.

 

Aquí en la ciudad de Jesús, María y José, estamos reunidos para señalar la conclusión del Año de la Familia celebrado por la Iglesia en Tierra Santa. Como signo prometedor del futuro, bendeciré la primera piedra de un Centro Internacional para la Familia, que será construido en Nazaret. Oremos para que este Centro promueva una sólida vida familiar en esta región, ofrezca apoyo y asistencia a las familias en cualquier lugar y las anime en su insustituible misión en la sociedad.

 

Señor presidente, queridos amigos reunidos aquí en Belén, invoco sobre toda la población palestina la bendición y la protección de nuestro Padre celestial, y rezo fervientemente para que se cumpla el canto que los ángeles cantaron en este lugar: "paz en la tierra a todos los hombres de buena voluntad".

 

Además tengo esperanza en que esta etapa de mi peregrinación atraiga la atención de toda la Iglesia hacia esta ciudad de Nazaret. Como dijo el Papa Pablo VI todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana. Aquí, tras el ejemplo de María, José y Jesús, podemos apreciar aún más la santidad de la familia que, en el plan de Dios, se basa sobre la fidelidad de por vida de un hombre y una mujer, consagrada por el pacto conyugal y abierta al don de Dios de nuevas vidas. ¡Cuánta necesidad tienen los hombres y mujeres de nuestro tiempo de reapropiarse de esta verdad fundamental, que está en la base de la sociedad y cuán importante es el testimonio de parejas casadas en base a la formación de conciencias maduras y a la construcción de la civilización del amor!

 

En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Eclesiástico (Eclo 3,3-7.14-17), la palabra de Dios presenta a la familia como la primera escuela de la sabiduría, una escuela que educa a los propios miembros en la práctica de aquellas virtudes que conducen a la felicidad auténtica y duradera. En el plan de Dios para la familia, el amor del marido y la mujer produce el fruto de nuevas vidas, y encuentra su expresión cotidiana en los esfuerzos amorosos de los padres para asegurar una formación integral humana y espiritual para sus hijos. En la familia cada persona, se trate del niño más pequeño o del familiar más anciano, es valorada por lo que es en sí misma, y no simplemente como un medio para otros fines. Aquí empezamos a observar algunos de los papeles esenciales de la familia como primera piedra de la construcción de una sociedad bien ordenada y acogedora. Además alcanzamos a apreciar, dentro de la sociedad más amplia, el papel del Estado llamado a sostener a las familias en su misión educadora, a proteger la institución de la familia y sus derechos inherentes, y a asegurar que todas las ellas puedan vivir y florecer en condiciones de dignidad.

 

Escribiendo a los Colosenses, el apóstol Pablo habla instintivamente de la familia cuando intenta ilustrar las virtudes que edifican “el único cuerpo” que es la Iglesia. Como “elegidos de Dios, santos y amados”, estamos llamados a vivir en armonía y en paz los unos con los otros, mostrando sobre todo magnanimidad y perdón, con el amor como el vínculo más grande de perfección (cfr. Col 3, 12-14). Como en el pacto conyugal, el amor del hombre y de la mujer viene elevado por la gracia hasta convertirse en compartido, y expresión del amor de Cristo y de la Iglesia (cfr. Ef 5, 32), de modo que la familia, fundada sobre el amor, esta llamada a ser una “iglesia doméstica”, un lugar de fe, de oración y de preocupación amorosa por el verdadero y duradero bien de cada uno de sus miembros.

 

Mientras reflexionamos sobre estas realidades, en ésta que es la ciudad de la Anunciación, nuestro pensamiento se dirige naturalmente a María, “llena de gracia”, la Madre de la Sagrada Familia y nuestra Madre. Nazaret nos recuerda el deber de reconocer y respetar la dignidad y misión concedidas por Dios a las mujeres, como también sus carismas y talentos particulares. Ya sea como madres de familia, como presencia vital en las fuerzas laborales y en las instituciones de la sociedad, o como en la particular vocación a seguir al señor mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, las mujeres tienen un papel indispensable en la creación de esa “ecología humana” (cfr Centesimus annus, 39) de la que nuestro mundo, y también esta tierra, tienen necesidad tan urgente: un ambiente en el que los niños aprendan a amar y querer a los otros, a ser honestos y respetuosos hacia todos, a practicar las virtudes de la misericordia y del perdón.

 

Aquí pensamos también en san José, el hombre justo que Dios puso al frente de su casa. Del ejemplo fuerte y paterno de José, Jesús aprendió las virtudes de la piedad masculina, de la fidelidad a la palabra dada, de la integridad y del trabajo duro. En el carpintero de Nazaret vemos como la autoridad puesta al servicio del amor es infinitamente más fecunda que el poder que intenta dominar. ¡Cuanta necesidad tiene nuestro mundo del ejemplo, de la guía y de la silenciosa calma de hombres como José!

 

Por último, contemplando la Sagrada Familia de Nazaret, dirijamos ahora la mirada al niño Jesús, que en la casa de María y de José creció en sabiduría y conocimiento, hasta el día en el que inició su ministerio público. Aquí querría añadir un pensamiento particular a los jóvenes presentes. El Concilio Vaticano II enseña que los niños tienen un papel especial en hacer crecer a sus padres en la santidad (cfr. Gaudium et spes, 48). Les pido que reflexionen sobre ello y dejen que el ejemplo de Jesús les guíe no sólo mostrando respeto a sus padres, sino también ayudándoles a descubrir con más plenitud el amor que da a nuestra vida el sentido más completo. En la Sagrada Familia de Nazaret fue Jesús el que enseñó algo a María y a José sobre la grandeza del amor de Dios, su celeste Padre, la fuente última de todo amor, el Padre de quien toda familia en el cielo y en la tierra toma su nombre (cfr. Ef 3, 14-15).

 

Queridos amigos, en la oración colecta de la Misa de hoy hemos pedido al Padre que “nos ayude a vivir como la Sagrada Familia, unidad en el respeto y en el amor”. Renovemos aquí nuestro compromiso de ser levadura de respeto y de amor en el mundo que nos circunda. Este Monte del Precipicio nos recuerda, como lo ha hecho con generaciones de peregrinos, que el mensaje del Señor fue en ocasiones fuente de contradicción y de conflicto con los mismos que le escuchaban. Por desgracia, como sabe el mundo, Nazaret ha experimentado tensiones en los años recientes, que han dañado las relaciones entre las comunidades cristiana y musulmana. Invito a las personas de buena voluntad de ambas comunidades a reparar el daño que ha sido hecho, y en la fidelidad al credo común en un único Dios, Padre de la familia humana, trabajar para construir puentes y encontrar formas de convivir pacíficamente. ¡Que cada cual rechace el poder destructivo del odio y del prejuicio, que asesinan el alma humana antes que al cuerpo!

 

Permítanme que concluya con una palabra de gratitud y alabanza hacia cuantos se esfuerzan para llevar el amor de Dios a los niños de esta ciudad y para educar a las nuevas generaciones por los caminos de la paz. Pienso de manera especial en los esfuerzos de las iglesias locales, particularmente en sus escuelas y en sus instituciones caritativas, para derribar los muros y para ser terreno fértil de encuentro, de diálogo, de reconciliación y de solidaridad. Animo a los sacerdotes, a los religiosos, a los catequistas y a los profesores a que se comprometan, junto con los padres y cuantos se dedican al bien de nuestros muchachos, a perseverar en dar testimonio del Evangelio, a tener confianza en el triunfo del bien y de la verdad, y a confiar en que Dios hará crecer toda iniciativa destinada a difundir su Reino de santidad, solidaridad, justicia y paz. Al mismo tiempo reconozco con gratitud la solidaridad que muchos hermanos y hermanas nuestros en todo el mundo expresan hacia los fieles de Tierra Santa, apoyando los loables programas y actividades de la Catholic Near East Welfar Association.

 

“Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). ¡Qué la virgen de la Anunciación, que valerosamente abrió el corazón al misterioso plan de Dios, y se convirtió en Madre de todos los creyentes, nos guíe y nos sostenga con su oración! ¡Que obtenga para nosotros y nuestras familias la gracia de abrir los oídos a esta palabra del Señor que tiene el poder de construir (cfr. Hch 20, 32), que nos inspire decisiones valerosas, y que guíe nuestros pasos por el camino de la paz!

 

(Traducción libre y de trabajo de ECCLESIA DIGITAL)



 


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