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Discurso del Benedicto XVI en la despedida a Israel

 

Señor presidente, señor primer ministro, excelencias, señoras y señores:

 

Al disponerme a regresar a Roma, quisiera compartir con vosotros algunas de las fuertes impresiones que me ha dejado la peregrinación a Tierra Santa. He mantenido fecundas conversaciones con las autoridades civiles tanto de Israel como de los Territorios Palestinos, y he sido testigo de los grandes esfuerzos que ambos gobiernos están haciendo para asegurar el bienestar de las personas. He mantenido encuentros con los líderes de la Iglesia católica en Tierra Santa, y me alegra el ver la manera en que están trabajando juntos para atender al rebaño del Señor. He tenido, además, la oportunidad de encontrar a los líderes de varias iglesias cristianas y comunidades eclesiales, así como a los líderes de otras religiones de Tierra Santa. Esta tierra es realmente un terreno fértil para el ecumenismo y el diálogo interreligioso, y rezo para que la gran variedad de testimonios religiosos en la región traiga como fruto un creciente entendimiento mutuo y respeto.

 

Señor presidente, usted y yo plantamos un olivo en vuestra residencia el día en que yo llegué a Israel. El olivo, como usted sabe, es una imagen utilizada por san Pablo para describir las relaciones sumamente cercanas entre los cristianos y los judíos. Pablo describe en su carta a los Romanos cómo la Iglesia de los gentiles es como un brote de olivo silvestre, injertado en el olivo cultivado, el Pueblo de la Alianza (cf. 11, 17-24). Somos alimentados por las mismas raíces espirituales. Nos encontramos como hermanos, hermanos que en algunos momentos de nuestra historia han tenido relaciones tensas, pero que ahora están firmemente comprometidos por construir puentes de amistad duradera.

 

A la ceremonia en el palacio presencial le siguió uno de los momentos más solemnes de mi estancia en Israel: mi visita al Memorial del Holocausto en Yad Vashem para rendir homenaje a las víctimas de la Shoá. Allí también pude encontrar a algunos de los supervivientes. Esos encuentros, profundamente conmovedores, me recordaron mi visita de hace tres años al campo de la muerte de Auschwitz, donde muchos judíos --madres, padres, maridos, esposas, hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos-- fueron brutalmente exterminados bajo un régimen sin Dios que propagaba una ideología de antisemitismo y odio. Este espantoso capítulo de la historia nunca debe ser olvidado o negado. Por el contrario, aquellos oscuros recuerdos deberían reforzar nuestra determinación para acercarnos aún más los unos a los otros, como ramas del mismo olivo, alimentados por las mismas raíces y unidos por el amor fraterno.

 

Señor presidente, le doy las gracias por el calor de su hospitalidad, sumamente apreciada, y deseo que quede constancia del hecho que he venido a visitar este país como amigo de los israelíes, así como soy amigo del pueblo palestino. A los amigos les gusta pasar tiempo en recíproca compañía y se afligen profundamente al ver que el otro sufre. Ningún amigo de los israelíes y de los palestinos puede dejar de entristecerse por la tensión continua entre vuestros dos pueblos. Ningún amigo puede dejar de llorar por el sufrimiento y la pérdida de vidas humanas que ambos pueblos han sufrido en las últimas seis décadas. Permítame lanzar este llamamiento a todas las personas de estas tierras: ¡Nunca más derramamiento de sangre! ¡Nunca más enfrentamientos! ¡Nunca más terrorismo! Nunca más guerra! Por el contrario, rompamos el círculo vicioso de la violencia. Que pueda establecerse una paz duradera basada en la justicia, que haya una verdadera reconciliación y curación. Que sea universalmente reconocido que el Estado de Israel tiene derecho a existir y a gozar de paz y seguridad en el interior de sus fronteras internacionalmente reconocidas. Que sea igualmente reconocido que el pueblo palestino tiene el derecho a una patria independiente, soberana, a vivir con dignidad y viajar libremente. Que la solución de los dos Estados se convierta en realidad y no se quede en un sueño. Y que la paz pueda difundirse desde estas tierras; que puedan ser "luz para las naciones"(Isaías 42,6), llevando esperanza a muchas otras regiones que son golpeadas por conflictos.

 

Una de las imágenes más tristes para mí durante mi visita a estas tierras ha sido el muro. Al pasar a su lado, recé por un futuro en el que los pueblos de Tierra Santa puedan vivir juntos, en paz y armonía, sin necesidad de semejantes instrumentos de seguridad y de separación, sino más bien respetándose y confiando mutuamente, renunciando a toda forma de violencia y agresión. Señor presidente, sé lo difícil que será alcanzar ese objetivo. Sé lo difícil que es su tarea, y la de la Autoridad Palestina. Pero le aseguro que mis oraciones y las oraciones de los católicos de todo el mundo le acompañan siempre, mientras usted continúa sus esfuerzos por edificar una paz justa y duradera en esta región.

 

No me queda más que dar las gracias de todo corazón a todos los que han colaborado de tantas maneras con mi visita. Me siento profundamente agradecido con el gobierno, los organizadores, los voluntarios, los medios de comunicación, y todos los que me han ofrecido hospitalidad y a los que me han acompañado. Podéis estar seguros de que os recordaré con afecto en mis oraciones. A todos vosotros os digo: gracias y que Dios esté con vosotros.

 

¡Shalom!

 

[© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]



 


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