EWTN: The Global Catholic Network

TV, Radio e Internet

Programación

martes, 11 de Mayo

Ceremonia de bienvenida a Lisboa 6 a.m. ET

 

Visita al Monasterio de los Jerónimos 7:45 a.m.

 

Visita al presidente de Portugal 8:45 p.m. ET

 

Santa Misa en Lisboa 1:15 p.m. ET

miércoles, 12 de Mayo

Encuentro con el Mundo de la Cultura 5 a.m. ET

 

Arribo a Fátima 12:10 p.m. ET

Vísperas 1 p.m. ET

 

Santo Rosario y Procesión de las Antorchas
4:30 p.m. ET

jueves, 13 de Mayo

Misa en Fátima 5 a.m. ET

viernes, 14 de Mayo

Misa en Porto 5:15AM a.m. ET

 

Despedida en Porto 8:30AM a.m. ET

 

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Comentaristas

Alejandro Bermúdez Padre Daniel Cardó
Alejandro Bermúdez Padre Daniel Cardó

Próximas Visitas del Papa

Visita Apostólica a Chipre
Junio 4 - Junio 6, 2010

 

Visita Apostólica a Gran Bretaña
Septiembre 16 - Septiembre 19, 2010

Homilía del Papa Benedicto XVI en la Misa en el Terreiro do Paço (Plaza del Palacio) de Lisboa. (Mayo 11, 2010)

 

Queridos hermanos y hermanas

¡Jóvenes amigos!

 

“Id y haced discípulos de todas las naciones (…) enseñándoles a cumplir todo cuanto os mandé. Y yo estoy siempre con vosotros, hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 20). Estas palabras de Cristo resucitado se revisten de un significado particular en esta ciudad de Lisboa, desde donde partieron en gran número generaciones y generaciones de cristianos – obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes – obedeciendo al llamado del Señor y armados simplemente con esta certeza que les dejó: “Yo estoy siempre con vosotros”. Glorioso es el lugar conquistado por Portugal entre las naciones por el servicio prestado a la dilatación de la fe: en los cinco continentes del mundo hay Iglesias locales que tuvieron su origen en la misión portuguesa.

 

En tiempos pasados, vuestra salida en demanda de otros pueblos no impidió ni destruyó los vínculos con los que lo que eran y acreditaba, pero, con sabiduría cristiana, pudisteis transplantar experiencias y particularidades abriéndoos a la contribución con otros para ser vosotros mismos, en aparente debilidad que es fuerza. Hoy, participante en la edificación de la Comunidad Europea, llevan la contribución de vuestra identidad cultural y religiosa. De hecho, Jesucristo, así como se unió a los discípulos en el camino de Emaús, así también camina con nosotros según su promesa: “Estoy siempre con vosotros, hasta el fin de los tiempos”. A pesar de ser diferente a los Apóstoles, nosotros también tenemos una verdadera y personal experiencia de presencia del Señor resucitado. La distancia de siglos es superada y el Resucitado se ofrece vivo y operante por nosotros, en el hoy de la Iglesia y el mundo. Esta es nuestra gran alegría. En el río vivo de la Tradición eclesial, Cristo no está a dos mil años de distancia, sino está realmente presente entre nosotros y nos da la Verdad, nos da la luz que nos hace vivir y encontrar el camino para el futuro.

 

Presente en su Palabra, en la asamblea del Pueblo de Dios con sus Pastores y, de modo eminente, en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, Jesús está con nosotros aquí. Saludo al Señor Cardenal Patriarca de Lisboa, a quien agradezco sus calurosas palabras que me dirigió, en el inicio de la celebración, en nombre de su comunidad que me acoge y que abrazo en sus casi dos millones de hijos e hijas, a todos vosotros aquí presentes – amados hermanos en el Episcopado y el sacerdocio, queridas mujeres y hombres consagrados así como laicos comprometidos, queridas familias y jóvenes, bautizados y catecúmenos– dirijo mi saludo fraterno y amigo, que extiendo a cuantos están unidos con nosotros a través de la radio y la televisión. Sentidamente agradezco la presencia del Señor Presidente de la República y demás autoridades, con mención particular al Presidente de la Cámara de Lisboa que tuvo la amabilidad de honrarme con la entrega de las llaves de la ciudad.

 

Lisboa amiga, puerto y abrigo de tantas esperanzas que te confiaba quien partía y pretendía quien te visitaba, quiero hoy usar las llaves que me entregas para sostener tus esperanzas humanas en la Esperanza divina. En la lectura hace poco proclamada de la Epístola de San Pedro hemos escuchado: “Voy a poner en Sión una piedra angular, escogida y preciosa. Y quien crea en ella no será confundido”. Y el Apóstol explica: “Acercaos al Señor. Él es la piedra viva, rechaza, es cierto, por los hombres, pero a los ojos de Dios escondida y preciosa” (1 Pe 2, 6.4). Hermanos y hermanas, quien cree en Jesús no será confundido: es Palabra de Dios, que no Se engaña ni puede engañar. Palabra confirmada por una “multitud que nadie puede contar y que proviene de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas” y que el autor del Apocalipsis vio vestida de “túnicas blancas y con palmas en la mano” (Ap. 7, 9). En esta multitud incontable, no sólo están los santos Veríssimo, Máxima e Júlia, martirizados aquí en la persecución de Diocleciano, o San Vicente, diácono y mártir, Patrón principal del Patriarcado, San Antonio y San Juan de Brito que de aquí partieron para sembrar la semilla de Dios en otras tierras y gentes, o San Nuno de Santa María que, hace poco más de un año, fue inscrito en el libro de los santos. También está formada por los “siervos de nuestro Dios” de todos los tiempos y lugares, en cuya frente fue trazada la señal de la cruz con “el sello de la marca de Dios vivo” (Ap 7, 2): el Espíritu Santo. Se trata del rito inicial cumplido sobre cada uno de nosotros en el sacramento del Bautismo, por el cual la Iglesia da a luz a los “santos”.

 

Sabemos que no faltan los hijos insumisos y hasta rebeldes, pero es en los santos que la Iglesia reconoce sus trazos característicos y, precisamente en ellos, saborea su alegría más profunda. Todos comparten la voluntad de encarnar en su existencia el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador que del Pueblo de Dios que es el Espíritu Santo. Fijando la mirada en sus santos, esta Iglesia local concluye justamente que la prioridad pastoral evangélica en medio del mundo, en la familia, la cultura, la economía, y la política. Muchas veces nos preocupamos afanosamente en las consecuencias sociales, culturales y política de la fe, dando por supuesto que la fe existe, o cada es cada vez menos realista. Se coloca así una confianza tal vez excesiva en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y funciones, pero ¿qué sucederá si la sal se vuelve insípida?

 

Para eso es preciso volver a anunciar con vigor y alegría el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, corazón del cristianismo, fulcro y sustento de nuestra fe, alabanza poderosa de nuestras certezas, viento impetuoso que barre cualquier miedo e indecisión, cualquier duda y cálculo humano. La resurrección de Cristo nos asegura que ninguna fuera adversa podrá jamás destruir a la Iglesia. Por lo tanto nuestra fe tiene fundamento, pero es preciso que esta fe se vuelva viva en cada uno de nosotros. Así es necesario realizar un vasto esfuerzo capilar para que cada cristiano se transforme en testimonio capaz de dar cuenta a todos y siempre la esperanza que lo anima (cf. 1 Pe 3, 15): Sólo Cristo puede satisfacer plenamente los anhelo profundos de cada corazón humano y responder a sus cuestionamientos más inquietantes sobre el sufrimiento, la injusticia y el mal, sobre la muerte y la vida más allá.

 

Queridos hermanos y jóvenes amigos, Cristo está siempre con nosotros y camina siempre con su Iglesia, la acompaña y aguarda, como Él nos dice “Estoy siempre con vosotros hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 20). ¡Nunca duden de su presencia! Busquen siempre al Señor Jesús, crezcan en amistad con Él, comúlguenlo. Aprendan a abrir y a conocer su palabra y también a reconocerLo en los pobres. Vivan vuestra vida con alegría y entusiasmo, con la certeza de su presencia y de su amistad gratuita, generosa, fiel hasta la muerte de Cruz. Testimonien la alegría de esta suave y fuerte presencia para todos, comenzando por aquellos de vuestra edad. Díganles que es bello ser amigo de Jesús y que vale la pena seguirLo. Con vuestro entusiasmo, mostrad que, entre tantos modos de vivir que hoy el mundo parece ofrecernos – todos aparentemente del mismo nivel – solo siguiendo a Jesús se encuentra el verdadero sentido de la vida y, en consecuencia, la alegría verdadera y duradera.

 

Buscad diariamente la protección de María, la Madre del Señor y espejo de toda la santidad. Ella, la Toda Santa, os ayude a ser fieles discípulos de su Hijo Jesucristo.

 

 

 

Homilías y discursos

 

Mayo 11

 

Visita al Presidente de la República

 

Bienvenida a Lisboa

 

Saludo al Rey de España

 

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