Un día, el 2 de septiembre de 1915, doña
Josefa llamó a su hijo: "¡Padre Pío! ¡Padre Pío!" Después de unos
momentos, su hijo salió de la cabaña agitando las manos, como si se las hubiera
quemado.
Su madre de carácter siempre alegre, se sonrió y le dijo: ¿Qué trae ahora que viene
tocando la guitarra con las dos manos?
"No es nada", contestó el Padre Pío, "dolores insignificantes".
En realidad el Padre Pío acababa de recibir los estigmas invisibles. Ya antes había
sentido dolores en los pies y en las manos.
En 1912 los dolores se extendieron al corazón. En una carta de aquel tiempo, así
escribía: "El corazón, las manos y los pies, me parecen estar traspasados por una
espada".
El 10 de octubre de 1915 comunicó a su director espiritual, Padre Agustín, haber
recibido los estigmas invisibles, sintiendo, especialmente en algunos días
"agudísimo dolor".
Un día en que estaba en el coro con los demás
religiosos, después de que terminó el rezo de la Liturgia de las Horas, todos se
retiraron, quedando solamente el Padre Pío recogido en su oración personal junto al
padre Arcángel. Al toque de la campanilla para la comunidad, los dos se levantan. Las
manos del Padre Pío están sangrando. El Padre Arcángel preocupado, le pregunta:
"¿Se ha herido?".
Con paso incierto y con el rostro pálido se fue a presentar al Superior, quien al verlo
quedó petrificado. Además de las manos y los pies, también el costado sangraba
abundantemente. Lo raro también era que la sangre no coagulaba y, además, emanaba un
agradable perfume.
El Superior enseguida pone al tanto al Padre Provincial. Como es de imaginar, la noticia
no duró mucho tiempo oculta. El estupor y la alegría llenó los corazones de miles de
personas, que iban a ver al "santo". Todo el mundo quería confesarse con el
Padre Pío o participar en su Santa Misa.
El caso preocupó mucho al Superior Provincial quién se propuso estudiar bien su caso.
Pidió fotografías y las envió, junto con un amplio reporte a la Santa Sede. Como
respuesta, recibió la orden de intensificar el estudio médico y sustraer al Padre Pío
de la curiosidad popular. Se le prohibió celebrar misa en público y confesar.
El Padre Pío calla y obedece. Durante dos largos años vivió una vida perfecta de
claustro y bajo las órdenes de los médicos, que no encontraban las causas naturales de
sus heridas, no dejaban en paz al padre.
Un día un doctor le hizo esta pregunta:
-Padre, dígame ¿Por qué tiene lesiones exactamente allí y no en otra parte?
-Más bien debería ser usted el que me conteste, doctor: ¿por qué he de tenerlas en
otras partes y no allí?
Al Padre Pío no le faltaban ni el sentido del humor ni las respuestas
sagaces. |