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Carta de Pepe Alonso para el mes de Septiembre

Miami, septiembre del 2016

Familia.

De cuando en cuando acudimos a nuestro médico para hacernos un examen que determine el estado de nuestra salud. Pero, raramente nos tomamos el tiempo para hacernos un auto examen de nuestra salud espiritual, lo cual tiene  consecuencias en nuestro destino final en la eternidad  Hoy les invito a que reflexionemos por unos minutos en lo que la FE implica en la vida espiritual de cada uno de nosotros. "Más el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma";  Hebreos 10, 38  Si así, ¿qué pasa?

El Concilio Vaticano II enseñó sabiamente que “el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época” (Constitución pastoral Gaudium et Spes, n. 43). Desde entonces la expresión “divorcio entre fe y vida” se volvió un lugar común en el lenguaje católico. Actualmente, todos los análisis eclesiales de la realidad identifican dicho “divorcio” como uno de los problemas centrales para los cristianos de hoy. Sin duda ese diagnóstico es en sí mismo correcto, pero la forma en que a menudo es presentado me deja insatisfecho: suele sobreentenderse que, en ese “divorcio”, el problema no está principalmente “del lado de la fe”, sino “del lado de la vida”; de ahí que, en esos casos, la terapia propuesta consista esencialmente en una exhortación moral, dirigida a todos los cristianos, para que en su vida asuman de un modo más activo y esforzado sus responsabilidades en el mundo, en coherencia con la fe que ya tienen.

Todos sabemos demasiado bien, por experiencia, que el creyente sufre siempre la tentación de reducir su fe a un legalismo o un ritualismo, tendencias condenadas ya por los profetas del Antiguo Testamento así como por el mismo Jesús.

Extremando el planteo, podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿es que acaso puede haber un divorcio real entre la verdadera fe cristiana y la verdadera vida cristiana? Si la fe no se concibe de un modo intelectualista, como una mera aceptación de verdades doctrinales, sino en toda su profundidad, como una adhesión radical del creyente al Dios que se revela a Sí mismo en Jesucristo, se cae fácilmente en la cuenta de que esa virtud teologal, si es verdadera, no puede dejar de ir acompañada por las otras dos virtudes teologales: la esperanza y la caridad (o amor cristiano). Además, el amor cristiano no es tal si no se manifiesta en obras buenas. Por consiguiente, la fe cristiana auténtica produce necesariamente frutos de justicia y santidad, todo un estilo de vida.

Esto nos lleva a ver el otro lado de la moneda,  el grave problema del divorcio entre la fe y la vida diaria, viéndolo desde “del lado de la fe”, más que “del lado de la vida”: la causa primera de ese “divorcio” es una falta de fe, que se manifiesta en la vida. ¡Es nuestra vida la que puede separarse de la fe verdadera y no al revés!

Si el ser humano se aleja del centro del que mana la vida de la gracia divina, que es aceptada por medio de la fe, fatalmente esa vida se empobrece y debilita en el alma y en sus expresiones concretas en la vida cotidiana. Por eso el remedio es, en esencia, simple: volver a Jesucristo, con la fuerza del Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Cristo mismo es la Vida y ha venido a traernos vida en abundancia. Si permanecemos unidos a Cristo, en la fe, la esperanza y el amor, daremos mucho fruto (cf. Juan 15,5).

Ahora bien, la fe no es un paraguas. Tener fe es estupendo, porque te ayuda en los momentos duros de la vida, como puede ser la muerte de un ser querido. “Es como tener siempre a mano un paraguas, y entonces, cuando llueve, vas y lo abres»: así razonaba hace poco un cristiano que conozco muy bien, convencido de estar valorando debidamente el don, sin duda precioso, de la fe. El problema surgía al no saber cómo explicar la función de un paraguas cerrado. Al final, esta manera de entender la fe la reduce a un adorno, porque al hacer uso de tal paraguas, en lugar de afrontar la vida en toda su verdad, se está en realidad huyendo de ella, buscando un falso refugio. Falso, porque sólo Dios es verdadero refugio, y Dios, ¿no es acaso todo en todo, como afirma san Pablo? Y es preciso añadir: ¿cómo puede ayudar a vivir las cosas duras y difíciles de la vida lo que no sirve para las cosas sencillas de cada día? ¡Hombre! –pensará más de uno–, para esas cosas cotidianas, ya me basto y me sobro yo; pero este modo de razonar, ¿no está acaso en las antípodas de la fe?

El mayor peligro que amenaza hoy a los cristianos, y en consecuencia a toda la Humanidad, es exactamente el mismo de los primeros tiempos de la Iglesia: un espiritualismo separado de la vida real. San Juan no deja un resquicio para la duda, afirmando con toda nitidez: «El Verbo se hizo carne». Se refiere indudablemente a que se hizo hombre, pero emplea el termino que impide caer en la tentación de olvidarse del cuerpo, que es una sola cosa indivisible con el alma, ¡e indivisible con el Espíritu Santo que se nos ha dado en el Bautismo, justamente para ser hombres plenos, para que nuestra humanidad –creada a imagen misma de Dios– no esté disminuida!

La gran tragedia de nuestro tiempo, como ya el Papa Pablo VI denunciaba con fuerza, está precisamente en el divorcio entre la fe y la vida, en ese letal dualismo que reduce la fe a una espiritualidad sin Espíritu Santo. La fe auténtica, por el contrario, llena de luz y de esperanza hasta la más pequeña de las cosas y la más insignificante molécula de nuestro cuerpo. La fe tiene que vivirse en todos, TODOS los aspectos de nuestra vida.

La Iglesia nos invita a dirigir la mirada, una y otra vez, a un acontecimiento histórico sin igual: el Verbo eterno se hizo hombre. Exige una "toma de posición", una respuesta, una opción: o creo, o no creo. O estoy con Él, o estoy contra Él. Incluso la indecisión sobre este punto debe resolverse en una dirección, ya que cada persona tiene no sólo el derecho sino el deber de buscar la verdad y seguirla.  Así de sencillo.

¿Son, pues, la fe y la vida dos realidades que pueden permanecer frecuentemente desconectadas la una de la otra, de modo que puedo afirmar que soy cristiano y comportarme habitualmente como quien no cree?  ¿O debo afirmar más bien que mi vida toda, y por tanto todo lo que pienso, digo y hago en mi vida cotidiana debe siempre hundir sus raíces en la fe y nutrirse de ella?

Sí, hay que comprender y afirmar esto: la fe en el Señor Jesús necesariamente debe ejercer un creciente influjo en mis pensamientos y reflexiones, en mi modo de aproximarme a la realidad y de relacionarme con las personas, en mis comportamientos, en mis sentimientos, en mis opciones cotidianas, en mis obras.

Y si descubro alguna incoherencia en mi vida, entre lo que creo y lo que hago, pues tengo el auxilio de lo Alto y la libertad para decir: «¡Basta! Creo en Ti, Señor, y voy a ser coherente en mi vida diaria, en mi vida cotidiana, en mi quehacer cotidiano. ¡Voy a esforzarme día a día por crecer en esa coherencia! Y si acaso caigo, me levantaré. Y si caigo de nuevo me volveré a levantar las veces que sea necesario, porque creo, Señor, que Tú eres "el Camino, la Verdad y la Vida"».

<<Nunca pierdas la fe cuando los problemas sean difíciles, aunque las nubes oscuras no dejen ver la luz, levanta el ánimo, toma aliento en Dios.

Nunca pierdas la fe Dios ha dicho que contigo estará con paciencia enfrenta la prueba, y con su fortaleza la superarás.

Levanta tu mirada al cielo, confía en que mejores momentos vendrán, nunca pierdas la fe, grandes cosas Dios te dará.>> Por Mery Bracho 

Esta Misión vive de la “Providencia de Dios”  que en fe esperamos mes con mes. Tu eres esa “providencia” para nosotros por lo que te aseguro que todo lo que hagas por EWTN el Señor te lo retribuirá con  abundantes bendiciones.

Tu hermano en Jesús y María.

Pepe Alonso