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Carta de Pepe Alonso para el mes de Abril

Miami, abril del 2016

¡Cristo ha resucitado! Verdaderamente, ha resucitado.

Queridos hermanos y hermanas, después de haber vivido el tránsito a la casa del Padre de nuestra queridísima Madre Angélica debemos continuar nuestra peregrinación por esta tierra hasta que nos llegue nuestra propia partida. Pascua es, por ahora, nuestra ruta a seguir. Nadie podrá negar que todos los cristianos, mal que bien, festejamos la Pascua. Ella es, en nuestra apreciación, fiesta importantísima. Sin embargo, ¿no podríamos, quizá, afirmar que Navidad es celebración más importante? Navidad se vive hasta en las calles: árboles públicos adornados, el obelisco iluminado, gallardetes y cotillón por todas partes, los regalos, las fiestas familiares, la sidra, el champagne, garrapiñadas y pan dulce. Semana Santa es percibida como fundamental –quizá por los feriados-, pero de ella el día más importante parece ser el Viernes Santo. La Pascua, para algunos, luce como menos importante.

Al principio no fue así. La Fiesta cristiana, la madre de todas las fiestas, era Pascua de Resurrección. Y la Resurrección el centro de la predicación cristiana. A creer en Cristo 'Resucitado' es a lo que llamaban los apóstoles. Es lo que encontramos en los estratos más primitivos de las epístolas de Pablo y de los hechos de los Apóstoles.

Recién más tarde se añadió, a esta proclamación, el recuerdo de lo que había hecho y dicho Jesús antes de su muerte y Resurrección. Bastante más tarde, aparecen –y solamente en Lucas y en Mateo- los relatos del nacimiento e infancia de Jesús, que es lo último que escribieron e interesó a los evangelistas.

Lo mismo el festejo. Desde el comienzo los discípulos se reunían todos los primeros día después del sábado. Sábado que era la jornada de descanso de los judíos-. Es decir, se reunían el primer día de la semana de trabajo. Ese día era el semanalmente utilizado para conmemorar la Resurrección, el día en que Jesús de Nazaret se había transformado en 'el Señor', el 'Kyrios', el 'Dominus' –título técnico para designar al resucitado-. De allí que ese día fue finalmente nombrado como 'día del Señor', es decir, 'día del resucitado', 'Domínicus dies', en latín. De allí nuestro 'domingo'.'Dominicus' se trasformó, fonéticamente, entre los hispanos, en 'domingo'.

Y, cada año, el aniversario del día de la Pascua judía, cuando Jesús había resucitado, era una gran conmemoración: la única fiesta que conoció la primitiva Iglesia.

Muy tardíamente -recién en el siglo IV- en Roma, y obedeciendo, quizá, a la idea sincretista de Constantino que quería unificar los cultos paganos y cristianos. Recién allí la Iglesia romana, para no abolir frontalmente la fiesta idólatra del solsticio de invierno, día en que el sol ,desde lo más bajo de su trayectoria en el horizonte, comienza a ascender, la trata de cubrir o transformar en la fiesta del nacimiento de Jesús. Esa conmemoración, por una diferencia de calendario, era celebrada en Roma el 25 de Diciembre y en Egipto el 6 de Enero. Se denominaba día del "Natalis solis invicti", el día 'del nacimiento del invicto sol' –sol considerado dios, por cierto-. La Iglesia, bautizando esta celebración comienza a festejar en esas mismas fechas, el día del "Natale Christi", la "Natívitas Christi": nuestra Navidad, pues, en Occidente; Epifanía, en Oriente.

Por supuesto que la Navidad es importante, y es justo y necesario que la festejemos, pero no debemos nunca olvidar que la Navidad sin la Pascua, no serviría para nada. Como tampoco la Cruz sin la Resurrección. Y noten que la Navidad está más en la línea del Viernes Santo que en la de la Pascua. La Navidad no es sino el comienzo del abajamiento, la kénosis, la humillación del Señor que se consumará en el Calvario. Navidad es Dios que se abaja y 'condesciende' asumiendo la pequeñez del ser humano para correr con este su destino de pecado y de muerte. Pascua es, al revés, el ser humano que, desde su condición de miseria, de pecado y de muerte, es transformado en Dios. El Jesús Nazareno crucificado que es ascendido a Señor –título de Dios-.

Claro, es más fácil para todos festejar Belén. Aún para los no creyentes. Aunque no hubiera sido Dios, Jesús -lo menos que puede decirse- fue un gran hombre y, de hecho, cambió la marcha de la historia. Es el personaje histórico más importante de la humanidad y su doctrina - todos están de acuerdo- fue sublime y universal. Hasta al último no creyente le habla de paz, de amor, de comprensión. Cosas de las cuales ¿quién no está necesitado? Aún para el creyente, es más fácil amar al Dios que se hace hombre para acompañarnos en las tristezas de este mundo y morir por nosotros en la Cruz, que al Jesús casi espectral, inasible, de la Resurrección.

Para festejar Navidad basta cualquier sentimentalismo humano. Para festejar Pascua en cambio hace falta fe. Quizá por ello sea menos popular que Navidad e incluso que el Viernes Santo.

Pero el cristianismo no es la religión del Dios que se hace hombre, ni tampoco del Dios que se hace hombre para sufrir y morir por nosotros –todo eso no tendría sentido si acabara allí-, sino que es la religión del hombre que es hecho Dios, asumido por lo Divino.

Nuestra fe no termina en Belén ni en el Calvario, sino en Pascua de Resurrección. Más aún: podríamos decir que la Encarnación, que se dice festejar en Navidad, debería mejor festejarla en Pascua. En Belén, por cierto, Jesús ya es Dios, ha sido asumido por el Verbo desde el instante de la Anunciación, pero oculto, frenado, como si todavía no hubiera divinizado totalmente su carne, precisamente para poder sufrir y morir por y con nosotros. Es en el Señor Resucitado, con su cuerpo glorioso divinizado, donde la fuerza de la Encarnación se despliega libre, total, plenamente.

Belén y el Calvario son el camino a la Pascua. La Pascua es el fin, la verdadera fiesta, que también será un día nuestra eterna fiesta.

Y porque hacia allá vamos, también podemos festejar nuestros nacimientos, nuestros cumpleaños, nuestros bautismos, que son nuestra anunciaciones y belenes, y también podemos festejar nuestro propios viernes santos y dolores y fracasos y, finalmente, nuestro tránsito. Porque, también para nosotros, todo eso es camino, en Cristo, hacia nuestra propia divinización, hacia nuestra propia Pascua.

Mi esposa Viri y yo nos encontramos nuevamente en el camino de la prueba, ya que se ha presentado una reincidencia de la leucemia. Nuevamente nos aferramos, por fe, a la Palabra de Dios que nos asegura que: " También sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman....(Romanos 8, 28)

La fe, pues, pasa por momentos, por períodos de prueba, de prueba de fuego. Pero, a pesar de las circunstancias sabemos que a fe es el deseo firme de confianza, de fidelidad por ambas partes: la de Dios y la nuestra. La fe es mantenerse en la esperanza con la cabeza fría. La fidelidad de Dios depende de él, pero la nuestra depende solo de nosotros. San Pedro nos aclara que Dios actúa como custodio de nuestra fe, que la mantiene y fortalece. Pero la responsabilidad entonces es nuestra, no de él. Solo uno es responsable de si pierde la esperanza, de si decide no seguir adelante con el compromiso de fe; porque la fe es ese compromiso: nos compromete a vivir en la fidelidad, en la confianza y en la esperanza. Si nos alejamos, lo decide uno; no se puede culpar a las circunstancias, a la coyuntura, a los acontecimientos de la vida. La propia fe afirma que es entonces cuando sale fortalecida de la prueba.

Nuevamente nos acogemos a sus oraciones por nosotros, y por esta Misión de EWTN para que, bajo el amparo de Madre Angélica, podamos seguir adelante llevando el Esplendor de la Verdad hasta los últimos confines de la tierra.

Su hermano en Cristo

Pepe Alonso