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Miami, mayo del 2001
Sin darnos cuenta, el tiempo vuela y hemos llegado al mes de mayo, mes que la Iglesia dedica a María, nuestra madre. Quisiéramos también nosotros dedicar estas breves líneas a ella, ya que con toda justicia la Iglesia le da el título de "Estrella de la Evangelización". Para EWTN, María tiende un lugar preponderante, ya que ella es nuestro primer ejemplo en la evangelización, al ser ella la primera evangelizadora del Nuevo Testamento, 31 años antes de que su Hijo Jesús comenzara a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios. ¿De dónde sacamos esto? De la misma Biblia, en el Evangelio de San Lucas, cuando se nos relata que María, una vez que ha concebido al Salvador por obra y gracia del Espíritu Santo, realiza el primer acto evangelizador: Por aquellos días, María se fue deprisa a un pueblo de la región montañosa de Judea, y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura dio saltos en su vientre, y ella quedó llena del Espíritu Santo ( Lc 1: 39 a 41). En esas líneas del Evangelio encontramos lo que es la esencia de la evangelización. Evangelizar no consiste en transmitir doctrina ni teología, sino en compartir a una persona cuyo nombre es Jesús. Hace unos años alguien preguntó a la Madre Teresa de Calcuta qué diría ella sobre la evangelización. La Madre Teresa se quedó meditando por unos segundos, y luego contestó: "Para mí evangelizar es tener a Jesús y compartir a Jesús con otra persona". Eso fue exactamente lo que hizo María. Ella ya tenía a Jesús, lo tenía en sus mismas virginales entrañas. Y lo llevó a su parienta Isabel, la cual fue "evangelizada" con el solo oír la voz de la Madre del Redentor. Juan Bautista bailó en el Espíritu. Para evangelizar hay que tener a Jesús, si no, lo que hagamos y digamos no tendrá ningún poder, ya que quien evangeliza no es uno mismo, es obra de Dios mismo en el poder del Espíritu Santo. María es el ejemplo perfecto de la evangelización, tenía a Jesús y llevaba a Jesús, es más, lo sigue llevando. Quizá el ejemplo más obvio de lo anterior lo encontramos en la evangelización de nuestra América. Hace quinientos años vinieron valientes misioneros a la recién descubierta América, difundiendo incansablemente la Buena Nueva de Jesucristo. Las dificultades que tuvieron que enfrentar eran casi insuperables, no había medios rápidos de comunicación, los territorios que tenían que recorrer eran inmensos y había un sinnúmero de lenguas, dialectos y culturas. Para ayudarlos a resolver sus problemas, Dios mandó a María, Estrella de la Evangelización, y ese fue su "nuevo método" de evangelizar las Américas. El nuevo método que abrió las puertas a la evangelización de todo un continente fue la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, milagrosamente estampada en el tosco manto tejido del Beato Juan Diego, un humilde y encantador azteca, quien dedicó el resto de su vida, 17 años desde la milagrosa impresión, a explicar a su gente todo el sentido de la imagen. Era una especie de pictografía o jeroglífico que iba más allá de las lenguas y de las culturas. Se leía de un vistazo, y su simbolismo y belleza eran elocuentes para la mente de los nativos de hace cinco siglos y expresaba la esencia misma del mensaje evangélico. El vestido de Guadalupe, adornado con florecitas, montañas y corazones, es un símbolo de la tierra que da vida, tan necesario para los nativos americanos. Se afirmaba así el valor de la naturaleza y de toda la creación. Su manto, bordado de estrellas, representa el firmamento que nos rodea. Cielo y tierra están juntos en esta imagen y es la promesa que hemos recibido a través de su Hijo de un cielo y de una nueva tierra. Justo sobre el vientre de María hay una pequeña flor de "tomalli". Para la mentalidad de los indígenas de esa época, esta pequeña flor, con sus cuatro pétalos, era la representación de la "morada de Dios". El cinturón que le ciñe el talle indica una mujer que espera un hijo. Todo ello quería decir que lo más importante no era la mujer en sí misma, sino aquél que llevaba en el vientre. Toda ella esta está rodeada de los rayos del sol. Del centro mismo de su ser se desprenden rayos de luz que la envuelven en su resplandor. Esa luz de justicia es el Hijo que lleva en ella. El ángel que sostiene a María es el segundo modelo del evangelizador. Un heraldo que trae buenas nuevas, pronto a tomar y transmitir el mensaje. También el broche que María lleva en el cuello tiene un significado evidente para la mentalidad de los nativos, simboliza la dimensión de la universalidad y de la abundancia. Como los cristianos reconocen en este emblema una cruz, es también símbolo del Misterio Pascual, de la muerte y de la resurrección de Cristo, y de la salvación que trae consigo. La cruz de María de Guadalupe es una síntesis del anuncio kerigmático que lleva a las Américas. Los rasgos de la cara de María desbordan de dulzura y modestia. Es evidente que los misterios que contempla son mucho más profundos e importantes que su pequeña persona. No piensa en sí misma, sino en el Dios Salvador que lleva en ella, Aquél que en ella ha hecho tantos portentos. Dios no necesitó de radios, televisores, computadoras u otros medios para hablar a los nativos del Nuevo Mundo. Recurrió a la Virgen María y, pintándola con toda la riqueza de las imágenes evangélicas, comunicó un mensaje que puede interpretarse fácilmente con asombro, aún en el sofisticado mundo de hoy. Y esa misma es la misión de EWTN, continuar transmitiendo la Buena Nueva y así tú, junto con María, la Estrella de la Evangelización, serás un instrumento de la Nueva Evangelización. Tu hermano en Cristo Jesús,
Mes de
enero/2001
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